De modo que ahora, tres meses después del disparo, regreso a Fairfield para enfrentarme a lo que la señora P. llamaría mi mayor miedo.
Henrie está en su oficina, en el taller, negando con la cabeza. Hablamos de la noche de Halloween y le perdono por haberle contado a Lucky que me había acostado con ____.
Tras explicarle lo que voy a hacer, Henrie suelta un lento y profundo suspiro.
— Podrías morir. — dice, mirándome fijamente.
— Lo sé. — admito, asintiendo con la cabeza.
— No podré ayudarte. Ninguno de nuestros amigos en los American Blood podrá hacerlo. Piénsatelo bien, Justin. Regresa a Canadá y disfruta de tu vida.
Ya he tomado una decisión y no tengo intención de dar marcha atrás.
— No soy un cobarde. Tengo que hacerlo. Tengo que salir de la banda.
— ¿Por ella?
— Sí.
Por ella y por mi padre. Por Ryan, por mi familia y por mí mismo.
— ¿De qué te sirve salir de los American Blood si acabas muerto? — me pregunta Henrie. — La paliza que sufriste para entrar te va a parecer una bendición comparado con esto. Harán incluso que participen los miembros más antiguos.
En lugar de responder, le paso un trozo de papel con un número de teléfono escrito en él.
— Si me ocurre algo, llama a este tipo. Es el único amigo que tengo que no tiene nada que ver con esto.
Ni con esto ni con ____.
Esta noche me enfrento a un almacén lleno de gente que me considera un traidor. Me han llamado eso y un montón de cosas más. Hace una hora le conté a Chuy, el sucesor de Héctor, que quería salir de la banda. Una ruptura limpia con los American Blood. Sólo hay un problema… para conseguirlo tengo que sobrevivir a un desafío: lo que ellos llaman un 360, una paliza en la que te propinan golpes desde todos lados.
Chuy, rígido y ceñudo, camina hacia mí con la bandana de los American Blood. Observo los espectadores. Mi amigo Peter, al fondo, aparta la mirada. George y Lucky también están aquí, pero a ellos les brillan los ojos por la emoción. George es un cabrón chiflado y Lucky no se alegra de haber perdido la apuesta, aunque yo no haya ido a reclamar mi premio. Ambos disfrutarán apaleándome sin que pueda devolverles el golpe.
Henrie, mi primo, está apoyado contra la pared, en un rincón del almacén. Si mueve un dedo para protegerme, estará jodido.
Me levanto orgulloso mientras Chuy me tapa los ojos con la bandana. Sé que puedo hacerlo. Si la recompensa es regresar junto a ____, habrá merecido la pena. Ni siquiera voy a pensar en la otra opción.
Tras atarme las mano a la espalda, me llevan hasta un coche y me meten en el asiento trasero, con dos tipos flanqueándome. No tengo ni idea de hacia dónde nos dirigimos. Chuy está ahora al mando, así que cualquier cosa es posible.
Una nota. No he escrito ninguna nota. ¿Qué pasa si muero y ____ no se entera nunca de lo que siento, de que estoy completamente enamorado de ella? Quizás sea mejor así. Ella podrá seguir adelante con su vida más fácilmente si cree que sólo soy un capullo que la traicionó.
Cuarenta y cinco minutos más tarde, el coche se sale de la carretera. Lo sé porque siento la gravilla crujiendo bajo los neumáticos. Tal vez saber dónde estoy me tranquilizaría, pero no puedo ver nada. No estoy nervioso, más bien impaciente por saber si seré uno de los afortunados que salen vivo del desafío. E incluso si lo consigo, ¿me encontrará alguien o moriré solo en algún granero abandonado? Quizás no vayan a pegarme. Puede que sólo me lleven a la azotea de un edificio y una vez allí me den un empujón. Y se acabó.
No, Chuy no haría eso. Le gusta oír los gritos y las súplicas de tíos más fuertes, mientras los tiene arrodillados frente él.
No voy a darle esa satisfacción.
Me sacan del coche. Por el sonido de la gravilla y las piedras, sé que estamos en medio de la nada. Oigo como se detienen otros coches.
Estoy deseando hacerlo. Estoy preparado. Acabemos de una vez.
Me pregunto si me atarán las manos a un árbol o si me colgarán como una piñata viviente.
Joder, tío, odio no saber lo que me espera. Estoy perdido.
— Quédate aquí. — me ordenan.
Como si pudiera marcharme a algún sitio.
Alguien se acerca.
