viernes, 31 de enero de 2014

Golden Lake. Capítulo 11.

- ¡Justin déjalo, no tiene gracia! 
- ¿Por qué eres tan borde conmigo? Sólo es una simple broma.
- No me gustan tus bromas. ¡Vete! - Digo mas cabreada de lo inusual
- ¿Eso significa que no quieres que me bañe contigo?
- Exacto. No quiero. Adiós.
- Está bien doña borde, ya me voy - La sonrisa desaparece de su cara y deja el sujetador en la cesta, donde estaba 
- ¡Al fin! Pf, eres un idiota.
- Tu más.
- ¿Qué eres un niño pequeño? - Levanto una ceja
- Sí. De vez en cuando me gusta serlo, me divierte.

¿De qué va? No entiendo lo que quiere conseguir. Estoy demasiado cabreada y no quiero decir algo de lo que luego me arrepienta, por eso, estoy deseando que se largue de aquí cuanto antes. 
Veo que Justin se monta en mi bici, coge una de las toallas que he traído de casa. La del pelo, para ser exactos. La más pequeña. Y la tira hacia el borde del lago, casi cayendo al agua. Y empieza a pedalear sin mirarme ni un segundo.

- ¡Eh! - Chillo con todas mis fuerzas pero el hace caso omiso y se despide con la mano - ¿¡Dónde coño vas!?

No contesta. Y desaparece entre los árboles, el sol ya se ha ido por completo. Espero un rato, pero nadie vuelve, el silencio abunda en este magnífico paisaje. 
Empiezo a salir del agua con cautela, mirando a todos lados para no llevarme otra sorpresa. Me envuelvo rápidamente en la diminuta toalla. Me cubre de el pecho hasta los muslos, justo. Pongo rumbo hacia mi casa cuidadosamente, mirando donde piso, las hojas secas crujen debajo de mis pies. Sólo falta que encuentre a mi grillo, sería un día completo. 
No puedo pensar en lo que ha hecho Justin, porque me entran ganas de matar a alguien. 
Ya estoy llegando a la carretera principal, está desierta, como siempre. Cada minuto que pasa, el cielo está mas oscuro. 
Cruzo corriendo, con la toalla bien sujeta. Una fuerte brisa helada hace que se me ponga la piel de gallina. Ya estoy llegando a casa y una camioneta se para justo detrás de mí, en la carretera.

- ¡Ey muñeca! ¿Tienes frío?

Me giro para ver quien me está hablando. Es un hombre de unos 30 años, pelo oscuro engominado hacia atrás, con algo de barba. Se baja de la camioneta, lo único que oigo son sus pasos dirigiéndose hacia mí. Todo lo demás está en silencio. En todo caso, podría gritar, pero estoy demasiado lejos de cualquier casa para que alguien me oiga.

- ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este? 
- Volver a casa, si me lo permites - Digo sin mirarle a los ojos y doy media vuelta para irme corriendo

Me agarra fuertemente de la muñeca estirando hacia él. Estoy tan asustada que parece que el corazón se me saldrá por la boca, no puedo articular palabra. Simplemente no miro a los ojos a ese tipo, me da demasiado miedo.

- ¡Suéltame! Me haces daño
- Tengo una mantita en la camioneta, te la daré ¿te parece?
- No quiero nada, solo quiero volver a casa - Una lágrima se escapa por mi mejilla sin permiso, no puedo evitarlo
- Pero no llores encanto, claro que te dejaré ir a casa, pero antes vayamos a pasar un buen rato juntos ¿no crees?

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