-Narra Justin-
_____ me llamó. Si no fuera por su número garabateado por mi hermano Louis, nunca habría creído que _____ realmente marcara mi número. De nada ha servido interrogar a Louis, porque el niño tiene una memoria de pez. La única información que tengo es que ella quería que la llamara.
Eso fue ayer por la tarde, antes de que ocurriera todo aquello en la playa.
Cuando le dije que me mostrara a la verdadera ____, pude ver el miedo reflejado en sus ojos. ¿Pero a qué viene tanto miedo? Mi objetivo es conseguir derribar la pared de ‘’perfección’’ tras la que se oculta. Sé que hay algo más en ella aparte de unos mechones rubios y un cuerpo de escándalo. Secretos que se llevará a la tumba pero que se muere por compartir. Es un misterio, y no puedo pensar en otra cosa que no sea resolver ese enigma.
Cuando le dije que nos parecíamos, lo decía en serio. En lugar de desvanecerse, la conexión que nos une se está haciendo cada vez más fuerte. Porque cuanto más tiempo paso con ella, más cerca quiero estar.
Siento la necesidad de llamar a ____, tan sólo para escuchar su voz, aunque esté llena de veneno. Abro el móvil, tomo asiento en el sofá del salón y grabo su número en la agenda.
— ¿A quién llamas? — me pregunta Ryan, colándose en mi casa sin llamar siquiera a la puerta. Eli lo acompaña.
— A nadie. — digo, cerrando rápidamente la tapa del teléfono.
— Pues entonces levanta el trasero del sofá y vamos a jugar al fútbol.
Jugar al fútbol me apetece mucho más que quedarme aquí sentado a pensar sobre _____ y sus secretos, aunque todavía siento los efectos de la fiesta de anoche. Nos dirigimos al parque donde ya hay un grupo de chicos calentando.
La mayoría de los chicos que están jugando son del vecindario. Hemos crecido juntos… hemos jugado en este campo desde que éramos críos, e incluso no iniciamos en los American Blood al mismo tiempo.
Con el paso de los años, he aprendido a alejarme de lo más duro: las palizas, el trapicheo de drogas o los disparos. Y no me refiero sólo a nuestros rivales. Conozco a varios chicos que han intentado dejar la pandilla y que han acabado tan acosados y apaleados por sus propios compañeros, que probablemente preferirían estar muertos.
Para ser sincero, me he mantenido al margen porque tengo miedo.
Nos colocamos en posición en el campo. Imagino que la pelota es el premio gordo. Si consigo mantenerla alejada de cualquier otro y marco un gol, me transformaré por arte de magia en un tipo rico y poderoso, y sacaré a mi familia de este infernal agujero negro en el que vivimos.
Apenas dos minutos después de que el partido haya comenzado, aparece un coche azul que se detiene a unos veinte metros del campo. Veo salir de ese coche a mi hermano Charles con un chico llamado Will. La madre de este pertenece a los American Blood, es la encargada de reclutar a nuevos miembros. Más le vale a mi hermano no ser uno de ellos. Me ha costado mucho asegurarme de que Charles sepa que estoy metido en los American Blood, y de hacerle entender que no debe seguir el mismo camino. Es suficiente con que un miembro de la familia esté dentro para que el resto disponga de protección. Yo estoy dentro. Charles y Louis no lo están, y haré cualquier cosa para asegurarme de que todo siga así.
Adopto una expresión muy seria y me acerco a Will, olvidándome completamente del fútbol.
— ¿Coche nuevo? — le pregunto mientras inspecciono las ruedas.
— Es de mi madre.
— Genial. — replico antes de volverme hacia mi hermano. — ¿Dónde habéis estado, chicos?
Charles se apoya en el coche, como si salir con Will no fuera para tanto. Will acaba de ingresar en los American Blood y se cree un tipo duro.
— Hemos dado una vuelta por el centro comercial. Han abierto una tienda genial de guitarras. Hemos quedado allí con Héctor…
Un momento… ¿he oído bien?
— ¿Héctor?