Ojala mi vida fuera una película de superhéroes. En ellas los protagonistas parecen estar a un paso de la muerte, pero acaban encontrando un plan brillante. Por desgracia, la vida real no siempre tiene un final feliz.
— Héctor traicionó a los American Blood. — digo. — Él sí que era un traidor.
Como respuesta, me gano el primer puñetazo en la mandíbula. Mierda, no estaba preparado. No puedo ver nada con los ojos vendados. Intento permanecer impasible.
— ¿Comprendes las consecuencias de dejar los American Blood?
Muevo la mandíbula de un lado a otro.
— Sí.
La gente se arremolina a mi alrededor. Esta noche yo soy la diana.
Se impone un silencio aterrador. Nadie ríe, nadie emite sonido alguno. Algunos chicos que me rodean han sido mis amigos desde que éramos pequeños. Como Henrie, libran una batalla consigo mismos. No les culpo. Sólo los menos afortunados han sido elegidos para la pelea de hoy.
Sin previo aviso, alguien me golpea en la cara. Intento mantener el equilibrio, pero es difícil, sobre todo porque sé que me esperan más golpes como aquel. Una cosa es estar en una pelea abierta, y otra muy distinta es estar en una en la que sabes que no tienes salida.
Siento un puñetazo en las costillas.
Me golpean de cintura para arriba, sin dejar ni un centímetro libre de golpes. Un corte aquí, un puñetazo allá. Me tambaleo varias veces, pero vuelven a enderezarme y a darme otro puñetazo.
Puedo distinguir los puñetazos de Henrie porque contienen menos rabia que los demás.
Pensar en ____ me ayuda a no gritar. Quiero ser fuerte por ella… por nosotros. No voy a dejar que mi vida o mi muerte dependan de estos tipos. Yo soy el dueño de mi destino, no los American Blood.
No tengo ni idea de cuándo tiempo ha pasado. ¿Media hora? ¿Una hora? Tengo el cuerpo entumecido. Me cuesta mucho mantenerme en pie. Y entonces me llega el olor a humo. ¿Me van a empujar a una fogata? Todavía tengo la bandana bien atada sobre los ojos, aunque no me importa, porque estoy tan seguro de que los tengo tan hinchados que de todos modos no podría abrirlos.
Me siento desfallecer y estoy a punto de caer al suelo pero me obligo a permanecer recto.
Probablemente esté irreconocible, con la sangre brotando de todos los cortes que tengo en la cara y el cuerpo. Puedo sentir cómo me desgarran la camiseta y cómo cae al suelo hecha pedazos. La cicatriz de me dejó Héctor debe de ser ahora visible. Un puño me golpea justo ahí. Es demasiado doloroso. Me desplomo en el suelo, arañándome la cara con la gravilla.
Ya no estoy tan seguro de poder resistirlo. ‘’____. ____. ____.’’ mientras pueda repetir esta palabra, sé que no moriré. ‘’____. ____. ____.’’
¿Será real el olor a humo o acaso es el olor de la muerte?
A través de la neblina de mi mente, me parece oír como alguien dice: ‘’¿No crees que ya ha tenido suficiente?’’.
— No.
Se suceden las protestas. Si pudiera moverme, lo haría. ‘’____. ____. ____.’’
Oigo más protestas. Nadie suele hacer esto durante un desafío. No está permitido. ¿Qué sucede? ¿Qué va a ocurrir ahora? Tiene que ser algo peor que los golpes porque oigo a varios chicos discutiendo.
— Sujetadle cabeza abajo. — me llega la voz de Chuy. — Que esto sirva de ejemplo para todo aquel que intente traicionarnos. El cuerpo de Justin Bieber quedará marcado para siempre como un recuerdo de su traición.
El olor a quemado se hace más intenso. No tengo ni idea de lo que está a punto de ocurrir, y entonces siento en la parte superior de la espalda lo que parecen brasas.
Creo que siento un gemido, o un gruñido, o un grito. No estoy seguro. Ya no sé lo que le ocurre. Me cuesta pensar. Lo único que puedo hacer es sentir el dolor. Podrían haberme lanzado directamente al fuego, es la peor tortura imaginable. Entonces comprendo que no son en realidad brasas. Chuy me está marcando. El dolor, el dolor…
‘’____. ____. ____.’’
-Narra ____ Ellis-
1 de abril.
Hace cinco meses que no veo a Justin, desde el día que le dispararon. Los rumores sobre Ryan y Justin por fin se han disipado, y los psicólogos y los trabajadores sociales ya han abandonado el instituto.
