miércoles, 5 de febrero de 2014

Química Perfecta. Capítulo 43.

-Narra ____ Ellis-

Cinco meses después

La fragancia de agosto en Colorado definitivamente es distinta a la de Los Ángeles. Me sacudo el pelo. Con mi nuevo corte, no tengo que molestarme en alisar el cabello encrespado mientras intento desempaquetar las maletas en la habitación de la residencia universitaria.

Mi compañera de cuarto, Lexie, es de Arkansas. Parece un hada, pequeña y dulce. Podría pasar por una de las descendientes de Campanilla. Juraría que nunca la he visto poner mala cara. Sierra, que está en la universidad de Illinois, no ha tenido tanta suerte con su compañera de cuarto, Dará. La chica ha dividido el armario y la habitación en cuatro partes separadas, y se levanta las cinco y media todos los días, fines de semana incluidos, para trabajar en la habitación. Sierra está de los nervios, pero como pasa la mayor parte del tiempo en el cuarto de Doug, va arreglándoselas bien.

— ¿Estás segura de que no quieres venir con nosotras? — me pregunta Lexis con su enérgico acento de campo. En el parque del campus se celebra una especie de fiesta de bienvenida para los estudiantes de primero.
— Tengo que deshacer el equipaje, y luego quiero ir a visitar a mi hermana. Le prometí hacerlo en cuanto acabara con las maletas.
— Vale. — dice Lexie mientras se prueba distintas combinaciones de ropa para conseguir el ‘’aspecto perfecto’’ para esta noche. Cuando da con un conjunto, se arregla el pelo y empieza a maquillarse. Me recuerda a mi antigua yo. Aquella que intentaba desesperadamente cumplir con las expectativas de todos.

Cuando Lexie se marcha media hora más tarde, me siento en la cama y saco el móvil. Lo abro y miro la foto de Justin. Detesto sentir aquella necesidad. He intentado muchas veces borrar las fotos, borrar el pasado. Pero no puedo.
Meto la mano en el cajón del escritorio y saco la bandana de Justin, recién lavada y plegada en un pequeño cuadrado. Acaricio la suave tela, recordando el momento en que Justin me la regaló. Para mí, no representa a los American Blood, sino a Justin.
Suena el teléfono y regreso al presente. Es alguien de Sunny Acres. Cuando contesto, oigo la voz de una mujer.
— ¿Podría hablar con _____ Ellis?
— Yo misma.
— Soy Georgia Jackson, de Sunny Acres. Todo va bien con Shelley, pero le gustaría saber si estará aquí antes o después de la cena.
Miro el reloj. Son las cuatro y media.
— Dígale que estaré allí en quince minutos. Ahora mismo salgo.

Después de colgar, dejo la bandana en el cajón del escritorio y guardo el móvil en el bolsillo.
Cojo el autobús hasta la otra punta de la ciudad. Antes de darme cuenta, estoy avanzando por la sala de Sunny Acres donde, según la recepcionista, encontraría a mi hermana.

Primero diviso a Georgia Jackson. Me recibe con un caluroso abrazo.
— ¿Dónde está Shelley? — le pregunto, recorriendo la habitación con la mirada.
— Jugando a las damas, como de costumbre. — responde Georgia, señalando un rincón. Aunque Shelley está de espaldas reconozco la parte posterior de su cabeza y la silla de ruedas.
Está gritando, señal de que va ganando.
Cuando me acerco, reconozco a la persona que está jugando con ella. El cabello castaño casi rubio tendría que haberme dado una pista de que mi vida está a punto de dar un giro sorprendente, aunque no había podido verlo bien hasta ahora. Me quedo paralizada.
No puede ser. Mi imaginación debe de estar jugándome una mala pasada.
Sin embargo, cuando se da la vuelta y me atraviesa con aquellos ojos marrón miel que tan bien conozco, la realidad me golpea como un martillo.

Justin está aquí. A diez pasos de mí. Todo lo que siento por él me invado de nuevo con la fuerza de un maremoto.
No sé qué decir, qué hacer. Me vuelvo hacia Georgia, preguntándome si ella sabía que Justin estaba aquí. Por su expresión esperanzada comprendo que sí.

— Ha venido ____. — oigo que le dice Justin a mi hermana antes de ponerse de pie, y dar la vuelta a la silla de ruedas, cuidadosamente, para que Shelley pueda verme.

Me acerco a mi hermana como un robot y la abrazo. Cuando la suelto, Justin se planta delante de mí. Lleva unos pantalones de algodón y una camisa azul. No puedo dejar de mirarle. El estómago empieza a darme vueltas y me siento mareada. El mundo se desvanece a nuestro alrededor. En aquel instante sólo existe él.
Finalmente, consigo recuperar la voz.
— ¿Justin…? ¿Qué estás haciendo aquí? — pregunto con un nudo en la garganta.
Él se encoge de hombros.
— Le prometí a Shelley la revancha, ¿no? — sonríe.
Estamos cara a cara y alguna fuerza invisible no me permite apartar la mirada de él.
— ¿Has venido hasta Colorado sólo para jugar a las damas con mi hermana?
— Bueno, no es la única razón. Voy a la universidad de Colorado. Tras salir de los American Blood, la señora P. y el director Simons me ayudaron a graduarme. Vendí a Julia. Estoy trabajando en la asociación de estudiantes y ya tengo un crédito.
¿Justin? ¿En la universidad? Su camisa, perfectamente abotonada en los puños, esconde el tatuaje de los American Blood.
— ¿Dejaste la banda? Pensaba que era demasiado peligroso, Justin. Dijiste que la gente que lo intentaba acababa muerta.
— Me fue de un pelo. Si no hubiese sido por Gary Frankel, seguramente no lo habría conseguido…
— ¿Gary Frankel? — ¿El tipo más agradable del instituto? Estudio detenidamente su rostro y descubro una nueva cicatriz sobre el ojo, casi invisible, y otras con muy mala pinta en el cuello. — ¡Oh, Dios mío! ¿Qué te hicieron?
Él me coge de la mano y la coloca sobre su pecho. Su mirada es tan intensa y oscura como la primera vez que reparé en él, el primer día del último curso del instituto, en el aparcamiento.
— Tardé mucho tiempo en comprender que debía poner las cosas en su sitio. Enfrentarme a mis propias decisiones. A la banda. Me golpearon y me marcaron como a un ternero. Pensé que no iba a salir de aquella… Pero todo eso no fue nada comparado con el hecho de perderte. Si pudiera tragarme cada palabra que te dije en el hospital, lo haría. Pensé que si te apartaba de mí, evitaría que acabaras como mi padre o Ryan. — Levanta la mirada y me atraviesa con sus ojos. — Nunca volveré a apartarte de mi lado, ____. Nunca. Te lo prometo.

¿Le golpearon? ¿Le marcaron? Siento náuseas y las lágrimas empiezan a agolparse en mis ojos.

