miércoles, 5 de febrero de 2014

Química Perfecta. Capítulo 25.

-Narra ____ Ellis-

A pesar de que haya estado toda la noche en vela, rememorando el momento en el que nos besamos. Quiero olvidarlo cuanto antes. Mientras me dirijo en coche a la escuela, el día siguiente al beso que nunca ocurrió, me pregunto si debería ignorarle. Aunque después de todo, no es ninguna de mis opciones, porque somos compañeros en clase de química.
Oh, no. La clase de química. ¿Sospechará algo Colin? Tal vez alguien nos vio ayer en la moto y se lo haya contado. Anoche apagué el móvil para no tener que habla con nadie.
Ojala mi vida no fuese tan complicada. Tengo novio. Aunque últimamense te haya mostrado más insistente de lo habitual. Sólo parece interesado en el sexo. Y estoy harta.
Sin embargo, Justin y yo nunca podremos salir juntos. Su madre me odia. Su ex novia quiere matarme… y todo eso son muy malas señales. Y fuma, lo que no me parece nada correcto. Podría elaborar una lista larguísima con todos los inconvenientes que supondría salir con él. Vale, puede que también haya ventajas. Unas cuantas, aunque demasiado insignificantes como para mencionarlas.
Es inteligente. Tiene una mirada expresiva que dice mucho más de él que lo que refleja su aspecto.
Es un chico entregado con sus amigos, con su familia, incluso con su moto.
Cuando me toca, lo hace con tanta delicadeza que me hace sentir como si estuviera hecha de cristal.
Me besa como si intentara impregnarse de ese instante y conservarlo durante el resto de su vida.
Me ha hecho sentir, aunque tan sólo sea durante unos pocos minutos, que de verdad le importo. Que de verdad me conoce, a mí, a la verdadera ____.

La primera vez que le veo es a la hora de comer. Mientras espero mi turno en la cafetería, me fijo en que va justo antes de la chica que hay delante de mí en la fila.
Los vaqueros de Justin son ajustados, y están algo desgastados en las rodillas. El pelo le cae sobre la frente, y empiezo a sentir un deseo incontrolable de peinárselo.
Justin me pilla mirándole. Me apresuro a concentrarme en la sopa del día. Sopa minestrón.

— ¿Qué prefieres cariño, taza o bol? — pregunta Mery, la chica de la cafetería.
— Bol. — respondo, fingiendo estar muy interesada en el modo en el que Mery sirve la sopa.

Cuando me entrega el bol, adelanto rápidamente a la chica que hay delante de mí, y me dirijo a la caja, colocándome justo detrás de Justin. Como si supiera que estoy acechándole, se da la vuelta y me atraviesa con la mirada. Durante un instante, siento que el mundo se detiene y que sólo estamos él y yo. El deseo por abalanzarme sobre sus brazos y sentir su calor rodeándome es tan poderoso, que me pregunto si es médicamente posible sentir una adicción así por una persona.
Carraspeo.

— Te toca. — apunto yo, señalando a la cajera.
Justin avanza con una porción de pizza en la bandeja.
— Cóbrame también lo de ella. — dice, señalándome
— ¿Qué tienes? ¿Un bol de minestrón? — pregunta la cajera, agitando el dedo en mi dirección.
— Sí, pero… Justin, no es necesario.
— No te preocupes. Puedo permitirme un bol de sopa. — contesta a la defensiva mientras le entrega tres dólares a la cajera.
Colin se abre paso entre los chicos que esperan a la fila y se coloca a mi lado.
— Circula. Échate una novia a la que puedas mirar de ese modo. — le espeta a Justin, antes de ahuyentarlo.
Rezo para que Justin no conteste y le confiese que nos besamos. Toda la cola nos observa. Puedo sentir sus miradas clavadas en la nuca. Justin coge el cambio y, sin mirar atrás, se encamina al patio, fuera de la cafetería, donde normalmente se sienta a comer.
Me siento profundamente egoísta por desear lo mejor de ambos mundos. Deseo mantener la imagen que tanto esfuerzo me ha costado creado. Y esa imagen incluye a Colin. Pero también deseo a Justin. No puedo pensar en otra cosa que no sea estar entre sus brazos y pedirle que me bese otra vez, hasta dejarme sin aliento.
— Cóbrame a mí lo de ella. — le dice Colin a la cajera.
— ¿No ha pagado ya por ti el otro chico? — me pregunta ella, mirándome confusa.
Colin espera que la corrija. Cuando no lo hago, me fulmina con la mirada y sale hecho una furia de la cafetería.
— ¡Colin, espera! — grito, pero o no me oye, o pasa de mí.

