miércoles, 5 de febrero de 2014

Química Perfecta. Capítulo 39.

-Narra Justin-

— Sube al coche. — le ordeno.
Pero ya es demasiado tarde. El RX de Lucky se detiene frente a nosotros con un frenazo. Le acompañan unos cuantos chicos de los American Blood.
— ¡No me lo puedo creer! ¡Has ganado la apuesta! — grita Lucky desde el interior del vehículo.
Intento esconder a ___ detrás de mí, pero es inútil. Pueden ver con total claridad sus piernas desnudas y sexys sobresaliendo del abrigo.
— ¿A qué se refiere? — me pregunta. Siento la necesidad de quitarme mis pantalones y dárselos para que se los ponga. Si se entera de la apuesta, pensará que esa es la razón por la que me he acostado con ella. Tengo que conseguir que se marche, y rápido.
— Nada. Sólo son tonterías, te lo aseguro. Sube al coche. Si no lo haces, te subiré yo mismo.
Oigo como se abre la puerta del coche de Lucky al mismo tiempo que la del de ____.
— No te enfades con Ryan. — me ruega antes de acomodarse en el asiento del conductor.
— Vete. — insisto, sin tiempo a preguntarle qué ha querido decir con eso. — Hablaremos más tarde. — ____ acelera y se pierde en el coche.
— Joder, tío. — masculla Lucky, mirando la parte posterior del BMW con interés. — Tenía que averiguar si Henrie me estaba tomando el pelo. Te has tirado a ____ Ellis, ¿verdad? ¿Lo has grabado en vídeo?
Mi respuesta es un fuerte puñetazo en el estómago de Lucky, quien cae de rodillas al suelo. Me monto a horcajadas sobre la moto y enciendo el motor. Cuando diviso el Camry de mi primo, me detengo a su lado.
— Escucha, Justin. — dice Henrie a través de la ventanilla abierta. — Lo siento mucho…
— Me largo. — interrumpo antes de lanzarla las llaves del taller y marcharme.

De camino a casa, no dejo de pensar en ___ y sobre lo mucho que significa para mí.
Entonces, la realidad me golpea.
No quiero hacer el intercambio.
Ahora entiendo todas esas películas románticas de las que tanto me he reído. Porque, en este instante, me convierto en el idiota sensiblero que lo arriesga todo por su chica. Estoy enamorado…
Que les den a los American Blood. Puedo proteger a mi familia y, al mismo tiempo, ser coherente conmigo mismo.
____ tenía razón. Mi vida es demasiado importante como para tirarla por la borda traficando con drogas. Lo cierto es que quiero ir a la universidad y hacer algo positivo con mi vida.
No soy como mi padre. Mi padre era un hombre débil que eligió el camino más fácil. Yo aceptaré el reto para abandonar los American Blood, sin pensar en las consecuencias. Y si sobrevivo, regresaré a ___ como un hombre libre. Lo juro.
No soy ningún traficante. Héctor se llevará una decepción, pero sólo entré en la banda para proteger a mi familia, no para traficar con drogas. ¿Desde cuándo se ha convertido eso en una necesidad?

Desde la detención, todo ha pasado muy rápido. Estuve en la cárcel, y Héctor pagó la fianza. Después de preguntar a otros miembros de la banda sobre la noche en la que murió mi padre, Héctor y mi madre tuvieron una discusión acalorada. Y ella tenía moratones. Y ahora Héctor me presiona con el tema del intercambio.

Ryan intentó avisarme, estaba convencido de que algo no encajaba.

Me devano los sesos y las piezas empiezan a encajar lentamente. Joder, tenía la verdad delante de las narices y no he sido capaz de verla. Sólo hay una persona que puede decirme lo que sucedió la noche que asesinaron a mi padre.

Entro hecho una furia en mi casa y encuentro a mi madre en su habitación.

