miércoles, 5 de febrero de 2014

Química Perfecta. Sinopsis y capítulo 1.

SINOPSIS:

______ Ellis es una chica perfecta.

Todo aparentemente es perfecto, vive en una mansión emplazada en la zona más lujosa de Los Ángeles, su familia es perfecta, sus estudios no podrían ir mejor y encima es novia de Colin, el chico más popular del colegio.
Pero ...¿De verdad todo es tan perfecto?
En la vida de Justin Bieber no existe la perfección.
Tras la muerte de su padre, él es el cabeza de familia, viven en una casa pobre en una de las peores zonas de la ciudad.
Justin pertenece a una banda, American Blood, la peor que existe en el momento.
Todo el mundo le teme, es un chico chulo, arisco y conflictivo. Pero...¿Realmente es así?
En el instituto Fairfield se unen esos dos mundos durante varias horas al día.
La zona sur y norte de la ciudad, la élite y los suburbios tienen que convivir en ese instituto, aunque en una tensa distancia, jamás se mezclarían, eso conllevaría la ruina dentro de cada uno de sus mundos. Una persona de tan gran poder económico como los de la zona norte, jamás se juntarían con gente de los barrios bajos, y viceversa.
Por la mente de _____ jamás se había cruzado la idea de entablar conversación con Justin Bieber, pero la llegada de la nueva profesora de Química pone en jaque todo su mundo cuando les obliga a ambos a ser compañeros de clase durante todo el año, y presentar un trabajo juntos.
Ambos tienen sus perjuicios hacia el mundo del otro, pero a fuerza de permanecer juntos se van dando cuenta que nada es lo que parece.
Una terrible atracción va naciendo entre la pareja, sentimiento al que se resisten con todas sus fuerzas pero, ¿Quién puede luchar contra una química perfecta?

CAPÍTULO 1:

Todo el mundo sabe que soy perfecta. Mi vida es perfecta, la ropa que visto es perfecta e incluso mi familia es perfecta. Y me he dejado la piel en guardar apariencias y hacer que los demás lo crean así, aunque todo sea una farsa. Esta imagen de ensueño se desvanecería si saliese la verdad a la luz.

Estoy en pie frente al espejo del cuarto de baño, mientras la música suena a todo volumen en los altavoces, y por tercera vez, tengo que borrar la raya torcida que he trazado en el párpado interior. Me tiemblan las manos, maldita sea. El comienzo del último curso del instituto y el reencuentro con mi novio después de un verano separados, no son motivos para angustiarme de esta manera. Pero hoy me he levantado con el pie izquierdo. Primero, el rizador de pelo ha empezado a echar humo antes de dejar de funcionar. Luego se me ha caído el botón de mi camisa favorita. Y ahora el lápiz de ojos parece haber cobrado vida. Si pudiera elegir, me quedaría en la cama todo el día, comiendo galletas de chocolate recién horneadas.

-¡____, baja! -Grita mi madre desde el vestíbulo sin que apenas pueda oírla. Mi primer impulso es no hacerle caso, pero eso no me ha traído otra cosa que discusiones, dolores de cabeza y más gritos.

-Ahora mismo bajo. -Respondo, esperando que el lápiz de ojos me de tregua y pueda acabar por fin.

Tras conseguirlo, lanzo el lápiz de ojos al armario y compruebo mi aspecto en el espejo unas tres veces. Acto seguido, apago el equipo de música y bajo corriendo al vestíbulo.

Mi madre me espera al final de nuestra espléndida escalera para revisar mi atuendo. Me pongo recta. Lo sé, tengo 18 años y no debería importarme lo que mi madre opine de mí. Pero nadie sabe lo que es vivir en casa de los Ellis.
Mi madre sufre ansiedad, y cuando ella se estresa, todos los que estamos alrededor sufrimos las consecuencias.

-Los pantalones son horribles, pero me encanta el cinturón. Y ese ruido al que llamas música me estaba provocando jaqueca.
-Buenos días a ti también, mamá. -Respondo antes de darle un beso en la mejilla. -¿Dónde está Shelley?
-En la cocina. Su nueva cuidadora se llama Baghda, y no llegará hasta dentro de una hora.
-¿Le has dicho que la lana le provoca picores? ¿Y que le tirará del pelo en cuanto se despiste? -Pregunto.

Ella asiente, y yo me dirijo a la cocina. No me apetece escuchar como mi madre empieza a hablar de nuevo sobre los arrebatos de ira de Shelley. Mi hermana está sentada en la mesa, en su silla de ruedas, intentando comerse su comida triturada. Aunque tenga veinte años, sus limitaciones físicas no le permiten masticar y tragar como el resto de la gente.