— Shh — dice él, rodeándome con los brazos y frotándome la espalda con la palma de las manos. — No te preocupes. Estoy bien. — canturrea una y otra vez con la voz ahogada.
Me siento bien. Podría quedarme entre sus brazos toda la vida.
Justin apoya su frente en la mía.
— Tienes que saber algo. Acepté la apuesta porque en el fondo sabía que si me involucraba emocionalmente, estaría acabado. Y estuvo a punto de ocurrir. Has sido la única chica que ha conseguido que lo arriesgue todo por un futuro que merecía la pena. — confiesa, enderezándose y dando un paso atrás. — Lo siento. ____, dime lo que quieres y te lo daré. Si crees que serás más feliz sin mí, sólo tienes que decírmelo. Pero si todavía me quieres, haré todo lo que esté en mi mano para que esto… — dice, señalándose la ropa. — ¿Cómo puedo demostrarte que he cambiado?
— Yo también he cambiado. — le aseguro. — Ya no soy la niña que era antes, y lo siento, pero esa ropa… no te pega nada. — digo soltando una carcajada.
— Es lo que te gusta.
— Te equivocas, Justin. Yo te quiero a ti, no una imagen idealizada. Definitivamente, prefiero los vaqueros y la camiseta, es lo que te hace ser tú mismo.
Justin baja la mirada para observar su atuendo y suelta una carcajada.
— Tienes razón. — admite, mirándome de nuevo. — Una vez dijiste que me querías. ¿Sigues sintiendo lo mismo?
Mi hermana observa toda la escena. Sonríe abiertamente, dándome la fuerza que necesito para decirle la verdad.
— Nunca he dejado de amarte. Ni siquiera cuando intenté olvidarte desesperadamente. No lo conseguí.
Deja escapar un lento y profundo suspiro de alivio, y se frota la frente. Tiene los ojos vidriosos por la emoción. Cuando noto que mis ojos se empiezan a humedecer, lo agarro por la camisa.
— No quiero discutir todo el tiempo, Justin. Salir contigo debería ser divertido. El amor debe ser divertido. — Tiro de él. Quiero sentir sus labios contra los míos. — ¿Podremos conseguirlo?
Nuestros labios se rozan ligeramente, y entonces se aparta de mí…
Se arrodilla, me sujeta las manos entre las suyas y el corazón empieza a latirme con fuerza.
— _____ Ellis, te demostraré que soy el chico que estabas convencida que era hace diez meses. Me esforzaré por llegar a ser la persona que quiero ser. Tengo planeado pedirte que te cases conmigo dentro de cuatro años, el día que nos graduemos. — Ladea la cabeza y su voz adopta un tono más pícaro y juguetón. — Y te garantizo una vida llena de diversión. Sé que no podremos evitar alguna que otra pelea porque eres una persona muy apasionada… pero estoy deseando que ocurra porque después vendrán las increíbles reconciliaciones. — me guiña un ojo. — Tal vez algún día podamos regresar a Fairfield y convertirlo en el lugar que mi padre deseó. Tú, yo y Shelley. Y cualquier otro miembro de la familia Ellis o Bieber que quiera formar parte de nuestras vidas. ¿Qué dices? ____, mi corazón te pertenece.

No puedo evitar sonreír mientras me enjugo una solitaria lágrima que desciende por mi mejilla. ¿Cómo no voy a estar locamente enamorada de este chico? El tiempo que hemos pasado separados no lo ha cambiado en absoluto. No puedo negarle otra oportunidad. Sería como engañarme a mí misma.
Ha llegado el momento de arriesgarse, de confiar una vez más.
— Shelley, ¿crees que tu hermana volverá a aceptarme? — le pregunta Justin con el pelo peligrosamente cerca de los dedos de mi hermana. Sin embargo, Shelley no tira de él… sino que le da unos suaves golpecitos en la cabeza. Las lágrimas empiezan a inundar mis mejillas rápidamente.
— ¡Sí! — grita Shelley con una sonrisa de oreja a oreja. Parece más feliz y alegre de lo que lo ha estado en mucho tiempo. Tengo a mi lado a las dos personas que más quiero en el mundo, ¿qué más puedo pedir?
— ¿Qué carrera has elegido? — le pregunto a Justin.
Me mira con su irresistible sonrisa.
— Química, ¿y tú?
— Química. — le digo, rodeándole el cuello con los brazos. — Bésame para que podamos averiguar si todavía existe química entre nosotros. Porque mi corazón, mi alma y todo lo demás ya es tuyo.

Finalmente, sus labios rozan los míos, con mayor intensidad de la que puedo recordar.
Vaya. Parece que, después de todo, el mundo no se ha acabado. He podido retroceder en el tiempo, incluso sin pedirlo.

Química Perfecta. Capítulo 42.

De modo que ahora, tres meses después del disparo, regreso a Fairfield para enfrentarme a lo que la señora P. llamaría mi mayor miedo.
Henrie está en su oficina, en el taller, negando con la cabeza. Hablamos de la noche de Halloween y le perdono por haberle contado a Lucky que me había acostado con ____.

Tras explicarle lo que voy a hacer, Henrie suelta un lento y profundo suspiro.

— Podrías morir. — dice, mirándome fijamente.
— Lo sé. — admito, asintiendo con la cabeza.
— No podré ayudarte. Ninguno de nuestros amigos en los American Blood podrá hacerlo. Piénsatelo bien, Justin. Regresa a Canadá y disfruta de tu vida.

Ya he tomado una decisión y no tengo intención de dar marcha atrás.

— No soy un cobarde. Tengo que hacerlo. Tengo que salir de la banda.
— ¿Por ella?
— Sí.
Por ella y por mi padre. Por Ryan, por mi familia y por mí mismo.
— ¿De qué te sirve salir de los American Blood si acabas muerto? — me pregunta Henrie. — La paliza que sufriste para entrar te va a parecer una bendición comparado con esto. Harán incluso que participen los miembros más antiguos.
En lugar de responder, le paso un trozo de papel con un número de teléfono escrito en él.
— Si me ocurre algo, llama a este tipo. Es el único amigo que tengo que no tiene nada que ver con esto.
Ni con esto ni con ____.

Esta noche me enfrento a un almacén lleno de gente que me considera un traidor. Me han llamado eso y un montón de cosas más. Hace una hora le conté a Chuy, el sucesor de Héctor, que quería salir de la banda. Una ruptura limpia con los American Blood. Sólo hay un problema… para conseguirlo tengo que sobrevivir a un desafío: lo que ellos llaman un 360, una paliza en la que te propinan golpes desde todos lados.
Chuy, rígido y ceñudo, camina hacia mí con la bandana de los American Blood. Observo los espectadores. Mi amigo Peter, al fondo, aparta la mirada. George y Lucky también están aquí, pero a ellos les brillan los ojos por la emoción. George es un cabrón chiflado y Lucky no se alegra de haber perdido la apuesta, aunque yo no haya ido a reclamar mi premio. Ambos disfrutarán apaleándome sin que pueda devolverles el golpe.

Henrie, mi primo, está apoyado contra la pared, en un rincón del almacén. Si mueve un dedo para protegerme, estará jodido.
Me levanto orgulloso mientras Chuy me tapa los ojos con la bandana. Sé que puedo hacerlo. Si la recompensa es regresar junto a ____, habrá merecido la pena. Ni siquiera voy a pensar en la otra opción.

Tras atarme las mano a la espalda, me llevan hasta un coche y me meten en el asiento trasero, con dos tipos flanqueándome. No tengo ni idea de hacia dónde nos dirigimos. Chuy está ahora al mando, así que cualquier cosa es posible.
Una nota. No he escrito ninguna nota. ¿Qué pasa si muero y ____ no se entera nunca de lo que siento, de que estoy completamente enamorado de ella? Quizás sea mejor así. Ella podrá seguir adelante con su vida más fácilmente si cree que sólo soy un capullo que la traicionó.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, el coche se sale de la carretera. Lo sé porque siento la gravilla crujiendo bajo los neumáticos. Tal vez saber dónde estoy me tranquilizaría, pero no puedo ver nada. No estoy nervioso, más bien impaciente por saber si seré uno de los afortunados que salen vivo del desafío. E incluso si lo consigo, ¿me encontrará alguien o moriré solo en algún granero abandonado? Quizás no vayan a pegarme. Puede que sólo me lleven a la azotea de un edificio y una vez allí me den un empujón. Y se acabó.
No, Chuy no haría eso. Le gusta oír los gritos y las súplicas de tíos más fuertes, mientras los tiene arrodillados frente él.
No voy a darle esa satisfacción.
Me sacan del coche. Por el sonido de la gravilla y las piedras, sé que estamos en medio de la nada. Oigo como se detienen otros coches.
Estoy deseando hacerlo. Estoy preparado. Acabemos de una vez.
Me pregunto si me atarán las manos a un árbol o si me colgarán como una piñata viviente.
Joder, tío, odio no saber lo que me espera. Estoy perdido.