La próxima vez que le veo es en clase de química, pero entra justo cuando suena el timbre y no tenemos tiempo de hablar. La clase de hoy consiste en un experimento lleno de observación. Justin da vueltas a los tubos de ensayo llenos de nitrato de plata y de cloruro potásico.

— Tierra llamando a _____.

Parpadeo y despierto de mi ensoñación. Justin me pasa un tubo de ensayo lleno de un líquido transparente. Lo que me recuerda que debería ayudarlo a verter líquidos.

— Lo siento. — me disculpo, cogiendo un tubo de ensayo y vertiendo el contenido dentro del que Justin está sujetando.
— Se supone que ahora debemos de apuntar lo que sucede. — añade, utilizando la varilla para mezclar los dos elementos químicos.
Un material sólido y blando aparece por arte de magia dentro del líquido transparente.
— Yo diría que el líquido acuoso probablemente ahora es nitrato potásico y que el material sólido y blanco es cloruro de plata. ¿Qué crees?

Y cuando me pasa el tubo, nuestros dedos se rozan ligeramente. Un hormigueo que no puedo ignorar me recorre el cuerpo. Levanto la mirada. Nuestros ojos se encuentran, y por un instante pienso que me está mandando un mensaje secreto. Sin embargo, su expresión se vuelve sombría, y aparta la mirada.

— ¿Qué quieres que haga? — susurro.
— Eso tienes que averiguarlo tú sola.
— Justin…

Aunque no va a decirme qué he de hacer. Supongo que soy una estúpida por pedirle consejo cuando lo más probable es que no pueda ser imparcial. Cuando estoy cerca de Justin, siento una emoción similar a la que suelo sentir al despertar el día de Navidad. Por mucho que intente no pensar en ello, miro a Colin y sé… sé que nuestra relación ya no es lo que era. Se ha terminado. Y cuando antes rompa con él, antes dejaré de preguntarme por qué sigo aún con él.
Quedo con Colin después de clase, en la puerta trasera del instituto. Está vestido para el entrenamiento de fútbol. Por desgracia, está con Shane. Shane me apunta con su móvil.
— ¿Podéis repetir el espectáculo de la otra noche? Puedo capturar el momento para siempre y mandártelo por correo electrónico. Sería un fondo de pantalla genial, o mejor aún, podemos colgarlo en Youtube.
— Shane, desaparece de una maldita vez o perderé los papeles. — dice Colin, y le lanza una mirada asesina hasta que se marcha. — ____, ¿dónde te metiste anoche? — me pregunta, pero al ver que no respondo, añade — Aunque puedes ahorrarte el esfuerzo. Ya me lo imagino.
Esto no va a ser nada fácil. Ahora entiendo por qué la gente suele romper por correo electrónico o con mensajes de texto. Hacerlo cara a cara es más difícil, porque no te queda más remedio que mirar a la otra persona a la cara y ser testigo de su reacción.
Enfrentarse a su ira. He malgastado tanto tiempo evitando explicaciones, y maquillando relaciones con la gente que me rodea, que la confrontación resulta muy dolorosa.