-Oye Shelley -Digo inclinándome hacia ella y limpiándole la cara con una servilleta. -Es mi primer día de clase, Deséame suerte.

Ella extiende sus vacilantes brazos, y me lanza una sonrisa ladeada. Me encanta cuando sonríe.

La estrecho entre mis brazos procurando que no pueda alcanzarme el pelo con las manos. Cuando me incorporo, mi madre suelta un grito ahogado.

-_____, no puedes ir al instituto así.
-¿Así como?
-Mírate la camiseta. -Insiste negando con la cabeza, y dejando sacar un suspiro de desesperación.

Bajo la mirada y veo una enorme mancha húmeda en mi camiseta de Calvin Klein. Ups. La baba de Shelley.

-No pasa nada. -Digo, aunque en el fondo creo que ha arruinado mi aspecto perfecto.
-Sube a tu cuarto y cámbiate.
-Mamá, es sólo melocotón. -Digo con cuidado, para que mi respuesta no desencadene un auténtico combate a gritos. Lo último que quiero es hacer que mi hermana se sienta mal.
-No querrás que la gente piense que descuidas tu aspecto…
-Vale. -Cedo.

Le doy un beso a mi hermana en la coronilla para asegurarme de que no piense que me he enfadado con ella.

Subo los escalones de dos en dos. Cuando llego a mi habitación miro el reloj. Oh no. Son las siete y media. Mi mejor amiga, Sierra, se va a poner como loca si llego tarde a recogerla.
Cojo una bufanda azul cielo del armario. Estoy segura de que si la coloco estratégicamente, puede que nadie repare en la mancha. Cuando bajo de nuevo la escalera, mi madre me espera en el vestíbulo para revistar mi aspecto por segunda vez. Me coloca un bollo en la mano, y yo acepto el dulce. Es de plátano, pero está demasiado cocido.
Me recuerda a mí, con aspecto exterior perfecto, pero hecho papilla por dentro.

-En la vida de Justin Bieber-

-Levántate, Justin.

Tras fulminar a mi hermano pequeño con la mirada, escondo la cabeza bajo la almohada. Desde que comparto habitación con mis hermanos, de once y quince años, el único momento de intimidad del que dispongo es el poco que me proporciona la cabecera.

-Déjame en paz, Louis. -Le espeto a través de la almohada. -No me des el follón.
-No te estoy dando el follón. Mamá me ha dicho que te despierte para que no llegues tarde al instituto.

El último curso. Debería sentirme orgulloso de ser el primer miembro de la familia Bieber que terminará el instituto. Sin embargo, cuando eso ocurra, empezará una nueva época para mí. La universidad es sólo un sueño. Este último curso será como una fiesta de jubilación de un hombre de setenta y cinco años. Sabes que sirves para algo, pero todos esperan que te retires.

-Me he puesto ropa nueva. -Dice Louis en un tono de voz rebosante de orgullo, aunque me llegue algo apagado por culpa de la almohada. -Las nenas no podrán resistirse a este machote canadiense.
-Me alegro por ti. -Mascullo.
-Mamá ha dicho que te tire encima este jarro de agua si no te levantas.

¿Era mucho pedir algo de intimidad? Cojo la almohada y la lanzo al otro lado de la habitación. Impacta directamente contra Louis, que acaba empapado de agua.

-¡Imbécil! -Me grita -¡Es la única ropa nueva que tengo!

Oigo el ataque de risa a través de la puerta de la habitación. Charles, mi otro hermano, ríe como una hiena histérica hasta que Louis se abalanza sobre él. Me quedo observando la discusión que acaba convirtiéndose en una descontrolada pelea, en la que ambos se propinan patadas y puñetazos.
Son buenos luchadores, pienso con orgullo mientras los observo. Sin embargo, como el hombre mayor de la casa, mi deber es detener la pelea. Cojo a mi hermano Charles por el cuello de la camisa, pero me tropiezo con la pierna de Louis, y los tres acabamos en el suelo.

Antes de poder levantarme, siento un chorro de agua congelada bajándome por la espalda. Me doy la vuelta y veo a mamá, vestida con su uniforme de trabajo, empapándonos con un cubo de agua suspendido sobre nuestras cabezas. Su sueldo no es nada del otro mundo, pero tampoco necesitamos mucho.

-Levantaos. -Exige con actitud desafiante.

-Mierda, mamá. -Susurra Charles poniéndose de pie.

Mi madre se empapa los dedos con el agua fría que queda en el cubo, y le salpica la cara a mi hermano Louis estalla en carcajadas y de repente recibe la misma reprimenda que Charles. ¿Aprenderán alguna vez?