— Quédate aquí. — me ordenan.
Como si pudiera marcharme a algún sitio.
Alguien se acerca.
Ojala mi vida fuera una película de superhéroes. En ellas los protagonistas parecen estar a un paso de la muerte, pero acaban encontrando un plan brillante. Por desgracia, la vida real no siempre tiene un final feliz.

— Héctor traicionó a los American Blood. — digo. — Él sí que era un traidor.

Como respuesta, me gano el primer puñetazo en la mandíbula. Mierda, no estaba preparado. No puedo ver nada con los ojos vendados. Intento permanecer impasible.
— ¿Comprendes las consecuencias de dejar los American Blood?
Muevo la mandíbula de un lado a otro.
— Sí.
La gente se arremolina a mi alrededor. Esta noche yo soy la diana.

Se impone un silencio aterrador. Nadie ríe, nadie emite sonido alguno. Algunos chicos que me rodean han sido mis amigos desde que éramos pequeños. Como Henrie, libran una batalla consigo mismos. No les culpo. Sólo los menos afortunados han sido elegidos para la pelea de hoy.
Sin previo aviso, alguien me golpea en la cara. Intento mantener el equilibrio, pero es difícil, sobre todo porque sé que me esperan más golpes como aquel. Una cosa es estar en una pelea abierta, y otra muy distinta es estar en una en la que sabes que no tienes salida.
Siento un puñetazo en las costillas.
Me golpean de cintura para arriba, sin dejar ni un centímetro libre de golpes. Un corte aquí, un puñetazo allá. Me tambaleo varias veces, pero vuelven a enderezarme y a darme otro puñetazo.
Puedo distinguir los puñetazos de Henrie porque contienen menos rabia que los demás.
Pensar en ____ me ayuda a no gritar. Quiero ser fuerte por ella… por nosotros. No voy a dejar que mi vida o mi muerte dependan de estos tipos. Yo soy el dueño de mi destino, no los American Blood.

No tengo ni idea de cuándo tiempo ha pasado. ¿Media hora? ¿Una hora? Tengo el cuerpo entumecido. Me cuesta mucho mantenerme en pie. Y entonces me llega el olor a humo. ¿Me van a empujar a una fogata? Todavía tengo la bandana bien atada sobre los ojos, aunque no me importa, porque estoy tan seguro de que los tengo tan hinchados que de todos modos no podría abrirlos.
Me siento desfallecer y estoy a punto de caer al suelo pero me obligo a permanecer recto.
Probablemente esté irreconocible, con la sangre brotando de todos los cortes que tengo en la cara y el cuerpo. Puedo sentir cómo me desgarran la camiseta y cómo cae al suelo hecha pedazos. La cicatriz de me dejó Héctor debe de ser ahora visible. Un puño me golpea justo ahí. Es demasiado doloroso. Me desplomo en el suelo, arañándome la cara con la gravilla.
Ya no estoy tan seguro de poder resistirlo. ‘’____. ____. ____.’’ mientras pueda repetir esta palabra, sé que no moriré. ‘’____. ____. ____.’’

¿Será real el olor a humo o acaso es el olor de la muerte?
A través de la neblina de mi mente, me parece oír como alguien dice: ‘’¿No crees que ya ha tenido suficiente?’’.
— No.
Se suceden las protestas. Si pudiera moverme, lo haría. ‘’____. ____. ____.’’
Oigo más protestas. Nadie suele hacer esto durante un desafío. No está permitido. ¿Qué sucede? ¿Qué va a ocurrir ahora? Tiene que ser algo peor que los golpes porque oigo a varios chicos discutiendo.

— Sujetadle cabeza abajo. — me llega la voz de Chuy. — Que esto sirva de ejemplo para todo aquel que intente traicionarnos. El cuerpo de Justin Bieber quedará marcado para siempre como un recuerdo de su traición.
El olor a quemado se hace más intenso. No tengo ni idea de lo que está a punto de ocurrir, y entonces siento en la parte superior de la espalda lo que parecen brasas.
Creo que siento un gemido, o un gruñido, o un grito. No estoy seguro. Ya no sé lo que le ocurre. Me cuesta pensar. Lo único que puedo hacer es sentir el dolor. Podrían haberme lanzado directamente al fuego, es la peor tortura imaginable. Entonces comprendo que no son en realidad brasas. Chuy me está marcando. El dolor, el dolor…
‘’____. ____. ____.’’

-Narra ____ Ellis-

1 de abril.

Hace cinco meses que no veo a Justin, desde el día que le dispararon. Los rumores sobre Ryan y Justin por fin se han disipado, y los psicólogos y los trabajadores sociales ya han abandonado el instituto.

La semana pasada le dije al trabajador social del instituto que conseguía dormir más de cinco horas, aunque era mentira. Desde el incidente me ha costado mucho conciliar el sueño. Me despierto en mitad de la noche porque mi cabeza no deja de analizar la horrible conversación que Justin y yo mantuvimos en el hospital. El trabajador social asegura que me costará mucho deshacerme de la sensación de haber sido traicionada.
El problema es que no me siento traicionada, sino más bien triste y desilusionada. Después de todo este tiempo, sigo acostándome con las fotos que le hice la noche en la que estuvimos en el Club Mystique.

Después de que le dieran el alta en el hospital, dejó el instituto y desapareció. Puede que físicamente esté fuera de mi vida, pero siempre será parte de mí. No puedo dejarlo marchar por mucho que me esfuerce.

Una de las cosas positivas de toda esta locura es que mi familia llevó a Shelley a Colorado para que viera las instalaciones de Synny Acres, y a mi hermana le encantó el centro. Tienen actividades programadas para todos los días, hacen deporte, e incluso hay famosos que hace visitas cada tres meses. Cuando Shelley supo que conocería famosos, creo que se habría caído de la silla si no hubiera estado bien sujeta.
Me costó mucho dejar que mi hermana eligiera su propio camino, pero lo hice. Y no monté ninguna escena. Saber que era elección de Shelley me hizo sentir mucho mejor.

Pero ahora estoy sola. Justin se llevó un pedazo de mi corazón con él cuando se marchó. Estoy aferrándome a lo poco que me queda. He llegado a la conclusión de que sólo lograré controlar mi propia vida. Justin eligió su camino, y no me incluyó en él.
Ignoro a los amigos de Justin en el instituto, y ellos actúan conmigo del mismo modo. Todos fingimos que no ocurrió nada al principio de curso. Excepto Elisabeth. A veces hablamos, pero es muy doloroso.

En mayo, cuando abro la taquilla antes de la clase de química, un par de calentadores de manos cuelgan del gancho interior. La peor noche de mi vida me golpea de nuevo, con una fuerza brutal.
¿Ha estado Justin aquí? ¿Ha sido él quien ha colocado los calentadores?

Por mucho que quiera olvidarlo, no puedo. Leí una vez que la memoria de los peces de colores dura únicamente cinco segundos. Les envidio. Mis recuerdos de Justin, mi amor por él, durarán toda la vida.
Llorando, me llevo los suaves calentadores al pecho y me arrodillo junto a la taquilla. Soy un despojo humano.