Lo último que quiero es que mi hermano se codee con Héctor.
Will, con su enorme camiseta por encima de los pantalones, le da un golpe en el hombro a Charles para que se calle. Mi hermano cierra la boca como si una mosca estuviera a punto de colarse dentro. Juro que le mandaré de una patada a Canadá si se le pasa por la cabeza entrar en los American Blood.
— ¡Bieber! ¿Juegas o no? — grita alguien desde el campo.
Intentando ocultar la rabia, me giro hacia mi hermano y su amigo, quien es muy capaz de atraerlo al lado oscuro con todo tipo de engaños.
— ¿Queréis jugar?
— No. Vamos a mi casa a pasar el rato. — dice Will.
Me encojo de hombros con despreocupación, a pesar de que no es lo que siento ahora mismo.
Regreso al campo, aunque lo que me apetece es coger a Charles por la oreja y arrastrarlo hasta casa. No puedo permitirme montar una escena. Podría llegar a oídos de Héctor, y que empezara a cuestionarse mi lealtad.
A veces siento que mi vida es una gran mentira.
Carlos se va con Will. Eso, y el hecho de no poder sacarme a _____ de la cabeza, me está volviendo loco.
Ryan se acerca hasta mí para celebrar un gol, y me agarra la ropa feliz.
Le aparto las manos de mi camiseta y me alejo de él. Sin entender cómo, en cuestión de pocas semanas he llegado a joderme tanto la vida. Necesito arreglar las cosas. Me encargaré de Charles en cuanto llegue a casa esta noche. Le cantaré las cuarenta. Y en cuanto a ____…
Se negó a que la acompañara en coche desde casa de Eli porque no quería que nadie nos viera juntos. A la mierda. Charles no es el único que necesita que le canten las cuarenta.
Saco el móvil y marco el número de _____.
— ¿Si?
— Soy Justin. — le digo, pese a saber que lo habrá visto en la llamada entrante. — Nos vemos en la biblioteca. Ahora.
— No puedo.
Ya no estamos en el show de ____ Ellis, sino en el show de Justin Bieber.
— Este es el trato, nena. — matizo mientras llego a mi casa y me monto en la moto. — O apareces en la biblioteca en quince minutos, o me llevo a cinco amigos a tu casa y acampamos delante de tu jardín esta noche.
— ¿Cómo te atreves…? — empieza a decir ella. Cuelgo antes de que pueda terminar la frase.
Circulo a toda velocidad para apartar de mi mente la imagen de la noche anterior, _____ acurrucada en mi regazo, y me doy cuenta de que no tengo ningún plan.
-Narra ____ Ellis-
Llego al aparcamiento de la biblioteca echando humo, y me detengo frente a los árboles situados al fondo. Lo último que me preocupa ahora es el proyecto de química.
Justin está esperándome, apoyado contra su moto. Saco las llaves del contacto y me acerco a él hecha una furia.
— ¿Cómo te atreves a darme órdenes? — le grito. Me siento completamente rodeada de personas que intentan controlarme. Mi madre… Colin. Y ahora Justin. Ya es suficiente. — Si crees que puedes amenazarme para…
Sin decir una palabra, Justin me quita las llaves de las manos y se acomoda en el asiento del conductor de mi Beemer.
— Justin, ¿qué crees que estás haciendo?
— Sube.
Enciende el motor. Va a largarse de aquí y a dejarme plantada en el aparcamiento de la biblioteca.
Aprieto los puños y me desplomo en el asiento del pasajero. Una vez dentro, Justin hace rugir el motor.
— ¿Dónde está mi foto con Colin? — le pregunto, mirando el salpicadero. Estaba ahí hace un minuto.
— No te preocupes, te la devolveré. Ahora no estoy de humor para tener a ese estúpido delante mientras conduzco.
— ¿Sabes por lo menos conducir un coche de marchas? — le pregunto con tono cortante.
Sin parpadear ni bajar la vista ni un segundo, mete la primera y el coche sale del aparcamiento con un chirrido de ruedas. Mi Beemer sigue sus indicaciones como si estuviera totalmente sincronizado con él.