La semana pasada le dije al trabajador social del instituto que conseguía dormir más de cinco horas, aunque era mentira. Desde el incidente me ha costado mucho conciliar el sueño. Me despierto en mitad de la noche porque mi cabeza no deja de analizar la horrible conversación que Justin y yo mantuvimos en el hospital. El trabajador social asegura que me costará mucho deshacerme de la sensación de haber sido traicionada.
El problema es que no me siento traicionada, sino más bien triste y desilusionada. Después de todo este tiempo, sigo acostándome con las fotos que le hice la noche en la que estuvimos en el Club Mystique.
Después de que le dieran el alta en el hospital, dejó el instituto y desapareció. Puede que físicamente esté fuera de mi vida, pero siempre será parte de mí. No puedo dejarlo marchar por mucho que me esfuerce.
Una de las cosas positivas de toda esta locura es que mi familia llevó a Shelley a Colorado para que viera las instalaciones de Synny Acres, y a mi hermana le encantó el centro. Tienen actividades programadas para todos los días, hacen deporte, e incluso hay famosos que hace visitas cada tres meses. Cuando Shelley supo que conocería famosos, creo que se habría caído de la silla si no hubiera estado bien sujeta.
Me costó mucho dejar que mi hermana eligiera su propio camino, pero lo hice. Y no monté ninguna escena. Saber que era elección de Shelley me hizo sentir mucho mejor.
Pero ahora estoy sola. Justin se llevó un pedazo de mi corazón con él cuando se marchó. Estoy aferrándome a lo poco que me queda. He llegado a la conclusión de que sólo lograré controlar mi propia vida. Justin eligió su camino, y no me incluyó en él.
Ignoro a los amigos de Justin en el instituto, y ellos actúan conmigo del mismo modo. Todos fingimos que no ocurrió nada al principio de curso. Excepto Elisabeth. A veces hablamos, pero es muy doloroso.
En mayo, cuando abro la taquilla antes de la clase de química, un par de calentadores de manos cuelgan del gancho interior. La peor noche de mi vida me golpea de nuevo, con una fuerza brutal.
¿Ha estado Justin aquí? ¿Ha sido él quien ha colocado los calentadores?
Por mucho que quiera olvidarlo, no puedo. Leí una vez que la memoria de los peces de colores dura únicamente cinco segundos. Les envidio. Mis recuerdos de Justin, mi amor por él, durarán toda la vida.
Llorando, me llevo los suaves calentadores al pecho y me arrodillo junto a la taquilla. Soy un despojo humano.
Sierra se acerca a mí.
— ____, ¿qué pasa?
Soy incapaz de moverme. Incapaz de calmarme.
— Vamos. — insiste Sierra, levantándome. — Todos te están mirando.
Darlene también se acerca.
— En serio, ya es hora de que superes que el pandillero de tu novio de dejó tirada. Empiezas a ser patética. — dice, asegurándose de que la multitud que se ha agolpado a nuestro alrededor la oiga.
Colin aparece junto a Darlene y me hace una mueca.
— Justin se merece lo que le pasó. — murmura.
Tengo la mano cerrada en un puño cuando le golpeo. Colin esquiva el golpe, me coge de los puños y me los retuerce tras la espalda.
Doug interviene.
— Suéltala, Colin.
— No te metas en esto, Thompson.
— Colega, humillarla porque te dejó plantado por otro tío es una idea patética.
Colin me empuja a un lado y se arremanga la camiseta.
No puedo permitir que Doug libre aquella batalla por mí.
— Si quieres pelearte con él, tendrás que pasar antes por encima de mí. — le digo a Colin.
Sorprendida, observo que Elisabeth se coloca delante de mí.
— Y antes tendrás que enfrentarte a mí.
Sierra se coloca junto a Eli.
— Y a mí también.
Un chico llamado Sam empuja a Gary Frankel, quien acaba al lado de Elisabeth.
— Este tipo puede romperte el brazo de un solo golpe, gilipollas. Desaparece de mi vista antes de que le obligue a hacértelo. — le advierte Sam a Colin.
Gary, que lleva una camiseta de color coral y unos pantalones blancos, gruño para parecer un tipo duro, aunque no se le da muy bien.
Colin mira de derecha a izquierda en busca de apoyo pero no encuentra ninguno.
Parpadeo sin dar crédito a lo que está sucediendo. Puede que el mundo no se acabe, sino que deje las cosas como deben estar.
— Vamos, Colin. — le dice Darlene. — De todas formas, no necesitamos a estos perdedores.