Sierra se acerca a mí.
— ____, ¿qué pasa?
Soy incapaz de moverme. Incapaz de calmarme.
— Vamos. — insiste Sierra, levantándome. — Todos te están mirando.
Darlene también se acerca.
— En serio, ya es hora de que superes que el pandillero de tu novio de dejó tirada. Empiezas a ser patética. — dice, asegurándose de que la multitud que se ha agolpado a nuestro alrededor la oiga.
Colin aparece junto a Darlene y me hace una mueca.
— Justin se merece lo que le pasó. — murmura.
Tengo la mano cerrada en un puño cuando le golpeo. Colin esquiva el golpe, me coge de los puños y me los retuerce tras la espalda.
Doug interviene.
— Suéltala, Colin.
— No te metas en esto, Thompson.
— Colega, humillarla porque te dejó plantado por otro tío es una idea patética.
Colin me empuja a un lado y se arremanga la camiseta.
No puedo permitir que Doug libre aquella batalla por mí.
— Si quieres pelearte con él, tendrás que pasar antes por encima de mí. — le digo a Colin.
Sorprendida, observo que Elisabeth se coloca delante de mí.
— Y antes tendrás que enfrentarte a mí.
Sierra se coloca junto a Eli.
— Y a mí también.
Un chico llamado Sam empuja a Gary Frankel, quien acaba al lado de Elisabeth.
— Este tipo puede romperte el brazo de un solo golpe, gilipollas. Desaparece de mi vista antes de que le obligue a hacértelo. — le advierte Sam a Colin.
Gary, que lleva una camiseta de color coral y unos pantalones blancos, gruño para parecer un tipo duro, aunque no se le da muy bien.
Colin mira de derecha a izquierda en busca de apoyo pero no encuentra ninguno.
Parpadeo sin dar crédito a lo que está sucediendo. Puede que el mundo no se acabe, sino que deje las cosas como deben estar.
— Vamos, Colin. — le dice Darlene. — De todas formas, no necesitamos a estos perdedores.
Se alejan juntos. Casi siento lástima por ellos. Casi.
— ¡Estoy tan orgullosa de ti, Doug! — dice Sierra, lanzándose en sus brazos.
Empiezan a comerse a besos allí mismo, sin importarles quién esté mirando, ni la política del instituto en contra de las demostraciones de afecto en público.
— Te quiero. — susurra Doug cuando se aparta para tomar aire.
— Yo también te quiero. — le contesta Sierra con voz de niña.
— ¡Marchaos a un hotel! — grita uno de los estudiantes.
Pero ellos siguen besándose hasta que empieza a sonar la música por los altavoces. La multitud se dispersa. Todavía tengo en las manos los calentadores.
— Vamos. — interviene Sierra en cuanto se separa de los brazos de Doug. Me lleva hacia la puerta del instituto. Me enjugo las lágrimas con el dorso de la mano, y me siento en el bordillo que hay junto al coche de mi mejor amiga. No me importa saltarme las clases.
— Estoy bien, Sierra, de verdad.
— No, no lo estás. ____, soy tu mejor amiga. Estaré a tu lado antes y después de tus novios. Así que suéltalo. Soy toda oídos.
— Le amaba.
— No me digas, Sherlock. Me refiero a algo que no sepa.
— Me utilizó. Se acostó conmigo para ganar una apuesta. Y, aun así, le amo. Sierra, soy patética.
— ¿Te acostaste con él y no me lo dijiste? Pensaba que sólo era un rumor. Ya sabes, de esos que no son ciertos.
Apoyo la cabeza entre las manos, desesperada.
— Estoy bromeando. Ni siquiera quiero conocer los detalles. Bueno, sí, pero sólo si quieres contármelos. — continúa mi amiga. — Olvídate de eso ahora. Vi como te miraba, ____. Por eso dejé de agobiarte sobre el tema. No podía estar fingiendo. No sé quién te habrá contado lo de la apuesta, pero…
Levanto la cabeza para mirarla.
— Fue él. Y sus amigos lo confirmaron. ¿Por qué no puedo olvidarle?
Sierra niega con la cabeza, como si intentara borrar las palabras que acabo de pronunciar.
— Vayamos por partes. Primero, Justin sentía algo por ti, lo admitiera o no, con apuesta o sin ella. Y tú lo sabes, ____, porque si no, no estarías aferrándote a esos calentadores como lo haces. Segundo, Justin ya no forma parte de tu vida. Debes seguir adelante, te lo debes a ti misma, al bobo de su amigo Ryan y a mí, aunque no sea fácil.
— No puedo evitar pensar que me apartó de su vida a propósito. Si pudiera hablar con él, conseguiría las respuestas que necesito.
— Quizás él no las tenga y por eso se marchó. Si quiere darse por vencido, ignorar lo que tiene frente a sus narices, que así sea. Pero tienes que demostrarle que tú eres mucho más fuerte.

Sierra tiene razón. Por primera vez, sé que conseguiré acabar el último curso. Justin se llevó un pedazo de mi corazón la noche que hicimos el amor, y lo llevará consigo para siempre. Sin embargo, eso no significa que tenga que estar esperando toda la vida. No puedo perseguir fantasmas eternamente.
Ahora soy más fuerte. Al menos, eso espero...



Dos semanas más tarde, me quedo la última en el vestuario mientras me cambio para la clase de gimnasia. Oigo un taconeo y levanto la cabeza. Es Alice Tomlinson. No me pongo histérica. En lugar de eso, me enderezo y la miro a los ojos.
— Vino a Fairfield, ¿sabes? — suelta.
— Lo sé, — contesto yo, recordando los calentadores de manos en mi taquilla. Pero se marchó. Como un susurro, estuvo aquí y luego desapareció.
Alice parece nerviosa, casi vulnerable.
— ¿Sabes esos animales de peluche que dan en la feria como premio? Esos que no gana prácticamente nadie, excepto los que tienen mucha suerte. Yo nunca he ganado uno.
— Ya. Yo tampoco.
— Justin era mi premio gordo. No te soportaba porque le habías apartado de mi camino. — dice.
Me encojo de hombros.
— Bueno, pues puedes dejar de hacerlo. Ya no le tengo.
— Ya no te odio. — confiesa. — He seguido adelante.
Trago saliva con fuerza.
— Yo también.
Alice suelta una risita. Luego, a medida que sale del vestuario, la oigo murmurar.
— Pero parece que Justin no.

¿Qué se supone que significa eso?

Química Perfecta. Capítulo 41.

-Narra Justin-

Llevo una semana aquí, y estoy harto de las enfermeras, los médicos, las agujas, las pruebas… y, sobre todo, de las batas de hospital. Creo que cuanto más tiempo paso aquí, más gruñón me vuelvo. Vale, puede que no hubiera debido gritarle así a la enfermera que me ha quitado la sonda. Ha sido su buen humor el que me ha sacado de quicio.

No quiero ver a nadie. No quiero hablar con nadie. Cuanta menos gente se meta en mi vida, mejor. He apartado a ____ de mi vida y me dolió mucho tener que hacerle daño. Pero no tuve otra elección. Cuanto más cerca está de mí, más peligro corre. No podría soportar que le ocurriera lo mismo que a Ryan…
‘’Deja de pensar en ella’’ me digo.
La gente que me importa muere, así de simple. Mi padre. Ahora Ryan. He sido un estúpido al pensar que podría tenerlo todo.

