- Bueno, bueno, la sala en la que hemos estado trabajando Justin y yo está por aquí.
- Bien - Dice Brian sin entusiasmo.
El edificio rojo delante de nosotros casi brilla por el sol de la tarde, su resplandor da en el techo. Saco el pestillo y abro las enormes puertas. El color crema de las paredes pintadas brilla a la luz, queda perfecto. Hemos dejado el suelo como estaba antes, pero las tablas están blancas gracias a la gran limpieza que dimos hace poco. Los rodillos, pinceles, lonas y latas de pintura están apiladas en un rincón. Los muebles y la alfombra no han llegado todavía, por lo que nuestros pasos hacen eco en la desnudez.
En una vieja mesa hay un ramo de lavandas, que recogí ayer en un intento de cubrir el olor a pintura.
- ¡Vaya! - Dice Brian con la voz disparatada cuando entramos - ¿A que hora es la clase de yoga, señorita McKenzie?
Intento disimular lo mucho que me ha herido su estúpido comentario.
- He estado trabajando muy duro. Justin y yo hemos estado aquí todos los días desde hace más de un mes.
- Solo te estoy tomando el pelo, ¡loca! Realmente has perdido tu sentido del humor desde que llegaste aquí. Supongo que vivir en el campo solo te ha absorbido lo bueno.
Brian se sienta en un barril y se quita uno de sus carísimos zapatos para examinarse el pie.
- Tengo un corte en el dedo del pie, creo que he pisado algo - mira hacia arriba - ¿Te importa si volvemos a la casa? - Suspiro.
- Claro, te pondré una tirita.
Le doy una última mirada alrededor de la habitación vacía, en silencio, con las motas de polvo flotando en los rayos de luz solar. Las puertas se cierran con un ruido sordo.
Mientras sigo a Brian por el camino hacia casa, aún pienso en el comentario de la clase de yoga. Algo se ha apagado entre nosotros. Pienso un poco, hace unos meses, el comentario del yoga lo habría hecho yo misma, o al menos, me hubiese reído de eso. Ahora pienso que es desagradable. La sensación de hundimiento de ha estado creciendo en mi pecho toda la tarde de repente aumenta. Sacudo la cabeza.
Mira ______, me digo a mi misma, tú has querido que Brian venga a visitarte sin ni siquiera ser tu novio, y el ha accedido. Cualquiera te podría mandar a la mierda, y lo llevas esperando mucho tiempo desde que estás aquí, así que simplemente, disfruta de su presencia y no analices todo lo que dice.
A pesar de que yo misma me levanto el ánimo, se que la visita de Brian será difícil de manejar.
***
- ¡______! Ven que ya estamos listos - Mi madre me llama desde el primer piso.
- ¡Esta bien, ya voy!
Me miro por última vez en el espejo de cuerpo entero de la habitación de mis padres. Mi largo vestido de verano sin tirantes me queda muy bien. Es ajustado, y hace que mis curvas se realcen, lo mismo con mis pechos. Aunque en la parte de abajo cae suavemente hasta los pies, rozando mis tobillos y realzando mi dorado bronceado.
Me he cojido el pelo en un moño informal en la parte de atrás de mi cabeza. Llevo también un brazalete de madera en diferentes tonos. Oigo un golpe en el marco de la puerta. Me doy la vuelta.
- Hey, nena - dice Brian - Hola.
Lleva puesta una camisa azul y el pelo perfectamente engominado hacia los lados, como siempre, está guapísimo.
- Estás preciosa - Dice él entrando en la habitación.
- Gracias.
- Te he traído un regalo de cumpleaños.
Se me acelera el corazón. Tal vez Brian ha dejado lo mejor para el final, después de todo.
- ¿Qué es?
Me siento en el borde de la cama. Brian se sienta junto a mi y saca una caja de su bolsillo. De mientras, huelo su fragancia, es ese perfume masculino que usa él, me imnotiza. Lo miro fijamente. ¿Aún sigo perdidamente enamorada de él?
- No tenías porque molestarte, Brian. Ni siquiera somos novios - Las últimas palabras se me escapan sin querer. Nunca había recalcado que nuestra relación no fuera exactamente seria.
- Eres muy especial para mi, ______. - Posa una mano encima de la mía - Aunque nunca te he pedido que seamos algo serio, sabes que yo no soy un chico de relaciones - asiento - Pero eso no significa que no te quiera, ¿no?
- Pero puedes ir con otras chicas... - Me pongo muy seria.
- Déjalo ya, ______. Abre mi regalo, te encantará.
Cuidadosamente, abro la pequeña cajita azul. Dentro hay un enorme corazón de plata en un cordón de seda negro. Lo miro unos segundos sonriente y luego recuerdo todo.
Hace unos meses, Brian y yo íbamos de camino a casa de Kirsten. Acabábamos de comprar un café en un Starbucks cercano, y al pasar por la joyería Tiffany me detuve en el escaparate. El corazón brillaba sobre el lecho de terciopelo gris.
- ¡Oh Dios mío, mira que cosa tan preciosa! - dije tirando de la manga de Brian - Me quedaría genial con mi ropa de verano - Le miro de una manera astuta y significativa.
- Sigue soñando, nena - Dijo con una sonrisa en los labios.
Recuerdo perfectamente que este colgante valía más de quinientos dólares. Se ha gastado mucho dinero en mi regalo y siento que no puedo aceptarlo. Le miro, él está sonriente, esperando a que yo diga algo. Si le digo que no puedo aceptarlo parecerá que no me ha gustado. Le daré las gracias sinceras. ¿Qué puedo hacer si no? Nada más que fingir.