— Ambos sabemos que lo nuestro no funciona. — digo, con tanto tacto como puedo.
— Pero, ¿qué estás diciendo? — pregunta Colin, entrecerrando los ojos.
— Necesitamos un descanso.
— ¿Un descanso, o una ruptura?
— Una ruptura. — matizo con suavidad.
— Esto es por Bieber, ¿verdad?
— Desde que volviste de vacaciones, nuestra relación sólo se basa en el tonteo. Ya no hablamos nunca, y estoy harta de sentirme culpable por no arrancarme la ropa y abrirme de piernas para demostrarte que te quiero.
— Tú no quieres demostrarme nada.
Intento mantener un tono de voz bajo para que los estudiantes no puedan oírme.
— ¿Y por qué tendría que hacerlo? El hecho de que necesites que te demuestre mi amor, es señal de que lo nuestro no funciona.
— No lo hagas. — dice, echando la cabeza hacia atrás y dejando escapar un suspiro. — Por favor, no lo hagas.
Encajamos perfectamente en el estereotipo ‘’estrella de fútbol-capitana de las animadoras’’, en el que los demás nos han colocado. Hemos sido ese modelo durante años. Ahora, analizarán con lupa nuestra ruptura, y circularán todo tipo de rumores sobre nosotros. Sólo de pensarlo hace que se me pongan los pelos de punta. Sin embargo, no puedo seguir fingiendo que todo marcha sobre ruedas. Es una decisión que probablemente me persiga toda la vida. Si mis padres pueden enviar a Shelley a la otra punta del país porque es lo que les conviene, y si Darlene puede ligar con cualquiera que se le acerque, ¿por qué yo no puedo hacer lo que considero mejor para mí?
Apoyo una mano en el hombro de Colin, intentando no mirar directamente a sus ojos vidriosos. Él la aparta.

— Dime algo. — le pido.
— ¿Qué quieres que diga, ____, que estoy encantado porque estás rompiendo conmigo? Lo siento, pero no puedo.

Se enjuaga las lágrimas con la palma de las manos. Ese gesto tan sutil hace que también sienta ganas de llorar. Noto cómo se me humedecen los ojos. Es el final de algo que creíamos real, aunque ha acabado siendo otro de los papeles que nos obligaron a representar. Eso es lo que me produce más tristeza. No la ruptura en sí, sino el hecho de que nuestra relación haya seguido adelante tan sólo por… mi debilidad.

— Me acosté con Mía. — espeta. — Este verano. Ya sabes, la chica de la foto.
— Sólo lo dices para hacerme sentir mal.
— Lo digo porque es verdad. Pregúntale a Shane.
— Entonces, ¿por qué fingiste que seguíamos siendo la Pareja Dorada?
— Porque es lo que todos esperan. Incluso tú, no me lo niegues.

Aunque ciertas, sus palabras son dolorosas. Se acabó representar el papel de la chica ‘’perfecta’’ y vivir según las reglas de los demás, incluso según las que yo misma me he impuesto. Es hora de enfrentarse a la realidad. Lo primero que hago después de hablar con Colin es decirle a la señora Small que necesito tomarme un descanso, y que voy a dejar el equipo de animadoras. Tras aquello, siento como si me hubiera quitado un peso de encima. Regreso a casa para pasar algo de tiempo con Shelley y hacer deberes. Después de cenar, llamo a Elisabeth.