Cuando oigo que alguien llama a la puerta, grito.
— ¡Lárgate!
Pero, sea quien sea, vuelve a hacerlo con más insistencia.
— ¡Dejadme en paz de una maldita vez!
Cuando se abre la puerta, le lanzo un vaso. No acaba estrellándose contra ningún empleado del hospital, sino contra el pecho de la señora Peterson.
— Oh, mierda. Tú no.
La señora P. lleva gafas nuevas, con una montura llena de diamantes falsos.
— Esta no es exactamente la bienvenida que esperaba, Justin. — dice. — ¿Sabes que aún puedo darte una papeleta de castigo por soltar palabrotas?
Me doy la vuelta para no tener que mirarla.
— ¿Has venido para darme papeletas de castigo? Porque si es así, puedes olvidarte de ello. No voy a regresar al instituto. Gracias por la visita. Siento que tengas que marcharte tan pronto.
— No voy a irme a ningún lado hasta que no oigas lo que tengo que decir.
Por favor, no. Cualquier cosa menos tener que escuchar su sermón. Presiono el botón para a avisar a la enfermera.
— ¿Necesitas algo, Justin? — pregunta una voz a través del altavoz.
— Me están torturando.
— ¿Cómo dices?
La señora P. se acerca y me quita el altavoz de la mano.
— Está bromeando. Lo siento. — dice la señora P, dejando después el altavoz sobre la mesita de noche, fuera de mi alcance. — ¿No te suministran pastillas de la felicidad en este lugar?
— No quiero ser feliz.
La señora P. se inclina hacia delante. El flequillo le roza la parte superior de las gafas.
— Justin, siento mucho lo que le ocurrió a Ryan. No era alumno mío, pero me han dicho que estabais muy unidos.
Miro por la ventana para evitarla. No quiero hablar de Ryan. No quiero hablar de nada.
— ¿Por qué ha venido?
Escucho el sonido de una cremallera. Saca algo del bolso.
— Te he traído deberes, para que estés al día cuando vuelvas a clase.
— No voy a volver. Ya se lo he dicho. Lo dejo. No debería sorprenderle, señora P. Soy un pandillero, ¿lo recuerda?
Ella camina alrededor de la cama, entrando en mi campo de visión.
— Supongo que me equivoqué contigo. Estaba convencida de que ibas a romper el molde.
— Sí, bueno, es fue antes de que dispararan a mi mejor amigo. Querían matarme a mí, ¿sabe? — digo, mirando el libro de química que lleva en la mano. El libro me recuerda lo que era antes y lo que ya no podré ser. — ¡Ryan no tenía que morir, maldita sea! ¡Tendría que haber sido yo! — grito.
La señora P. no se inmuta.
— Pero no sucedió de ese modo. ¿Crees que le haces un favor a Ryan rindiéndote y dejando el instituto? Considéralo un regalo que te hizo, no una maldición. Ryan no va a volver. Pero tú aún puedes. — la señora P. coloca el libro de química en la repisa de la ventana. — ¿Quieres saber cómo le va a tu compañera de laboratorio?
— No. No me importa. — respondo, negando con la cabeza.
Las palabras casi se me atascan en la garganta.
Ella suspira, dándose por vencida, y se acerca otra vez a la ventana para coger el libro. Después se dirige a la puerta.
— Ojalá hubiera elegido biología en lugar de química. — confieso cuando abre la puerta para marcharse.
Ella me guiña un ojo, con complicidad.
— No te creo. Y para que lo sepas, el director va a hacerte una visita esta tarde. Le advertiré que tenga cuidado al entrar, por si te da por lanzarle alguna cosa.

-Más adelante-

Me dieron el alta dos semanas después, y mi madre nos llevó a Canadá. Un mes más tarde conseguí trabajo como camarero en un hotel, cerca de Stratford. Un buen hotel, con paredes entabladas y pilares en las puertas delanteras. Como hablaba español un poco mejor que los otros empleados, hacía de intérprete cuando me lo pedían. Cuando salía con mis compañeros después del trabajo, estos intentaban que me interesase por alguna chica. Ellas eran preciosas, sexys, y evidentemente, sabían como atraer a un chico. El problema era que no eran ___.
Tenía que sacármela de la cabeza. Y rápido.

Lo intenté. Una noche, una chica irlandesa que se alojaba en el hotel me llevó a su habitación. Al principio supuse que acostarme con otra rubia me haría olvidar la noche que pasé con ____. Pero cuando estaba a punto de hacerlo, me quedé paralizado.
Entonces, me di cuenta de que ____ había arruinado mi percepción de las mujeres para siempre. No era el rostro de ____, ni su sonrisa, ni sus ojos. Todo eso hacía que los demás la vieran como una chica preciosa, pero era su interior lo que la hacía distinta. Era el modo en que le limpiaba la cara a su hermana, la seriedad con la que se tomaba la clase de química, su modo de demostrarme su amor pese a saber quién era yo. Había estado a punto de meterme en un asunto de drogas, y, pese a todo, ____ eligió amarme.

Química Perfecta. Capítulo 40.

-Narra ____ Ellis-

A las cinco de la mañana me despierta el móvil. Es Elisabeth. Probablemente quiera hablarme sobre Ryan.

— ¿Sabes qué hora es? — le pregunto.
— Se lo han cargado, ____, está muerto.
— ¿¡Quién!? — exclamo desesperada.
— Ryan. Y… no sé si debería haberte llamado… aunque te enterarás de todos modos. Justin estaba con él y…
Los dedos se transforman en una garra alrededor del aparato.
— ¿Dónde está Justin? ¿Está bien? Por favor, dime que está bien. Te lo ruego, Eli. Por favor.
— Le han disparado.
Durante un segundo espero que pronuncie las horribles palabras: está muerto.
— Está en el quirófano. En el Hospital Lakeshore. — dice.
Antes de que termine la frase, ya me estoy quitando el pijama y vistiéndome a toda prisa, angustiada. Cojo las llaves, me dirijo a la puerta sujetando aún con fuerza el teléfono mientras Elisabeth me relata todos los detalles.

El intercambio salió mal y Ryan y Héctor están muertos. Justin recibió un disparo y está en el quirófano. Es lo único que sabe.

Tras pasar la noche con él, estaba convencida de que me elegiría a mí por encima del tráfico de drogas. Puede que él haya traicionado nuestro amor, pero yo no puedo hacer lo mismo.
Me convulsiono con los sollozos. Ryan me aseguró ayer que se encargaría de que Justin no hiciera el trapicheo, pero… madre mía. Ryan ocupó su lugar y ha acabado muerto. Pobre Ryan.
Intento quitarme de la cabeza las imágenes en las que Justin no consigue superar la operación. Una parte de mí moriría con él.
Le pregunto a una enfermera si puede informarme sobre el estado de Justin.
Ella me mira con curiosidad.
— ¿Eres familiar?
— Sí.
— ¿Qué parentesco?
— Hermana.
La enfermera niega con la cabeza y se encoge de hombros. No se lo ha tragado.
— Justin Drew Bieber ha ingresado con una herida de bala.
— Se recuperará, ¿verdad? — le pregunto entre sollozos.
La señora vuelve a teclear en su ordenador.
— Lleva toda la mañana en el quirófano, señorita Bieber. La sala de espera es esa habitación naranja al final del pasillo, a la derecha. El médico le informará del pronóstico de su hermano después de la operación.
— Gracias.

Al entrar en la sala de espera, me quedo helada al ver a la madre y a los dos hermanos de Justin juntos en un rincón, sentados sobre las sillas naranjas del hospital. Su madre es la primera que se percata de mi presencia. Tiene los ojos muy rojos y las lágrimas le humedecen el rostro.

Me llevo una mano a la boca, pero no puedo evitar que se me escape un sollozo. No puedo contenerme. Las lágrimas me inundan los ojos y, a través del borrón, veo que la señora Bieber me tiende los brazos.
Abrumada por la emoción, corro hacia ella.

-Más tarde-

Levanto la cabeza junto a la cama de Justin. He estado sentada a su lado toda la noche, esperando a que despertara. Su madre y sus hermanos tampoco se han movido de su lado.
El médico dijo que podrían pasar horas hasta que recuperara el conocimiento.
Humedezco una toallita en el lavabo de la habitación y le mojo la frente. He repetido la misma operación toda la noche, mientras él sudaba, atrapado en un sueño inquieto.
Abre los ojos. Es obvio que lucha contra los sedantes.

— ¿Dónde estoy? — pregunta en un tono débil y áspero.
— En el hospital. — contesta su madre, que se apresura a colocarse a su lado.
Justin frunce el ceño.
— Ryan… — dice con un hilo de voz.
— Ahora no pienses en eso. — le digo yo, intentando reprimir las emociones, pero sin conseguirlo del todo. Tengo que ser fuerte por él y no dejar que se venga abajo.
Creo que está apunto de cogerme la mano, pero una expresión de dolor le atraviesa el rostro. Tengo tantas cosas que contarle, tanto que decirle. Ojala pudiera retroceder en el tiempo y cambiar el pasado. Ojala pudiera haber salvado a Ryan y a Justin de aquel destino.
Me mira con los ojos vidriosos por el sopor.