- ¡Es precioso! ¡No puedo creer que te hayas acordado!
- Yo tampoco me lo puedo creer - Carcajea.
- ¿Me lo pones? - Digo entregándoselo.
Él lo saca de la cajita azul y coloca la cuerda alrededor de mi garganta, luchando unos segundos con el broche. Me levanto y me miro al espejo. El corazón brilla en mi bronceado pecho. Brian se acerca por detrás y pone sus brazos alrededor de mi cintura, mirando el reflejo de nosotros dos en el espejo.
- Te queda perfecto.
Me besa un lado del cuello y desliza su mano por mi cintura hacia arriba. Río nerviosamente. Pasa una mano por mis pechos, sin parar de darme pequeños besos por el cuello.
- Oye, que estamos en la habitación de mis padres - Mascullo nerviosa.
- ¿Y? - Trata de besarme otra vez.
- Vete, tengo que terminar de arreglarme - Miento - Ves a hablar con mi padre o algo así, yo ahora voy.
Brian entrecierra los ojos y de mala gana se dirige a la puerta. Puedo oír sus pasos descendiendo lentamente por las escaleras. Me miro una vez más en el espejo y cubro el corazón con una de mis manos. Perfecto. Luego vuelvo a retirar la mano. Extravagante. Me masajeo la frente para calmar un poco mi dolor de cabeza. Bajo por las escaleras lentamente.
- ¡Feliz cumpleaños mi amor! - Dice mi madre dándome un gran abrazo - ¡Estás hermosa, no puedo creer que ya cumplas diecisiete! - Vuelve a abrazarme con los ojos brillantes.
- Gracias mamá. No puedo creer que tenga diecisiete tampoco, es algo sorprendente.
Le doy un vistazo rápido a la cocina. Un montón de platos con canapés con una pinta riquísima y hechos con mucho amor y elegancia están en la mesa. También bastantes botellas de vino, pero no hay señal de comida para fiesta de cumpleaños.
- ¿Comerémos solo canapés? ¿Dónde está Justin? ¿Vendrá verdad? - Pregunto rápidamente, más nerviosa de lo habitual.
- Oh, no estoy segura - Dice mi madre alegremente.
- No estás segura, ¿de qué? Expecifica.
- De que si comeremos canapés. Parece ser que ha desaparecido la comida, serán los mapaches, se la habrán llevado - Ríe alegremente.
- Já-Já. Mamá, algo pasa. Se te da fatal guardar secretos - Mi madre se ocupa de un jarrón.
- Tienes razón cariño, te lo diré. Hemos decidido llevarte al McDonald's para tu cumpleaños - Sale por la puerta hacia el porche y deja el jarrón con las flores en la mesa.
- Muy graciosa - Apoyo la cabeza en su hombro. Nos quedamos en silencio por un momento. Hasta que me doy cuenta de algo - Um, Mami, ¿dónde está Brian?
- Está en el salón hablando con tu padre.
Dudo unos instantes. Será mejor que vaya a rescatar a Brian. Los suaves y familiares colores de la sala de estar brillan con la luz de las lámparas. Me detengo en silencio delante de la puerta. Ni mi padre ni Brian se han dado cuenta de que estoy aquí.
Papá está sentado en el sillón, con las piernas cruzadas, y con una mano girando el vino en una copa. Incluso desde la puerta puedo ver que está agarrando la copa con más fuerza de la necesaria. Brian se sienta en una postura casual en el sofá de terciopelo, con un brazo sobre la espalda, los tobillos cruzados sobre las rodillas.
Papá parece demasiado tenso.
- Así que... ¿qué te parece mi viña, Brian? - Pregunta papá cortesmente.
- Es muy agradable estar aquí, pero no es lo mío.
- Tampoco era el estilo de vida de _____, y por lo que parece ser, está encantada.
- Sí. Y digame, ¿cómo se lleva ella con ese tal... Justin?
- Ah, Justin. Es un joven muy trabajador y muy agradable. Es el hijo de Fred, mi socio de negocios.
- Lo sé.
Parece ser que Brian no ha descubierto nada nuevo sobre ese tal Justin. Solo tendrá que esperar para poder verle y juzgar porque _____ la mayor parte del rato hablando de él. Silencio. Papá deja de hablar. La mirada de Brian empieza a vagar.
Si tengo que volver a oír a Brian hablando con mi padre, me tiro de los pelos. ¿Por qué Brian se enmundecía cuando mis padres están cerca? Es verdad, ellos son raros algunas veces, demasiado ecologistas. Ecologistas con mucho dinero. Ambos se dan la vuelta y me miran.
- ¡Hola, cariño! - Papá se pone de pie - ¿Cómo está mi pequeña?
- Genial.
- Vamos, es hora de la cena de nuestra cumpleañera - Dice mamá.
- ¿Vamos? - Le digo a Brian, que sigue sentado.
- Sí - Se toma su tiempo para levantarse.
Sigo a mamá hasta la cocina.
- ¿Dónde vamos?
- Ya lo verás - Sonríe otra vez.
- ¿Dónde está Justin y Fred?
- Parece que estás muy interesada en que Justin venga.
- ¿No vendrá? - Digo asustada.
- Sí, vendrá.
Sonrío ampliamente, tengo muchísimas ganas de verle. De ver esos enormes ojos color miel. De hablar con él de cosas insignificantes, de reír, de pasármelo bien el día de mi cumpleaños, y él es el más indicado para todo esto.
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