miércoles, 5 de febrero de 2014

Química Perfecta. Capítulo 28.

-Narra Justin-

Tras la muerte de mi padre, mi madre nos animó a mis hermanos y a mí a que nos curáramos con ayuda de la música. Bailábamos por toda la casa y nos turnábamos para hacerlo con ella. Creo que era su modo de olvidar el dolor, al menos durante un tiempo. Por la noche la oía sollozar en su habitación. Nunca abrí la puerta, pero deseaba ponerme a cantar y hacer que su dolor se desvaneciera.
Cuando me pongo a hablar con mis primos pequeños, le guiño un ojo a ___.
Es entonces cuando reparo en el silencio de la multitud y en los susurros de conmoción. Héctor está aquí. El hecho de que ande por aquí no asegura nada bueno. Se pasea por el jardín con su traje caro, entre las miradas de los invitados. Termino de hablar con ellos y tomo asiento junto a ___. Siento la necesidad de protegerla.

— ¿Quieres un cigarrillo? — me pregunta Ryan mientras saca su paquete de tabaco del bolsillo trasero.
Miro un momento a ___ antes de responder.
— No.
Ryan me mira con curiosidad, se encoge de hombros y enciende su cigarrillo.
— Si me hubieras dado unos minutos más, tendría a tu novia comiéndome de la mano.
La ha llamado mi novia. ¿Es mi chica?
La llevo hasta una nevera llena de bebidas. Ryan nos sigue. Me ando con pies de plomo para no llevarla hasta donde se encuentra Héctor.
John, un amigo de uno de mis primos, está junto a la nevera. Viste los colores de la pandilla Python Trío y unos vaqueros gigantes y holgados que le cuelgan del trasero. Los Python Trío son nuestros aliados, pero si ___ lo viera por la calle, seguro que se asustaría.

— Ya veo que te has vestido de gala para la boda, John. — murmuro.
— Calla, los esmóquines son para los ricos. — suelta John, sin reparar en ____. — Los pandilleros de los suburbios sois demasiado blandengues. En la ciudad hay hermanos de verdad.
Miro a John.
— Tío, si sigues soltando bobadas como esa — le digo — te mostraré de primera mano lo duros que podemos llegar a ser. Nunca subestimes a los American Blood.
— Bueno, tengo una cita con una botella de cerveza. Nos vemos luego, chicos. — concluye y se aleja de nosotros.
____ está más blanca de lo que ya es de por sí.
— ¿Te encuentras bien?
— Has amenazado a ese chico — susurra. — Es decir, hablabas en serio.
En lugar de responderle, la cojo de la mano y la llevo hacia un lado de la improvisada pista de baile, que no es más que un área de césped. Está sonando una balada.
Cuando tiro de ella, ____ se aparta.
— ¿Qué estás haciendo?
— Baila conmigo. — le pido — No te enfades. Rodéame con tus brazos, hazme sentir en el cielo y bailemos.
No quiero oír como dice que soy un pandillero, que le da miedo y que si quiero salir con ella, tendré que dejar este mundo.
— Pero…
— Olvida lo que le he dicho a John. — le ruego muy cerca de su oído. Noto como se estremece. — Estaba poniéndome a prueba. Es su modo de averiguar nuestra lealtad hacia Héctor. Si percibe algún tipo de discordia, su pandilla podría aprovecharlo para imponerse a la nuestra, y…
— ¡Justin! — me interrumpe.
— Sí.
— Asegúrame que no ocurrirá nada malo.
No puedo.
— No te preocupes, limítate a bailar. — murmuro mientras me llevo sus brazos al cuello y empezamos a bailar.
Por encima de ___, veo que Héctor y mi madre mantienen una acalorada conversación. Me pregunto de qué estarán hablando. Ella empieza a distanciarse un poco, hasta que él la agarra del brazo y le dice algo al oído. Justo cuando estoy a punto de dejar de bailar para averiguar qué demonios ocurre, mi madre sonríe a Héctor juguetona y estalla en carcajadas por algo que le ha dicho. Es obvio que estoy paranoico.

-Narra ____ Ellis-

Las horas pasan y la oscuridad se cierne sobre la ciudad. La fiesta todavía continúa cuando caminamos hacia el coche. De vuelta a Fairfield, ambos guardamos silencio.