— ¿Qué haces aquí?
— ____ se ha quedado toda la noche, Justin. Estaba preocupada por ti.
— Déjame hablar con ella. A solas. — ruega débilmente.
Sus hermanos y su madre salen de la habitación y nos dejan solos.
Justin se incorpora sobre la cama con una mueca de dolor. Entonces, me mira.
— Quiero que te vayas.
— No puedes estar hablando en serio. — respondo, cogiéndole la mano.
Me aparta la mano, como si el contacto le quemara.
— Sí, hablo en serio.
— Justin, conseguiremos superarlo. Te quiero.
Él gira la cabeza y clava su mirada en el suelo. Traga saliva con fuerza y carraspea.
— Me acosté contigo por una apuesta, ____, — asegura en voz baja, pero sus palabras son claras como el agua. — No significó nada para mí. Tú no significas nada para mí.
Doy un paso atrás a medida que voy asimilando las dolorosas palabras de Justin.
— No. — susurro.
— Tú y yo… sólo fue un juego. Aposté con Lucky so RX-7 a que podía echar un polvo contigo antes de Acción de Gracias.

Me estremezco al oír a Justin referirse a nuestro encuentro con aquella frialdad. Si lo hubiese llamado sexo, me habría dejado un sabor amargo en la boca. Pero referirse a eso con aquellas palabras hace que se me revuelva el estómago. Mantengo las manos firmes a los lados. Quiero que retire lo que ha dicho.

— Estás mintiendo.

Él aparta la mirada del suelo y la fija directamente en mis ojos. Dios. No veo ninguna emoción en ellos. Su expresión es tan fría como sus palabras.

— Eres patética si crees que lo que había entre nosotros era real.
Niego con la cabeza de forma vehemente.
— No me hagas daño, Justin. Tú no. Ahora no. — le suplico. Me tiemblan los labios cuando pronuncio un suplicante ‘’por favor’’. No responde y doy otro paso hacia atrás. Me tambaleo al pensar en mí, en la verdadera ____ que Justin sacó a la luz. Con un susurro lastimero, le miro. — Confiaba en ti…
— Ese es tu problema, no el mío.

Se toca el hombro izquierdo y hace una mueca de dolor antes de que su grupo de amigos irrumpa en la habitación. Le ofrecen sus condolencias y ánimos mientras yo me quedo de piedra en un rincón, pasando completamente desapercibida.

— ¿Todo esto ha sido una apuesta? — pregunto por encima del bullicio.
Los seis os siete amigos que hay en la habitación me miran. Incluso Justin. Elisabeth se acerca a mí pero levanto una mano para detenerla.
— ¿Es cierto? ¿Justin apostó a que se acostaría conmigo? — repito. Aún no puedo creer que las venenosas palabras de Justin sean verdad. No pueden serlo.
Todos los ojos recaen en él, pero los de Justin me atraviesan a mí.
— Decídselo. — ordena Justin.
Un tipo llamado Sam levanta la cabeza.
— Bueno, esto… sí. Ha ganado el RX-7 de Lucky.
Me apoyo en la puerta de la habitación, intentando mantener la cabeza en alto. Una expresión fría y dura se asienta en el rostro de Justin.
Mi garganta amenaza con cerrarse, pero intento sacar fuerzas de donde no las tengo.
— Felicidades, Justin. Has ganado. Espero que disfrutes de tu coche nuevo.

Me agarro al pomo de la puerta, y cuando estoy a punto de salir, veo que la mirada de hierro de Justin se desvanece por un instante. Salgo lentamente de la habitación. Oigo los pasos de Elisabeth en el pasillo pero huyo de ella, del hospital, de Justin. Por desgracia, no puedo huir de mi corazón. Un dolor profundo lo atenaza y sé que nunca más volver a ser el mismo.

Química Perfecta. Capítulo 39.

-Narra Justin-

— Sube al coche. — le ordeno.
Pero ya es demasiado tarde. El RX de Lucky se detiene frente a nosotros con un frenazo. Le acompañan unos cuantos chicos de los American Blood.
— ¡No me lo puedo creer! ¡Has ganado la apuesta! — grita Lucky desde el interior del vehículo.
Intento esconder a ___ detrás de mí, pero es inútil. Pueden ver con total claridad sus piernas desnudas y sexys sobresaliendo del abrigo.
— ¿A qué se refiere? — me pregunta. Siento la necesidad de quitarme mis pantalones y dárselos para que se los ponga. Si se entera de la apuesta, pensará que esa es la razón por la que me he acostado con ella. Tengo que conseguir que se marche, y rápido.
— Nada. Sólo son tonterías, te lo aseguro. Sube al coche. Si no lo haces, te subiré yo mismo.
Oigo como se abre la puerta del coche de Lucky al mismo tiempo que la del de ____.
— No te enfades con Ryan. — me ruega antes de acomodarse en el asiento del conductor.
— Vete. — insisto, sin tiempo a preguntarle qué ha querido decir con eso. — Hablaremos más tarde. — ____ acelera y se pierde en el coche.
— Joder, tío. — masculla Lucky, mirando la parte posterior del BMW con interés. — Tenía que averiguar si Henrie me estaba tomando el pelo. Te has tirado a ____ Ellis, ¿verdad? ¿Lo has grabado en vídeo?
Mi respuesta es un fuerte puñetazo en el estómago de Lucky, quien cae de rodillas al suelo. Me monto a horcajadas sobre la moto y enciendo el motor. Cuando diviso el Camry de mi primo, me detengo a su lado.
— Escucha, Justin. — dice Henrie a través de la ventanilla abierta. — Lo siento mucho…
— Me largo. — interrumpo antes de lanzarla las llaves del taller y marcharme.

De camino a casa, no dejo de pensar en ___ y sobre lo mucho que significa para mí.
Entonces, la realidad me golpea.
No quiero hacer el intercambio.
Ahora entiendo todas esas películas románticas de las que tanto me he reído. Porque, en este instante, me convierto en el idiota sensiblero que lo arriesga todo por su chica. Estoy enamorado…
Que les den a los American Blood. Puedo proteger a mi familia y, al mismo tiempo, ser coherente conmigo mismo.
____ tenía razón. Mi vida es demasiado importante como para tirarla por la borda traficando con drogas. Lo cierto es que quiero ir a la universidad y hacer algo positivo con mi vida.
No soy como mi padre. Mi padre era un hombre débil que eligió el camino más fácil. Yo aceptaré el reto para abandonar los American Blood, sin pensar en las consecuencias. Y si sobrevivo, regresaré a ___ como un hombre libre. Lo juro.
No soy ningún traficante. Héctor se llevará una decepción, pero sólo entré en la banda para proteger a mi familia, no para traficar con drogas. ¿Desde cuándo se ha convertido eso en una necesidad?

Desde la detención, todo ha pasado muy rápido. Estuve en la cárcel, y Héctor pagó la fianza. Después de preguntar a otros miembros de la banda sobre la noche en la que murió mi padre, Héctor y mi madre tuvieron una discusión acalorada. Y ella tenía moratones. Y ahora Héctor me presiona con el tema del intercambio.

Ryan intentó avisarme, estaba convencido de que algo no encajaba.

Me devano los sesos y las piezas empiezan a encajar lentamente. Joder, tenía la verdad delante de las narices y no he sido capaz de verla. Sólo hay una persona que puede decirme lo que sucedió la noche que asesinaron a mi padre.

Entro hecho una furia en mi casa y encuentro a mi madre en su habitación.

— ¿Sabes quién mató a papá, verdad?
— Justin, no.
— Fue alguien de los American Blood, ¿no? La noche de la boda te vi hablando con Héctor. Él sabe quién fue. Y tú también.
Las lágrimas empiezan a inundarle los ojos.
— Te lo advierto, Justin. No lo hagas.
— ¿Quién fue? — pregunto, ignorando sus súplicas.
Ella aparta la mirada.
— ¡Dímelo! — grito con todas mis fuerzas. Mis palabras la sobresaltan.

Me he pasado tanto tiempo deseando alejarla del sufrimiento, que nunca se me ha ocurrido preguntarle si sabía algo acerca del asesinato de mi padre. O quizás no quería saberlo porque la verdad me asustaba. Ya no puedo soportarlo más.
Se lleva una mano a la boca. Respira lentamente, con dificultad.