Se alejan juntos. Casi siento lástima por ellos. Casi.
— ¡Estoy tan orgullosa de ti, Doug! — dice Sierra, lanzándose en sus brazos.
Empiezan a comerse a besos allí mismo, sin importarles quién esté mirando, ni la política del instituto en contra de las demostraciones de afecto en público.
— Te quiero. — susurra Doug cuando se aparta para tomar aire.
— Yo también te quiero. — le contesta Sierra con voz de niña.
— ¡Marchaos a un hotel! — grita uno de los estudiantes.
Pero ellos siguen besándose hasta que empieza a sonar la música por los altavoces. La multitud se dispersa. Todavía tengo en las manos los calentadores.
— Vamos. — interviene Sierra en cuanto se separa de los brazos de Doug. Me lleva hacia la puerta del instituto. Me enjugo las lágrimas con el dorso de la mano, y me siento en el bordillo que hay junto al coche de mi mejor amiga. No me importa saltarme las clases.
— Estoy bien, Sierra, de verdad.
— No, no lo estás. ____, soy tu mejor amiga. Estaré a tu lado antes y después de tus novios. Así que suéltalo. Soy toda oídos.
— Le amaba.
— No me digas, Sherlock. Me refiero a algo que no sepa.
— Me utilizó. Se acostó conmigo para ganar una apuesta. Y, aun así, le amo. Sierra, soy patética.
— ¿Te acostaste con él y no me lo dijiste? Pensaba que sólo era un rumor. Ya sabes, de esos que no son ciertos.
Apoyo la cabeza entre las manos, desesperada.
— Estoy bromeando. Ni siquiera quiero conocer los detalles. Bueno, sí, pero sólo si quieres contármelos. — continúa mi amiga. — Olvídate de eso ahora. Vi como te miraba, ____. Por eso dejé de agobiarte sobre el tema. No podía estar fingiendo. No sé quién te habrá contado lo de la apuesta, pero…
Levanto la cabeza para mirarla.
— Fue él. Y sus amigos lo confirmaron. ¿Por qué no puedo olvidarle?
Sierra niega con la cabeza, como si intentara borrar las palabras que acabo de pronunciar.
— Vayamos por partes. Primero, Justin sentía algo por ti, lo admitiera o no, con apuesta o sin ella. Y tú lo sabes, ____, porque si no, no estarías aferrándote a esos calentadores como lo haces. Segundo, Justin ya no forma parte de tu vida. Debes seguir adelante, te lo debes a ti misma, al bobo de su amigo Ryan y a mí, aunque no sea fácil.
— No puedo evitar pensar que me apartó de su vida a propósito. Si pudiera hablar con él, conseguiría las respuestas que necesito.
— Quizás él no las tenga y por eso se marchó. Si quiere darse por vencido, ignorar lo que tiene frente a sus narices, que así sea. Pero tienes que demostrarle que tú eres mucho más fuerte.
Sierra tiene razón. Por primera vez, sé que conseguiré acabar el último curso. Justin se llevó un pedazo de mi corazón la noche que hicimos el amor, y lo llevará consigo para siempre. Sin embargo, eso no significa que tenga que estar esperando toda la vida. No puedo perseguir fantasmas eternamente.
Ahora soy más fuerte. Al menos, eso espero...
Dos semanas más tarde, me quedo la última en el vestuario mientras me cambio para la clase de gimnasia. Oigo un taconeo y levanto la cabeza. Es Alice Tomlinson. No me pongo histérica. En lugar de eso, me enderezo y la miro a los ojos.
— Vino a Fairfield, ¿sabes? — suelta.
— Lo sé, — contesto yo, recordando los calentadores de manos en mi taquilla. Pero se marchó. Como un susurro, estuvo aquí y luego desapareció.
Alice parece nerviosa, casi vulnerable.
— ¿Sabes esos animales de peluche que dan en la feria como premio? Esos que no gana prácticamente nadie, excepto los que tienen mucha suerte. Yo nunca he ganado uno.
— Ya. Yo tampoco.
— Justin era mi premio gordo. No te soportaba porque le habías apartado de mi camino. — dice.
Me encojo de hombros.
— Bueno, pues puedes dejar de hacerlo. Ya no le tengo.
— Ya no te odio. — confiesa. — He seguido adelante.
Trago saliva con fuerza.
— Yo también.
Alice suelta una risita. Luego, a medida que sale del vestuario, la oigo murmurar.
— Pero parece que Justin no.
¿Qué se supone que significa eso?
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