— ¿Sabes quién mató a papá, verdad?
— Justin, no.
— Fue alguien de los American Blood, ¿no? La noche de la boda te vi hablando con Héctor. Él sabe quién fue. Y tú también.
Las lágrimas empiezan a inundarle los ojos.
— Te lo advierto, Justin. No lo hagas.
— ¿Quién fue? — pregunto, ignorando sus súplicas.
Ella aparta la mirada.
— ¡Dímelo! — grito con todas mis fuerzas. Mis palabras la sobresaltan.

Me he pasado tanto tiempo deseando alejarla del sufrimiento, que nunca se me ha ocurrido preguntarle si sabía algo acerca del asesinato de mi padre. O quizás no quería saberlo porque la verdad me asustaba. Ya no puedo soportarlo más.
Se lleva una mano a la boca. Respira lentamente, con dificultad.

— Héctor… fue Héctor. — A medida que asimilo la verdad, una mezcla de terror, conmoción y dolor se extienden por mi cuerpo como un fuego incontrolable. Mi madre me lanza una mirada cargada de tristeza. — Yo sólo quería protegeros, a ti y a tus hermanos. Eso es todo. Tu padre deseaba salir de los American Blood, y le asesinaron. Héctor quería que tú ocupases su lugar. Me amenazó, Justin, me dijo que si no entrabas en la banda, toda la familia acabaría como tu padre.

No puedo escuchar más. Héctor lo organizó todo para que me arrestasen, y así que yo le debiera un favor. Y también organizó lo del intercambio, engañándome para que creyera que era un paso adelante cuando, en realidad, tan sólo era un paso más hacia su trampa. Probablemente sospechara que, tarde o temprano, alguien me contaría la verdad.
Me dirijo a toda prisa hasta mi armario. Tengo muy claro lo que he de hacer: enfrentarme al asesino de mi padre.
El arma ha desaparecido.

— ¿Has husmeado en mi cajón? — le gruño a Charles, agarrándole por el cuello de la camiseta cuando le encuentro en el sofá del salón.
— No, Justin. — responde Charles. — ¡Créeme! Ryan ha estado aquí antes y entró en nuestra habitación, pero dijo que sólo iba a coger prestada una de tus chaquetas.

Ryan se ha llevado mi pistola. Debería haberlo supuesto. ¿Pero cómo sabía Ryan que no llegaría a casa y le pillaría con las manos en la masa?

____.

____ me ha estado entreteniendo toda la noche, a propósito. Me ha pedido que no me enfadara con Ryan. Ambos están intentando protegerme, porque yo he sido demasiado estúpido y cobarde cómo para enfrentarme a lo que tenía delante de las narices.
Vuelvo a la habitación de mi madre.
— Si esta noche no regreso, llévate a Charles y Louis a Canadá. — le digo.
— Pero, Justin…
Me siento en el borde de su cama.
— Mamá, ellos están en peligro. Sálvalos de este destino. Por favor.
— Justin, no hables así. Tu padre hablaba así.
‘’Yo soy como papá’’, quiero decirle. He cometido los mismos errores, pero no dejaré que a mis hermanos les ocurra lo mismo.
— Prométemelo. Necesito oír como lo dices. Te hablo muy en serio.
Las lágrimas le resbalan por las mejillas. Me besa y me abraza con fuerza.
— Te lo prometo… te lo prometo.

Me monto en la moto y llamo a Gary Frankel, alguien a quien nunca pensé que llamaría para pedir consejo. E insiste en que haga lo que jamás pensé que haría: llamar a la policía e informarles de lo que está sucediendo.
Se supone que el intercambio va a tener lugar aquí, en el parque natural de Busse Woods.
La zona de aparcamiento y los alrededores están a oscuras, de modo que sólo tengo la luz de la luna para encontrar el camino. El lugar está desierto, excepto por un sedán azul con las luces encendidas. Me adentro en el bosque y reparo en una figura oscura tendida en el suelo.
Echo a correr en esa dirección mientras me invade una sensación de terror. A medida que me acerco, reconozco la chaqueta. Es como si estuviera presenciando mi propia muerte.

Me arrodillo en el suelo y le doy la vuelta al cuerpo lentamente.

Ryan.