— Héctor… fue Héctor. — A medida que asimilo la verdad, una mezcla de terror, conmoción y dolor se extienden por mi cuerpo como un fuego incontrolable. Mi madre me lanza una mirada cargada de tristeza. — Yo sólo quería protegeros, a ti y a tus hermanos. Eso es todo. Tu padre deseaba salir de los American Blood, y le asesinaron. Héctor quería que tú ocupases su lugar. Me amenazó, Justin, me dijo que si no entrabas en la banda, toda la familia acabaría como tu padre.

No puedo escuchar más. Héctor lo organizó todo para que me arrestasen, y así que yo le debiera un favor. Y también organizó lo del intercambio, engañándome para que creyera que era un paso adelante cuando, en realidad, tan sólo era un paso más hacia su trampa. Probablemente sospechara que, tarde o temprano, alguien me contaría la verdad.
Me dirijo a toda prisa hasta mi armario. Tengo muy claro lo que he de hacer: enfrentarme al asesino de mi padre.
El arma ha desaparecido.

— ¿Has husmeado en mi cajón? — le gruño a Charles, agarrándole por el cuello de la camiseta cuando le encuentro en el sofá del salón.
— No, Justin. — responde Charles. — ¡Créeme! Ryan ha estado aquí antes y entró en nuestra habitación, pero dijo que sólo iba a coger prestada una de tus chaquetas.

Ryan se ha llevado mi pistola. Debería haberlo supuesto. ¿Pero cómo sabía Ryan que no llegaría a casa y le pillaría con las manos en la masa?

____.

____ me ha estado entreteniendo toda la noche, a propósito. Me ha pedido que no me enfadara con Ryan. Ambos están intentando protegerme, porque yo he sido demasiado estúpido y cobarde cómo para enfrentarme a lo que tenía delante de las narices.
Vuelvo a la habitación de mi madre.
— Si esta noche no regreso, llévate a Charles y Louis a Canadá. — le digo.
— Pero, Justin…
Me siento en el borde de su cama.
— Mamá, ellos están en peligro. Sálvalos de este destino. Por favor.
— Justin, no hables así. Tu padre hablaba así.
‘’Yo soy como papá’’, quiero decirle. He cometido los mismos errores, pero no dejaré que a mis hermanos les ocurra lo mismo.
— Prométemelo. Necesito oír como lo dices. Te hablo muy en serio.
Las lágrimas le resbalan por las mejillas. Me besa y me abraza con fuerza.
— Te lo prometo… te lo prometo.

Me monto en la moto y llamo a Gary Frankel, alguien a quien nunca pensé que llamaría para pedir consejo. E insiste en que haga lo que jamás pensé que haría: llamar a la policía e informarles de lo que está sucediendo.
Se supone que el intercambio va a tener lugar aquí, en el parque natural de Busse Woods.
La zona de aparcamiento y los alrededores están a oscuras, de modo que sólo tengo la luz de la luna para encontrar el camino. El lugar está desierto, excepto por un sedán azul con las luces encendidas. Me adentro en el bosque y reparo en una figura oscura tendida en el suelo.
Echo a correr en esa dirección mientras me invade una sensación de terror. A medida que me acerco, reconozco la chaqueta. Es como si estuviera presenciando mi propia muerte.

Me arrodillo en el suelo y le doy la vuelta al cuerpo lentamente.

Ryan.

— ¡Mierda! — grito cuando su sangre me moja las manos.
Ryan tiene los ojos vidriosos, pero mueve lentamente la mano y me agarra por el brazo.
— La he cagado.
Apoyo su cabeza sobre mis muslos.
— ¡Te dije que dejaras de meterte en mis asuntos! No te mueras aquí. ¿Me oyes? ¡Te digo que no lo hagas! — le advierto con la voz estrangulada.
— Estoy asustado. — me susurra antes de hacer una mueca de dolor.
— No me dejes. Aguanta. Todo saldrá bien. — sujeto con fuerza a Ryan, consciente de que acabo de mentirle. Mi mejor amigo se está muriendo. No hay vuelta atrás, siento su dolor en mi propia alma.
— Mira por dónde. El falso Justin y su amiguito, el auténtico Justin. Bonita noche de Halloween, ¿eh? — Me vuelvo hacia la voz de Héctor. — Qué lástima que no reconociera a Ryan antes de dispararle. — continúa. — Tío, a la luz del día sois tan distintos… supongo que debería mirarme la vista.

Saca una pistola y me apunta con ella. No estoy asustado, estoy furioso. Y necesito respuestas.

— ¿Por qué lo has hecho?
— Bueno, si te empeñas te diré que todo es culpa de tu padre. Quería salir de los American Blood. Pero no hay modo de salir, Justin. Él era el mejor hombre que teníamos. Justo antes de morir, intentó salir de la banda. El reto al que tuvo que enfrentarse fue aquel trapicheo. El mismo que te ha tocado a ti. Y ninguno de los dos habréis salido vivos de esta.
Estalla en carcajadas y su risa resuena en mis oídos.
— Ese estúpido nunca tuvo ninguna posibilidad. Tú eres como tu padre. Pensé que podría adiestrarte para que ocuparas su lugar como traficante. Pero no, eres igual que él. Un desertor… un cobarde.

Miro a Ryan. Está respirando con dificultad. Apenas puede expulsar el aire de los pulmones. Reparo en su pecho manchado de rojo. La escena me recuerda a mi padre.
Aunque esta vez no tengo seis años. Ahora lo tengo todo mucho más claro.
Ryan y yo nos miramos durante un intenso segundo.

— Nos han traicionado a los dos, tío. Pero siempre serás mi hermano. — Son sus últimas palabras antes de desplomarse sin vida entre mis brazos.
Grito con todas mis fuerzas mirando al cielo.
— ¡Déjalo en el suelo! Está muerto, Justin. Como tu padre. ¡Levántate y mírame a la cara! — grita Héctor, agitando el arma en el aire como un lunático.
Coloco el cuerpo sin vida de Ryan en el suelo con delicadeza, y me pongo en pie, preparado para luchar.
— Pon las manos sobre la cabeza, donde pueda verlas. ¿Sabes? Cuando maté a tu padre lloraste como un bebé, Justin. Lloraste en mis brazos, en los del tipo que lo mató. Qué ironía, ¿verdad?

Sólo tenía seis años. Si hubiese sabido que el asesino era Héctor, no habría ingresado en los American Blood.

Cuando Héctor empieza a dar vueltas a mi alrededor, comprendo que aquella es mi última oportunidad. Le agarro por la muñeca y lo obligo a caer al suelo.
Se levanta como un resorte, y me golpea con la pistola en un costado de la cabeza. Caigo de rodillas, consciente de que está preparándose para pegarme un tiro.

— ¡Le habla la policía de Arlington Heights! ¡Tire la pistola al suelo y levante las manos donde podamos verlas!

A través del bosque y de la neblina, apenas puedo distinguir las luces rojas y azules que brillan a lo lejos.
Levanto las manos.
— ¡Tira el arma! ¡Ahora!
Héctor sigue apuntando la pistola hacia mi corazón.
Sé que va a hacerlo. Está loco. Va a apretar el gatillo.
Todo ocurre muy rápido. Me lanzo a la derecha cuando empiezan a sonar los disparos.
Pum. Pum. Pum.
Me tambaleo hacia atrás y comprendo que estoy herido. La bala me quema la piel, como si alguien estuviera echando tabasco en ella.
Entonces, todo se vuelve negro.

Química Perfecta. Capítulo 38.