— Esto puede considerarse un robo, ¿sabes? — Al ver que no obtengo respuesta, añado — Y un secuestro.
Nos detenemos en un semáforo. Miro los coches que nos rodean y doy gracias por tener un coche alto, para que así nadie pueda vernos.
— Has subido voluntariamente. — dice Justin, sin mirarme. Pero a pesar de eso puedo observar una pequeña sonrisa en sus labios.
— Es mi coche. ¿Y si nos ve alguien?
Sé que mis palabras lo han sacado de quicio, porque cuando el semáforo se pone en verde los neumáticos chirrían con fuerza. Va a romperme el motor a propósito.
— ¡Para! — le ordeno. — ¡Justin, llévame a la biblioteca!
Pero no me hace caso. Guarda silencio mientras nos deslizamos a través de barrios desconocidos y carreteras desiertas, tal y como hacen los protagonistas de las películas cuando van al encuentro de peligroso traficantes de drogas.
Genial. Voy a presenciar mi primer trapicheo. Si me detienen, ¿vendrán mi padres a pagar la fianza? Me pregunto cómo le explicaría mi madre algo así a una de sus amigas.
Tal vez me envíe a un campamento militar para delincuentes. Apuesto a que así se cumplirían todos sus deseos: mandar a Shelley a una residencia y a mí a un campamento militar.
Mi vida sería una mierda, más de lo que ya es.
No pienso meterme en ningún rollo ilegal. Soy yo quien decide mi destino, no Justin. Me agarro a la manija de la puerta.
— Déjame salir de aquí o te juro que salto.
— Llevas puesto el cinturón de seguridad. — me dice, haciendo una mueca. — Relájate, llegaremos en dos minutos.
Reduce una marcha y aminora la velocidad al entrar en una especie de aeropuerto abandonado y desierto.
— Vale, hemos llegado. — dice mientras levanta el freno de mano.
— Sí, muy bien. ¿Y dónde estamos? Odio tener que decírtelo, pero el último lugar habitable que hemos pasado está a unos cinco kilómetros. No voy a salir del coche, Justin. Puedes ir a hacer tus trapicheos tú solo.
— Si me quedaba alguna duda de que fueras rubia natural, acabas de resolvérmela. — me dice. — Como si fuera a llevarte a ver a un camello… Sal del coche.
— Dame una buena razón por la que debería hacerlo.
— Porque si no lo haces, voy a sacarte a rastras. Confía en mí, cariño.
Se guarda las llaves en el bolsillo trasero de los pantalones y sale del coche. Al comprender que no tengo muchas opciones, le sigo.
— Escucha, si querías hablar de nuestro proyecto sobre los calentadores de manos, podríamos haberlo hecho por teléfono.
Nos encontramos en la parte posterior del coche. De pie, uno frente al otro, en mitad de ninguna parte.
Hay algo que ha estado corroyéndome todo el día. Ya que no tengo más remedio que estar aquí con el, aprovecho para preguntarle.
— ¿Nos besamos anoche?
— Sí.
— Pues parece que no fue tanto como decías que sería, porque no recuerdo nada.
Justin estalló en carcajadas.
— Era broma. No nos besamos. — dice, acercándose a mí. — Cuando lo hagamos, lo recordarás toda la vida.
Oh, no… ojala sus palabras no me provocaran este temblor en las rodillas. Sé que debería estar asustada, sola con un pandillero en medio de un lugar desierto, y hablando de besos. Sin embargo, no tengo miedo. En lo más profundo de mi ser sé que Justin no sería capaz de hacerme daño, ni de obligarme a hacer nada que yo no quiera.
— ¿Por qué me has secuestrado? — le pregunto.
Me coge de la mano y me lleva al asiento del conductor.
— Sube.
— ¿Para qué?
— Voy a enseñarte a conducir como es debido, antes de que destroces el motor de tanto maltratarlo.
— Pensaba que estabas enfadado conmigo… ¿por qué me ayudas?