— ¡Mierda! — grito cuando su sangre me moja las manos.
Ryan tiene los ojos vidriosos, pero mueve lentamente la mano y me agarra por el brazo.
— La he cagado.
Apoyo su cabeza sobre mis muslos.
— ¡Te dije que dejaras de meterte en mis asuntos! No te mueras aquí. ¿Me oyes? ¡Te digo que no lo hagas! — le advierto con la voz estrangulada.
— Estoy asustado. — me susurra antes de hacer una mueca de dolor.
— No me dejes. Aguanta. Todo saldrá bien. — sujeto con fuerza a Ryan, consciente de que acabo de mentirle. Mi mejor amigo se está muriendo. No hay vuelta atrás, siento su dolor en mi propia alma.
— Mira por dónde. El falso Justin y su amiguito, el auténtico Justin. Bonita noche de Halloween, ¿eh? — Me vuelvo hacia la voz de Héctor. — Qué lástima que no reconociera a Ryan antes de dispararle. — continúa. — Tío, a la luz del día sois tan distintos… supongo que debería mirarme la vista.

Saca una pistola y me apunta con ella. No estoy asustado, estoy furioso. Y necesito respuestas.

— ¿Por qué lo has hecho?
— Bueno, si te empeñas te diré que todo es culpa de tu padre. Quería salir de los American Blood. Pero no hay modo de salir, Justin. Él era el mejor hombre que teníamos. Justo antes de morir, intentó salir de la banda. El reto al que tuvo que enfrentarse fue aquel trapicheo. El mismo que te ha tocado a ti. Y ninguno de los dos habréis salido vivos de esta.
Estalla en carcajadas y su risa resuena en mis oídos.
— Ese estúpido nunca tuvo ninguna posibilidad. Tú eres como tu padre. Pensé que podría adiestrarte para que ocuparas su lugar como traficante. Pero no, eres igual que él. Un desertor… un cobarde.

Miro a Ryan. Está respirando con dificultad. Apenas puede expulsar el aire de los pulmones. Reparo en su pecho manchado de rojo. La escena me recuerda a mi padre.
Aunque esta vez no tengo seis años. Ahora lo tengo todo mucho más claro.
Ryan y yo nos miramos durante un intenso segundo.

— Nos han traicionado a los dos, tío. Pero siempre serás mi hermano. — Son sus últimas palabras antes de desplomarse sin vida entre mis brazos.
Grito con todas mis fuerzas mirando al cielo.
— ¡Déjalo en el suelo! Está muerto, Justin. Como tu padre. ¡Levántate y mírame a la cara! — grita Héctor, agitando el arma en el aire como un lunático.
Coloco el cuerpo sin vida de Ryan en el suelo con delicadeza, y me pongo en pie, preparado para luchar.
— Pon las manos sobre la cabeza, donde pueda verlas. ¿Sabes? Cuando maté a tu padre lloraste como un bebé, Justin. Lloraste en mis brazos, en los del tipo que lo mató. Qué ironía, ¿verdad?

Sólo tenía seis años. Si hubiese sabido que el asesino era Héctor, no habría ingresado en los American Blood.

Cuando Héctor empieza a dar vueltas a mi alrededor, comprendo que aquella es mi última oportunidad. Le agarro por la muñeca y lo obligo a caer al suelo.
Se levanta como un resorte, y me golpea con la pistola en un costado de la cabeza. Caigo de rodillas, consciente de que está preparándose para pegarme un tiro.

— ¡Le habla la policía de Arlington Heights! ¡Tire la pistola al suelo y levante las manos donde podamos verlas!

A través del bosque y de la neblina, apenas puedo distinguir las luces rojas y azules que brillan a lo lejos.
Levanto las manos.
— ¡Tira el arma! ¡Ahora!
Héctor sigue apuntando la pistola hacia mi corazón.
Sé que va a hacerlo. Está loco. Va a apretar el gatillo.
Todo ocurre muy rápido. Me lanzo a la derecha cuando empiezan a sonar los disparos.
Pum. Pum. Pum.
Me tambaleo hacia atrás y comprendo que estoy herido. La bala me quema la piel, como si alguien estuviera echando tabasco en ella.
Entonces, todo se vuelve negro.

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