— Debería sorprenderme tu llamada, pero lo cierto es que no es así. — me suelta.
— ¿Cómo ha ido el entrenamiento?
— No demasiado bien. Darlene no es muy buena capitanía, y la señora Small lo sabe. No tendrías que haberlo dejado.
— No lo he hecho. Sólo me he tomado un pequeño descanso. Pero no te he llamado para hablar de las animadoras. Escucha, quiero que sepas que hoy he cortado con Colin.
— Y me estás contando esto porque…
Es una buena pregunta, una que, en otras circunstancias, me hubiera negado a contestar.
— Quería hablar de ello con alguien, y aunque sé que tengo amigas a las que puedo recurrir, me apetecía hacerlo con una persona que después no se dedique a cotillear sobre ello. Mis amigas tienen la lengua muy larga.
Sierra es la única a la que estoy más unida, pero le mentí acerca de Justin. Y su novio, Doug, es el mejor amigo de Colin.
— ¿Y cómo sabes que yo no me iré de la lengua? — pregunta Elisabeth.
— No lo sé. Pero no me dijiste nada sobre Justin cuando te pregunté, así que supongo que se te da muy bien guardar secretos.
— Así es. Dispara.
— No sé por donde empezar… — suspiro.
— Pues no tengo todo el día, ¿sabes?
— He besado a Justin. — le suelto.
— ¿A Justin? ¡Vaya! ¿Y eso fue antes o después de que rompieras con Colin?
— No fue planeado… — contesto, haciendo una mueca.
Elisabeth estalla en carcajadas tan fuertes que tengo que apartar el auricular.
— ¿Estás segura de que no lo planeaste? — me pregunta en cuanto es capaz de articular palabra.
— Sucedió sin más. Estábamos en su casa. Su madre llegó, nos interrumpió y nos vio…
— ¿Qué? ¿Su madre os pilló? ¿En su casa? ¡Venga ya! — exclama Elisabeth, alucinada.
— Vamos, Eli. Tómatelo en serio.
— Sí, lo siento. Alice va a flipar cuando se entere.
Me aclaro la garganta.
— No pienso decírselo. — se apresura a decir Elisabeth. — Pero la madre de Justin se las trae. Cuando salió con Alice, Justin la mantuvo alejada de su mamá. No me malinterpretes, ella adora a sus hijos. Pero es sobre protectora, como todas las madres, supongo. ¿Te echó a patadas de su casa?
— No, pero me llamó lagartona. Más o menos.
Más risas al otro lado de la línea.
— No tuvo ninguna gracia…
— Lo siento. — dice, aún entre risas. — Me hubiera encantado ser una mosca y presenciar la escena.
— Gracias por la comprensión. — respondo irónicamente. — Voy a colgar.
— ¡No! Siento haberme reído. Es que cuando más hablamos, más me doy cuenta de que eres una persona completamente distinta a lo que pensaba. Supongo que puedo entender por qué le gustas a Justin.
— Gracias, creo. ¿Recuerdas cuando te dije que no permitiría que ocurriera nada entre Justin y yo?
— Sí. Sólo para asegurarme de que lo entiendo bien, eso fue antes de que le besaras, ¿verdad? — dice, otra vez entre risitas. — Estoy de broma, ____. Si te gusta, ve a por él. Pero ándate con cuidado, porque creo que le gustas más de lo que quiere admitir. Deberías mantenerte alerta.
— Si ocurre algo entre Justin y yo, no voy a evitar que suceda. Pero no te preocupes, nunca bajo la guardia.
— Ni yo tampoco. Bueno, excepto la noche que te quedaste a dormir en mi casa. Me acosté con Ryan. No puedo decírselo a mis amigas porque me darían la vara.
— ¿Te gusta?
— No lo sé. Nunca lo había pensado en él de esa manera, pero fue genial estar con él. ¿Qué tal el beso con Justin?
— Bien. — digo, pensando al mismo tiempo en lo sensual que me pareció. — En realidad, Elisabeth, fue más que bien. Fue jodidamente increíble.
Eli estalla nuevamente en carcajadas, y esta vez, me uno a ella.

-Narra Justin-

Hoy ____ se ha marchado del instituto a la carrera, siguiendo a Cara Burro. Antes de irme, la vi con él. Estaban enfrascados en una conversación privada en la parte de atrás del campo de fútbol. Se ha decantado por él, lo que no me sorprende en absoluto. Cuando me preguntó en clase de química qué debía hacer, tendría que haberle dicho que dejara a ese capullo. Ahora me sentiría mejor y no estaría tan cabreado como lo estoy ahora.
Él no la merece. De acuerdo, puede que yo tampoco.

Después de clase, pasé por el almacén para ver si podía obtener algo de información sobre mi padre. Sin embargo, no saqué nada en claro. Los tipos que conocían entonces a mi padre, no tienen mucho que decir, excepto que nunca dejaba de hablar de sus hijos. La conversación se vio interrumpida por un Satin Hood que fumigó el almacén a disparos, una señal de que están buscando venganza y de que no se detendrán hasta conseguirla. No sé si debería preocuparme por el lugar en el que se encuentra el almacén, un descampado aislado detrás de la vieja estación de tren. Nadie sabe que estamos aquí, ni siquiera la policía. Sobre todo la policía.
Ya soy inmune al sonido de los disparos. En el almacén, en el parque… los oigo en cualquier momento. Algunas calles son más seguras que otras, pero los rivales saben que este lugar, el almacén, es nuestro santuario. Y esperan el momento para tomar represalias. Es una filosofía muy simple: si no respetas nuestro territorio, nosotros no respetamos el tuyo. Nadie ha salido herido esta vez, así que no habrá ninguna muerte que vengar. No obstante, seguro que se derramará sangre. Esperan que vayamos en su busca, y no les decepcionaremos.