— Porque quiero.
Hace mucho tiempo que nadie se preocupa lo suficiente por mí como para hacer algo desinteresadamente. Aunque…
— No lo estarás haciendo para que te devuelva otro tipo de favores, ¿verdad?
Justin sonríe abiertamente.
— Nena, ¿de verdad me crees capaz de hacer algo así? Por supuesto que no voy a pedirte nada de eso.
— ¿De veras?
— De veras.
— ¿Y no estás enfadado conmigo por nada de lo que he hecho o he dicho?
— Me siento frustrado. Contigo, con mi hermano… con un montón de cosas.
— Entonces, ¿por qué me has traído aquí?
— No preguntes si no estás preparada para escuchar la respuesta, ¿vale?
— Vale. — Contesto antes de acomodarme en el asiento del conductor, y esperar a que se siente a mi lado.
— ¿Estás preparada? — pregunta en cuanto se instala y se abrocha el cinturón del asiento del copiloto.
— Sí.
Se inclina e introduce las llaves en el contacto, acercándose a mí. Bajo el freno de mano, enciendo el motor y se cala el coche.
— No lo has puesto en punto muerto. Si no pisas bien el embrague cuando metas una marcha, el coche se te calará.
— Ya lo sé. — digo sintiéndome completamente estúpida. — Es que me estás poniendo nerviosa.
Justin lo pone en punto muerto.
— Pisa el embrague con el pie izquierdo, coloca el derecho sobre el freno y mete la primera. — me ordena.
Aprieto el acelerador y, cuando suelto el embrague, el coche empieza a avanzar a trompicones.
Justin apoya la mano en el salpicadero para sujetarse.
— Frena.
Detengo el coche y pongo el punto muerto.
— Tienes que encontrar el punto de fricción.
— ¿El punto de qué? — pregunto mirándole.
— Sí, ya sabes.. Cuando el embrague encaja — dice y mientras habla, utiliza las manos como si fueran dos pedales. — Lo sueltas demasiado rápido. Consigue el equilibrio y quédate ahí… siéntelo. Inténtalo de nuevo.
Vuelvo a meter la primera y suelto el embrague mientras piso con suavidad el acelerador.
— Mantenlo… — dice suavemente.
Suelto el embrague un poco más y piso el acelerador, pero no del todo.
— Creo que lo tengo.
— Ahora suelta el embrague y no presiones el acelerador hasta el fondo.
Lo intento, pero el coche avanza a trompicones y se vuelve a calar.
— Has soltado el embrague demasiado rápido. Debes hacerlo más despacio. Inténtalo de nuevo. — ruega. No está enfadado, ni frustrado, ni a punto de darse por vencido. — Tienes que pisar más el acelerador. No lo machaques, sólo dale un poco de juego para que empiece a moverse.
Sigo las indicaciones de Justin, y esta vez el coche avanza con suavidad. Estamos en la pista de aterrizaje, y no avanzamos a más de quince kilómetros por hora.
— Pisa el embrague. — me ordena, y entonces pone la mano sobre la mía, y me ayuda a meter la segunda. Intento no pensar en la suave caricia y en el calor que desprende su mano.
Aquello no va mucho con su personalidad. Intento concentrarme de nuevo en la carretera.
Justin es muy paciente, y me da instrucciones detalladas acerca de cómo cambar a un engranaje menos hasta detenernos al final de la pista de aterrizaje. Sus dedos siguen rodeándome la mano.
— ¿Fin de la lección? — pregunto.
Justin se aclara la garganta antes de responder.
— Sí.
Aparta la mano de la mía, y acto seguido, se pasa los dedos por su claro cabello, haciendo que algunos mechones le caigan sobre la frente.
— Gracias. — le digo.
— Sí, bueno, así no me sangrarán los oídos cada vez que enciendes el motor en el aparcamiento del instituto. No lo he hecho para quedar como un buen chico.
Ladeo la cabeza e intento hacer que me mire, pero no lo consigo.
— ¿Por qué es tan importante que los demás te vean como a un mal chico? Dime.
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