-¿Algo más que añadir, Louis? -Pregunta ella.
-No mamá -Contesta mi hermano, enderezándose como un soldado.
-¿Y tú, Charles? ¿Se te ocurre alguna grosería más que soltar por esa boquita? -Pregunta sumergiendo la mano en el agua, como señal de advertencia.
-No, mamá. -Repite el soldado número dos.
-¿Y qué hay de ti, Justin? -Dice mirándome con los ojos entreabiertos.
-¿Qué? Yo intentaba separarles. -Contesto inocente con una sonrisa irresistible.

Ella me rocía la cara con agua. -Esto es por no haberlos separado antes. Ahora vístete, y vosotros también. ¡Y venid a desayunar antes de iros!

Y eso que le he dedicado mi sonrisa más irresistible…

-¡En el fondo nos adoras! -Grito mientras abandona la habitación.

Tras una ducha rápida, regreso a la habitación con una toalla atada a la cintura. Pillo a Louis con uno de mis pañuelos estilo bandana en la cabeza, y se me forma un nudo en el estómago. Se lo arranco y le advierto.

-No vuelvas a tocar esto, Louis.
-¿Por qué no? -Pregunta con ojos inocentes.
-No quiero que toques mis cosas, sobretodo si son de los American Blood.
-Me gustan el rojo y el negro.

Esto es lo último que necesito escuchar.
-Si vuelvo a pillarte con esto puesto, lucirás el negro y el morado, pero en tu cara. -Le advierto. -¿Lo has entendido, enano?
-Sí, entiendo -Contesta encogiéndose de hombros.

Me pregunto si realmente lo ha entendido al verlo marcharse de la habitación dando saltitos.
Me ato la bandana a la cabeza y bajo hacia la cocina. Mis hermanos ya están hincándole el diente al desayuno cuando entro.
De malas maneras me siento en la mesa, aún algo molesto por haber visto a mi hermano con la bandana. Mamá me mira sin comprender bien mi comportamiento.

-Justin quiere aparentar que no es pobre. -Interviene Charles. -Pero todos verán a kilómetros que no eres más que un chico que vive en los barrios bajos de la zona sur.
-Cierra la boca. -Le aviso. -No quiero ser rico. Pero tampoco quiero quedarme sin nada durante toda mi vida.
-Eres un muerto de hambre. -Canturrea Charles provocándome otra vez.

Ya he tenido más que suficiente. La silla chirría contra el suelo cuando me pongo en pie. Mi hermano imita mis movimientos y se coloca frente a mí. Sabe que podría llevarse un buen golpe, pero es demasiado orgulloso.

-¡Charles, siéntate! -Le ordena mi madre.
-Todo el mundo lo sabe, Justin. -Insiste Charles.

Entrecierro los ojos, mirándole desafiante. Finalmente decido dejarle en paz, porque si tuviera que seguir mis impulsos, ahora mismo mi hermano estaría tendido en el suelo.
Me pongo la chaqueta negra de cuero, tengo que salir de aquí. Doy un beso a mi madre en la mejilla y me disculpo por haberle estropeado el desayuno.
En la calle veo a unos cuantos chicos con una bandana de los mismos colores que la mía y que me dirigen el saludo de los American Blood: se golpean el brazo izquierdo con la mano derecha, dos veces.
Antes de subirme a la moto les devuelvo el saludo, a pesar de que me consume la rabia por dentro. Si quieren a un tipo duro como miembro de su banda, lo van a tener. Me he metido tanto en el papel que represento, que a veces me sorprendo a mí mismo.

—Justin, espera -Me implora una voz que me resulta familiar.
Alice Tomlison, mi vecina y exnovia, se acerca corriendo a mí.

—Hola Alice. -Farfullo.
—¿Qué tal si mi llevas al insti?

La minifalda negra deja al descubierto unas piernas increíbles, y la camiseta ajustada realza unos pechos pequeños pero preciosos. Hubo una vez en la que podría haber hecho cualquier cosa por ella, pero eso fue antes del verano pasado, cuando la pille en la cama con otro hombre. O en el coche… lo mismo da.

— Venga Justin, que no muerdo… a no ser que tú quieras que lo haga.

Alice es mi chica American Blood. Seamos o no pareja, debemos cubrirnos las espaldas. Es nuestro código.

—Sube — Digo


Alice se sube a la moto de un salto, y mientras me abraza con fuerza el torso, acaba colocándome las manos sobre los muslos. Sin embargo, no surge el efecto que espera. ¿Qué piensa? ¿Qué he olvidado todo lo que pasó? De ningún modo. Mi pasado define lo que soy en mi presente. Intento concentrarme en mi último año en Fairfield, en el presente.

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