Después de que todo vuelva a la normalidad, subo a la moto y me doy cuenta de que sin pretenderlo, me encamino a casa de ____. No puedo evitarlo. Tan pronto como cruzo las vías del tren, me detiene un coche de policía, del que salen dos tipos uniformados.
En lugar de explicarme la razón por la que me detienen, uno de los polis me ordena que baje de la moto y que le muestre el carné.

— ¿He cometido alguna infracción? — pregunto mientras se lo entrego.
El agente que examina mi documentación me mira.
— Podrás hacer preguntas después de que yo haga las mías. ¿Llevas drogas encima, Justin?
— No, señor.
— ¿Algún arma? — pregunta el otro policía.
Vacilo un instante, pero decido decirles la verdad.
— Sí.
Uno de los policías saca la pistola de su funda y me apunta con ella en el pecho. El otro me pide que levante las manos, y luego me ordena tumbarme en el suelo mientras pide refuerzos. Mierda. Estoy jodido, muy jodido.
— ¿Qué tipo de arma?
Hago una mueca antes de contestar.
— Una Glock de nueve milímetros.
Menos mal que le devolví a Will la pistola de mi hermano, o me hubieran pillado armado hasta los dientes.
Mi respuesta hace que el policía se ponga algo nervioso. Me fijo en que su dedo tiembla ligeramente sobre el gatillo.
— ¿Dónde la llevas?
— Escondida en la pierna izquierda.
— No te muevas, voy a desarmarte. Si te quedas quieto, no pasará nada.
Tras desarmarme, el otro agente se pone unos guantes de goma.
— ¿Llevas encima alguna jeringuilla, Justin?
— No, señor. — respondo.
Se arrodilla a mi lado y me pone las esposas.
— Levántate. — Me ordena tirando de mí. Luego hace que me incline sobre el capó del coche. Cuando me cachea, me siento humillado. Mierda, por mucho que supiera que era inevitable que algún día me arrestaran, parece ser que no estaba preparado. Me muestra la pistola.
— Quedas detenido por posesión de armas.
— Justin Drew Bieber, tienes derecho a permanecer en silencio. — recita el otro policía. — Cualquier cosa que digas podrá ser utilizada en tu contra en un tribunal…

-Minutos más tarde-

El calabozo huele a humo. O puede que sea otra cosa. Sea lo que sea, estoy deseando salir de este maldito lugar.
¿A quién voy a llamar para que pague la fianza? Ryan no tiene dinero. Henrie ha invertido el suyo en el taller. Mi madre me matará si se entera de que me han arrestado. Apoyo la espalda contra las barras de hierro de la celda e intento pensar con calma, aunque resulta muy difícil hacerlo en un lugar tan asqueroso como este. La policía lo llama celda de detención, pero es un modo muy sofisticado de decir jaula. Menos mal que es la primera vez que me meten aquí. Maldita sea, juro que será la última.
Me inquieta la idea de ir a la cárcel, porque me he pasado la vida sacrificándome por mis hermanos. ¿Y si me encierran de por vida?
Esa no es la vida que deseo. Quiero que mi madre se sienta orgullosa de mí por ser algo más que un pandillero. Quiero un futuro del que pueda sentirme orgulloso. Y deseo con todas mis fuerzas mostrarle a ____ que soy un buen chico.
Me golpeo la parte posterior de la cabeza contra las barras de hierro, pero no logro apartar todos esos pensamientos de mi mente.

— Te he visto en el instituto Fairfield. Yo también voy allí. — dice un chico bajito, aproximadamente de mi misma edad.

El tipo lleva una camisa de golf de color coral y unos pantalones blancos, como si lo hubieran sacado de un torneo de golf junto a otros ciudadanos de clase alta. El enano aparenta ser un chico ‘guay’, pero con esa camisa de color coral… El chico lleva tatuado en la frente ‘’soy un niño rico de la zona norte’’.