— Ven aquí. — le pido suavemente al detener el coche en el aparcamiento del taller.
Ella se inclina sobre la palanca de cambios, acortando la distancia que nos separa.
— Me lo he pasado genial — susurra — Bueno, excepto la parte en la que me he tenido que esconder en el baño… y cuando tú amenazaste a ese tipo.
— Olvídate de eso y bésame.
Deslizo las manos en su cabello. Ella me rodea el cuello con los brazos mientras yo trazo con la lengua el contorno de sus labios. Ella los abre y yo la beso con más intensidad. Es como un tango, primero nos movemos a un ritmo lento, y después empezamos a jadear cuando nuestras lenguas se encuentran y el beso adopta un ritmo ardiente y precipitado, que no quiero que acabe nunca. Puede que los besos de Alice fueran picantes, pero los de ____ son más sensuales, sexys y extremadamente adictivos.
En el coche estamos muy apretados y los asientos no nos dejan espacio suficiente. Antes de que me dé cuenta, nos hemos colocado en los asientos de atrás. Sigue sin parecerme ideal, pero apenas reparo en ello.
Estoy demasiado absorto con sus gemidos, sus besos y sus manos en mi pelo. Y con el olor a galletas de vainilla. Esta noche no quiero llegar muy lejos con ella. Sin embargo, mi mano recorre su muslo desnudo.
— Me hace sentir tan bien… — admite casi sin aliento.
Nos recostamos en los asientos y me permito explorarla con las manos. Acaricio los labios en el hueco de su cuello y le suelto los tirantes del vestido y del sujetador. En respuesta, ella me desabrocha la camisa. Una vez abierta, sus dedos me recorren el pecho y los hombros, abrasándome la piel.
— Eres… perfecto. — jadea.
Ahora mismo no son palabras precisamente lo que deseo intercambiar con ella. Muy despacio, trazo con la lengua un sendero sobre su piel sedosa, expuesta a la brisa de la noche. Ella me agarra por el pelo, incitándome a seguir adelante. Tiene un sabor tan agradable. Demasiado. A caramelo… muchísimo mejor que en mi sueño. Esta vez es real, ella está aquí, debajo de mí.
Me aparto unos cuantos centímetros para mirarla a los ojos, esos ojos color azul zafiro que resplandecen de deseo. Eso sí que es la perfección.
— Te deseo. — le confieso con voz ronca. Presiona mi entrepierna y siento una mezcla de dolor y placer casi insoportable. Pero cuando empiezo a bajarle las braguitas, ella me aparta la mano y se separa de mí.
— No… no estoy preparada para esto. Déjalo, Justin.
Me aparto de ella y me incorporo en el asiento, esperando a que se me baje el calentón. La miro mientras se anuda los tirantes y vuelve a ponerse la ropa. Mierda, he ido demasiado rápido. Me dije a mí mismo que no debía emocionarme, que debía controlarme cuando estaba con ella. Me paso una mano por el pelo y dejo escapar un suspiro.
— Lo siento.
— No, soy yo quien lo siente. No es culpa tuya. He sido yo quien te ha metido prisa, y tienes derecho a estar enfadado. Mira, acabo de salir de una relación y están pasando muchas cosas en casa. — me explica, llevándose las manos a la cara. — Estoy tan confusa…
Coge el bolso y abre la puerta del coche. La sigo, con la camisa negra abierta y ondeando con el viento, como la capa de un vampiro.
— ____, espera.
— Por favor… abre la puerta del garaje. Necesito el coche.
— No te vayas.
Introduzco la contraseña en el teclado electrónico.
— Lo siento. — se lamenta una vez más.
— Déjalo ya. Escucha, no importa lo que ha pasado. No estoy contigo sólo por eso. Me he dejado llevar por el modo en que hemos conectado esta noche, por tu olor a vainilla que quisiera poder respirar toda la vida y… mierda, lo he echado todo a perder, ¿no es cierto?
Ella sonríe algo sonrojada y sube a su coche.
— ¿Podemos ir más despacio, Justin? Esto va demasiado rápido para mí.
— Sí. — digo, y asiento con la cabeza. Tengo las manos metidas en los bolsillos, en un intento por resistir el deseo de sacarla del coche.
Y de veras espero que se marche ya, porque si no lo hace, no podré controlarme.
Me he dejado llevar al recorrer su cuerpo con mis manos y lo he echado todo a perder.
La apuesta.
Se supone que todo esto con ____ no es más que una apuesta. No he de enamorarme de una chica de la zona norte. Intentaré concentrarme en la apuesta y dejaré a un lado lo que sospecho que son sentimientos muy reales. Los sentimientos no pueden formar parte de este juego.

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