miércoles, 5 de febrero de 2014

Química Perfecta. Capítulo 41.

-Narra Justin-

Llevo una semana aquí, y estoy harto de las enfermeras, los médicos, las agujas, las pruebas… y, sobre todo, de las batas de hospital. Creo que cuanto más tiempo paso aquí, más gruñón me vuelvo. Vale, puede que no hubiera debido gritarle así a la enfermera que me ha quitado la sonda. Ha sido su buen humor el que me ha sacado de quicio.

No quiero ver a nadie. No quiero hablar con nadie. Cuanta menos gente se meta en mi vida, mejor. He apartado a ____ de mi vida y me dolió mucho tener que hacerle daño. Pero no tuve otra elección. Cuanto más cerca está de mí, más peligro corre. No podría soportar que le ocurriera lo mismo que a Ryan…
‘’Deja de pensar en ella’’ me digo.
La gente que me importa muere, así de simple. Mi padre. Ahora Ryan. He sido un estúpido al pensar que podría tenerlo todo.

Cuando oigo que alguien llama a la puerta, grito.
— ¡Lárgate!
Pero, sea quien sea, vuelve a hacerlo con más insistencia.
— ¡Dejadme en paz de una maldita vez!
Cuando se abre la puerta, le lanzo un vaso. No acaba estrellándose contra ningún empleado del hospital, sino contra el pecho de la señora Peterson.
— Oh, mierda. Tú no.
La señora P. lleva gafas nuevas, con una montura llena de diamantes falsos.
— Esta no es exactamente la bienvenida que esperaba, Justin. — dice. — ¿Sabes que aún puedo darte una papeleta de castigo por soltar palabrotas?
Me doy la vuelta para no tener que mirarla.
— ¿Has venido para darme papeletas de castigo? Porque si es así, puedes olvidarte de ello. No voy a regresar al instituto. Gracias por la visita. Siento que tengas que marcharte tan pronto.
— No voy a irme a ningún lado hasta que no oigas lo que tengo que decir.
Por favor, no. Cualquier cosa menos tener que escuchar su sermón. Presiono el botón para a avisar a la enfermera.
— ¿Necesitas algo, Justin? — pregunta una voz a través del altavoz.
— Me están torturando.
— ¿Cómo dices?
La señora P. se acerca y me quita el altavoz de la mano.
— Está bromeando. Lo siento. — dice la señora P, dejando después el altavoz sobre la mesita de noche, fuera de mi alcance. — ¿No te suministran pastillas de la felicidad en este lugar?
— No quiero ser feliz.
La señora P. se inclina hacia delante. El flequillo le roza la parte superior de las gafas.
— Justin, siento mucho lo que le ocurrió a Ryan. No era alumno mío, pero me han dicho que estabais muy unidos.
Miro por la ventana para evitarla. No quiero hablar de Ryan. No quiero hablar de nada.
— ¿Por qué ha venido?
Escucho el sonido de una cremallera. Saca algo del bolso.
— Te he traído deberes, para que estés al día cuando vuelvas a clase.
— No voy a volver. Ya se lo he dicho. Lo dejo. No debería sorprenderle, señora P. Soy un pandillero, ¿lo recuerda?
Ella camina alrededor de la cama, entrando en mi campo de visión.
— Supongo que me equivoqué contigo. Estaba convencida de que ibas a romper el molde.
— Sí, bueno, es fue antes de que dispararan a mi mejor amigo. Querían matarme a mí, ¿sabe? — digo, mirando el libro de química que lleva en la mano. El libro me recuerda lo que era antes y lo que ya no podré ser. — ¡Ryan no tenía que morir, maldita sea! ¡Tendría que haber sido yo! — grito.
La señora P. no se inmuta.
— Pero no sucedió de ese modo. ¿Crees que le haces un favor a Ryan rindiéndote y dejando el instituto? Considéralo un regalo que te hizo, no una maldición. Ryan no va a volver. Pero tú aún puedes. — la señora P. coloca el libro de química en la repisa de la ventana. — ¿Quieres saber cómo le va a tu compañera de laboratorio?
— No. No me importa. — respondo, negando con la cabeza.
Las palabras casi se me atascan en la garganta.
Ella suspira, dándose por vencida, y se acerca otra vez a la ventana para coger el libro. Después se dirige a la puerta.
— Ojalá hubiera elegido biología en lugar de química. — confieso cuando abre la puerta para marcharse.
Ella me guiña un ojo, con complicidad.
— No te creo. Y para que lo sepas, el director va a hacerte una visita esta tarde. Le advertiré que tenga cuidado al entrar, por si te da por lanzarle alguna cosa.

-Más adelante-

Me dieron el alta dos semanas después, y mi madre nos llevó a Canadá. Un mes más tarde conseguí trabajo como camarero en un hotel, cerca de Stratford. Un buen hotel, con paredes entabladas y pilares en las puertas delanteras. Como hablaba español un poco mejor que los otros empleados, hacía de intérprete cuando me lo pedían. Cuando salía con mis compañeros después del trabajo, estos intentaban que me interesase por alguna chica. Ellas eran preciosas, sexys, y evidentemente, sabían como atraer a un chico. El problema era que no eran ___.
Tenía que sacármela de la cabeza. Y rápido.

Lo intenté. Una noche, una chica irlandesa que se alojaba en el hotel me llevó a su habitación. Al principio supuse que acostarme con otra rubia me haría olvidar la noche que pasé con ____. Pero cuando estaba a punto de hacerlo, me quedé paralizado.
Entonces, me di cuenta de que ____ había arruinado mi percepción de las mujeres para siempre. No era el rostro de ____, ni su sonrisa, ni sus ojos. Todo eso hacía que los demás la vieran como una chica preciosa, pero era su interior lo que la hacía distinta. Era el modo en que le limpiaba la cara a su hermana, la seriedad con la que se tomaba la clase de química, su modo de demostrarme su amor pese a saber quién era yo. Había estado a punto de meterme en un asunto de drogas, y, pese a todo, ____ eligió amarme.

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