— ¿Cómo has acabado aquí? — me interroga, como si fuera una pregunta normal entre dos personas normales, un día normal.
— Iba armado.
— ¿Cuchillo o pistola?
— Y a ti qué te importa. — digo, fulminándolo con la mirada.
— Sólo intento mantener una conversación — confiesa el ricachón.
— ¿Y tú? — le pregunto.
— Mi padre llamó a la policía y les dijo que robé su coche. — confiesa, dejando escapar un suspiro.
— ¿Estás en este agujero por tu padre? ¿Y lo ha hecho a propósito? — pregunto con una mueca.
— Cree que así aprenderé una lección.
— Sí. La lección de que tu padre es un imbécil. — sentencio, pensando que lo primero que podría haber hecho su padre es enseñar a su hijito a vestirse.
— Da igual, mi madre pagará la fianza. Es abogada, y no es la primera vez que mi padre hace algo así. — Niego con la cabeza. Estos niños ricos…
— Bieber, ya puedes hacer tu llamada. — anuncia el policía desde el otro lado de los barrotes.

Mierda, me he distraído tanto con este bocazas que ni siquiera he decidido a quién llamar para que pague la fianza. De repente, siento un nudo en el estómago, el mismo que sentí al ver el enorme suspenso del examen de química. Sólo conozco a una persona con el dinero y los medios para sacarme de este lío… Héctor. El jefe de los American Blood.
Nunca le he pedido un favor a Héctor. Porque nunca sabes cuando querrá cobrárselo. Y estar en deuda con él significa algo más que deberle dinero.
A veces, la vida de obliga a tomar decisiones que no deseas tomar.


Tres horas más tarde, después de que un juez me eche la bronca hasta casi hacerme sangrar los oídos y fije una fianza, Héctor me recoge en el juzgado. Es un hombre poderoso. Lleva el pelo engominado y peinado hacia atrás, de un tono un poco más oscuro que el mío, y hay algo en él que dice que más vale no engañarle. Le tengo mucho respeto a Héctor, porque es el hombre que me inició en los American Blood. Creció en la misma ciudad que mi padre, se conocían desde pequeños. Héctor ha estado pendiente de mi familia y de mí desde que murió mi padre. Nunca le olvidaré.

— Te devolveré el dinero, Héctor.
— No te preocupes por eso, hombre. — responde él. — Para eso están los hermanos. Para ser sincero, me ha sorprendido saber que es la primera vez que te arrestan. Estás más limpio que ningún otro miembro de la banda.
Miro a través de la ventanilla del coche de Héctor. Las calles están muy tranquilas y oscuras.
— Eres un chico inteligente, lo suficiente como para ascender dentro de la banda. — explica Héctor.

Daría lo que fuera por ocupar el lugar de algunos American Blood, pero… ¿ascender? Vender drogas y armas son algunas de las cosas ilegales que suponen estar en una posición más alta. Me gusta estar donde estoy. Debería alegrarme de que Héctor se plantee la idea de darme más responsabilidades. Lo de ____ y su mundo es sólo una fantasía.

— Piénsatelo. — dice Héctor, cuando llegamos a mi casa.
— Lo haré. Gracias por pagar la fianza, tío.
— Toma, coge esto. — añade, sacando una pistola de debajo del asiento del conductor. — La policía te ha confiscado la tuya.

Rechazar el arma de Héctor sería una falta de respeto, y yo nunca haría algo así. Acepto el arma y la deslizo en la cinturilla de los vaqueros.

— Me han dicho que has estado haciendo preguntas sobre tu padre. Mi consejo es que lo dejes como está, Justin.
— No puedo, ya lo sabes.
— Bueno, si descubres algo házmelo saber. Siempre te apoyaré.
— Lo sé. Gracias, tío.

En mi casa se respira tranquilidad. Entro en mi habitación y encuentro a mis dos hermanos durmiendo. Abro el cajón superior y escondo el arma bajo la tabla de madera, donde nadie pueda dar con ella. Es un truco que me enseñó Ryan. Me tumbo en la cama y me tapo los ojos con el antebrazo, esperando poder dormir algo esta noche.
Destellos de lo sucedido el día anterior se suceden ante mí. La imagen de ____, sus labios sobre mi boca, su dulce aliento mezclado con el mío, es la única imagen que persiste en mi mente. Mientras me quedo dormido, su rostro angelical es lo único que consigue alejar las pesadillas de mi pasado.

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