-Narra Justin-

— Sí. — responde _____. — ¿Y tú? ¿Has pensado alguna vez en hacer el amor conmigo?
Todas las noches sueño despierto, fantaseando con ella, con dormir a su lado… con hacerle el amor.
— Ahora mismo, no puedo pensar en otra cosa. — Miro el reloj. Pronto tendré que irme. A los traficantes de drogas no les importa mucho la vida sentimental de cada cual. No puedo llegar tarde, pero deseo tanto a ____… — Lo próximo que tendrás que quitarte será el abrigo. ¿Estás segura de que quieres seguir?
Me quito el otro calcetín. Lo único que me falta para quedarme completamente desnudo son los vaqueros y los bóxers.
— Sí, quiero seguir. — asegura, sonriendo de oreja a oreja, con sus preciosos labios rosados brillando bajo la luz. — Apaga las luces antes de que… me quite el abrigo.

Apago las luces del taller y la observo mientras se pone de pie sobre la manta y se desabrocha el abrigo con dedos temblorosos. Estoy en trance, sobre todo porque mientras lo hace, me mira con esos ojos claros llenos de deseo.
Cuando se abre lentamente el abrigo, no puedo apartar la mirada del regalo que oculta en su interior. Se acerca a mí, pero tropieza con un zapato.
La cojo a tiempo y la ayudo a recostarse sobre la suave manta. Entonces, me coloco encima de ella.
— Gracias por evitar que me caiga. — dice. Le cuesta respirar.
Le retiro un mechón de la cara y me pongo a su lado. Cuando ella me rodea el cuello con los brazos, lo único que deseo es protegerla durante el resto de mi vida. Le quito el abrigo y me alejo un poco para observarla. Sólo lleva puesto un sujetador de encaje rosa. Nada más.
— Como un ángel… — susurro.
— ¿Ha terminado el juego? — pregunta con nerviosismo.
— Sí, cariño. Lo que viene a continuación lo es todo menos un juego.
Apoya sus uñas perfectamente arregladas sobre mi pecho. ¿Sentirá los latidos de mi corazón con la palma de la mano?
— He traído preservativos… — susurra ella.
Si hubiese sabido… su hubiera imaginado que esta noche sería ‘’la noche’’, habría venido preparado. Supongo que no imaginaba que esto pudiera suceder de verdad con ___. Introduce la mano en el bolsillo del abrigo y una docena de preservativos se esparcen sobre la manta.
— ¿Tenías planeado hacerlo varias veces? — sonrío pícaramente.
Avergonzada, se cubre la cara con ambas manos.
— Sólo he cogido un puñado.
Le aparto las manos y froto mi mente contra la suya.
— Estoy bromeando. No seas tan tímida conmigo. — Cuando se deshace de la chaqueta, sé que me odiaré por tener que dejarla allí cuando me vaya. Ojala pudiéramos pasar juntos toda la noche. Y, sin embargo, sé que los deseos sólo se cumplen en los cuentos de hadas.
— ¿No vas… a quitarte los pantalones? — me pregunta, tranquila.
Ojala pudiera tomarme mi tiempo y hacer que esta noche durase para siempre. Es como estar de excursión en el paraíso, y saber que has de regresar al infierno. Le recorro el cuello y los hombros con mis besos, lentamente.
— Soy virgen, Justin. ¿Y si hago algo mal?
— Nada va a salir mal. Esto no es un examen de la Peterson. Sólo estamos tú y yo. El resto del mundo no importa ahora mismo, ¿vale?
— Vale. — contesta ella en voz baja.
Tiene los ojos brillantes. ¿Estará llorando?
— No te merezco. Lo sabes, ¿verdad?
— ¿Cuándo te darás cuenta de que eres un buen chico? — suelta, y al ver que no respondo, me obliga a acercar la cabeza a la suya. — Esta noche mi cuerpo es tuyo, Justin. — me susurra muy cerca de los labios. — ¿Lo deseas?
— No sabes cómo. — Mientras nos besamos, me deshago de los vaqueros y de los bóxers y la abrazo con fuerza, sintiendo la suavidad y el calor de su cuerpo contra el mío. — ¿Estás asustada? — le murmuro al oído cuando creo que está preparada. Yo lo estoy, y ya no puedo esperar más.
— Un poco, pero confío en ti.
— Relájate, preciosa.
— Lo intento.
— Esto no funcionará a no ser que te relajes. — le digo, apartándome un poco para coger uno de los preservativos con una mano temblorosa. — ¿Estás segura de esto?
— Sí, estoy segura. Te quiero, Justin. — confiesa. — Te quiero. — repite, esta vez casi con desesperación.
Quiero decirle cómo me siento, confesarle cómo ha llegado a convertirse en el centro de mi existencia. Pero no puedo. Soy incapaz de pronunciar palabra alguna.
Dejo que sus palabras fluyan a través de mí y me contengo. No quiero hacerle daño. ¿A quién pretendo engañar? Para una chica, la primera vez siempre es dolorosa, por muy cuidadoso que sea el chico.
— Hazlo. — ruega ella, notando mi vacilación. Así que obedezco. Entro en ella lo más suave y despacio que puedo, sintiéndome por fin dentro de ella. Pero cuando ahoga un gemido, deseo poder evitarle todo el dolor que siente.
Aspira por la nariz y se enjuga una lágrima que le resbala por la mejilla. No puedo soportar verla sufrir. Por primera vez desde que vi morir a mi padre, se me escapa una lágrima.
Ella me sujeta la cabeza entre las manos y me borra la lágrima con sus besos.
— Estoy bien, Justin.
Pero a mí no me lo parece. Tengo que hacer que sea perfecto. Porque puede que nunca tenga otra oportunidad y ella tiene que saber lo hermoso que puede llegar a ser este momento. Me concentro totalmente en ella, desesperado por convertirlo en algo muy especial.
Coloco las manos en su cintura, y me introduzco aún más dentro de ella. Me muevo despacio, dulcemente, mientras lucho contra los pequeños gemidos que salen sin permiso de mi boca.
Más tarde, la acerco hacia mí. Ella no tarda demasiado en llegar al orgasmo, cerrando los ojos y arqueando la espalda hacia mí, haciendo que me resulte imposible no besar sus pechos. Acaricio su perfecto cuerpo situado debajo de mí.
___ se acurruca entre mis brazos mientras yo le acaricio el pelo, ambos deseosos de alargar aquella intimidad todo el tiempo que podamos.
No puedo creer que haya compartido su cuerpo conmigo. Debería sentirme fascinado. Pero en lugar de eso, me siento como una mierda.
No podré proteger a ___ durante el resto de mi vida de los tipos que querrán estar con ella, verla como yo la he visto, tocarla como la he tocado hoy. No quiero dejarla marchar nunca.
Pero ya es demasiado tarde. No puedo perder más tiempo. Al fin y al cabo, ella no será mía para siempre, y yo no puedo fingir por más tiempo.

— ¿Te encuentras bien? — le pregunto.
— Sí. Más que bien.
— Tengo que marcharme. — le digo, mirando el reloj digital que hay poyado sobre una de las cajas de herramientas.
____ apoya la barbilla en mi pecho.
— Vas a renunciar a los American Blood, ¿verdad?
El cuerpo se me agarrota.
— No. — le digo con la voz cargada de angustia. Joder, ¿por qué me pregunta eso?
— Ahora todo es diferente, Justin. Hemos hecho el amor.
— Lo que hemos hecho ha sido genial. Increíble. Pero no cambia nada.
Ella se pone en pie, recoge su ropa y empieza a vestirse en un rincón.
— Entonces, ¿soy sólo otra chica que puedes añadir a la lista de tías con las que te has acostado?
— No digas eso.
— ¿Por qué no? Es la verdad, ¿no?
— No.
— No puedo. — Ojalá pudiera decirle otra cosa. Tiene que saber que las cosas siempre serán así. Tendré que dejarla plantada una y otra vez porque los American Blood no dejarán de reclamarme. ____, que me ama con el corazón y con el alma, es como una droga. Se merece algo mejor. — Lo siento. — le digo después de ponerme los pantalones. ¿Qué otra cosa puedo decire?
Ella aparta la mirada y camina hacia la salida del garaje como si fuera un robot.

Cuando oigo el chirrido de neumáticos, se me disparan todas las alarmas. Un coche se dirige hacia nosotros… el RX-7 de Lucky.
Esto no pinta nada bien.