-Narra ____ Ellis-
— ¿A dónde? — pregunta mi padre, completamente confuso.
— A ver a Justin.
— Tú no te vas a ningún sitio. — suelta mi madre. Mi padre levanta las manos. No entiende nada. — ¿Quién es Justin?
— El otro pandillero del que te hablé. — espeta mi madre con brusquedad. ¿No te acuerdas?. — Mi madre se levanta con el plato lleno de comida en la mano y lo lanza al fregadero. El plato acaba rompiéndose y la comida saltando por los aires.
— Te hemos dado todo lo que has querido, _____. — asegura mi madre—. Un coche nuevo, ropa de diseño... Se me agota la paciencia.
— Todo eso es una frivolidad, mamá. Desde fuera, todos os ven como personas triunfadoras, pero como padres dais asco. Os doy un aprobado justo, y siendo generosa, porque si fuera la señora Peterson quien os evaluara habríais cateado. ¿Por qué os da miedo reconocer que tenéis problemas, como el resto del mundo? — Me siento estupendamente, y no puedo parar—. Mirad, Justin necesita mi ayuda. Una de las cosas que me hace ser como soy es la lealtad hacia la gente que me importa. Lo siento si os duele u os asusta.
Shelley empieza a armar un alboroto y todos nos damos la vuelta para mirarla.
— _____ — dice la voz del ordenador conectado a su silla de ruedas. Shelley está presionando las teclas con los dedos—. Buena chica.
Rodeo la mano de mi hermana con los dedos antes de volver a dirigirme a mis padres.
— Si queréis echarme a patadas de aquí, o repudiarme por quien soy, entonces hacedlo y acabemos de una vez con esto.
No quiero volver a sentir miedo. Por Justin, por Shelley, por mí misma. Es hora de enfrentarme a mis miedos, de otro modo acabaré hundiéndome en el dolor y el remordimiento durante el resto de mi vida. No soy perfecta. Ha llegado el momento de que todo el mundo lo sepa.
— Escúchame, _____. Si sales por esa puerta... será mejor que no vuelvas.
— ¡Esto es intolerable! — interviene mi padre.
— Lo sé, y me siento muy bien. — confieso mientras cojo mi bolso. Es todo lo que tengo, a parte de la ropa que llevo puesta. Con una sonrisa, le tiendo la mano a Ryan. — ¿Nos vamos?
Ryan no duda un instante. Me coge de la mano.
— Sí.
Antes de que me dé cuenta estamos en su coche.
— Eres dura de pelar. No pensé que tuvieras tanto valor.
Ryan me lleva a la parte más oscura de Fairfield, hasta un enorme almacén detrás de la carretera, en una zona aislada. Como si la madre naturaleza pretendiera advertirnos, unas amenazadoras nubes negras cubren el cielo y la temperatura empieza a descender.
Un tipo musculoso nos corta el paso.
— ¿Quién es la niñita? — pregunta.
— Está limpia. — afirma Ryan.
El chico me mira de arriba abajo de manera insinuante antes de abrir la puerta.
— Si husmea demasiado, deberás responder por ella, Ryan. — le advierte.
Lo único que quiero es llevarme a Justin de allí, lejos del peligro que nos rodea.
— ¡Eh preciosa! — suena una voz arenosa cuando entramos en el almacén. — Si quieres algo que te divierta, ven a verme, ¿vale? — dice, guiñándome un ojo.
— Sígueme. — me ordena Ryan. — Y no hables ni te quedes mirando fijamente a nadie. — Me coge del brazo y me conduce por un largo pasillo. Escucho voces que vienen del lado opuesto del almacén... la voz de Justin.
— Deja que entre sola. — le ruego.
— No es una idea muy inteligente. Espera a que Héctor termine de hablar con él. — sugiere Ryan, pero yo no le hago caso.
Camino en dirección a la voz de Justin. Está hablando con dos tipos más y, por el tono de la conversación, parece algo muy serio. Uno de ellos saca una hoja de papel y se la entrega a Justin. Es entonces cuando se da cuenta de mi presencia.
Le dice algo en voz muy baja a uno de los hombres, antes de doblar el papel y guardarlo en el bolsillo de los vaqueros. Su voz es fría y dura, como la expresión de su rostro.
— ¿Qué diablos estás haciendo aquí? — me pregunta algo furioso.
— Yo sólo...
No puedo acabar la frase porque Justin me coge del brazo.
— Lárgate de aquí ahora mismo. ¿Quién coño te ha traído?
Estoy intentando pensar una respuesta cuando Ryan aparece de entre las sombras.
— Justin, por favor. Puede que Ryan me haya traído aquí, pero ha sido idea mía.
— ¡Eres un cabrón! — le grita Justin, soltándome para enfrentarse a Ryan.
— ¿No es este tu futuro, Justin? — le pregunta Ryan. — ¿Por qué te avergüenza tanto mostrarle a tu novia tu segunda casa?
Justin le suelta un puñetazo en la mandíbula y Ryan cae al suelo. Corro hacia él y fulmino a Justin con la mirada.
— ¡No puedo creer lo que has hecho! — le grito. — Es tu mejor amigo, Justin.
— ¡No quiero que veas este lugar! — exclama él, mientras un hijo de sangre empieza a resbalar por el labio de Ryan. — No deberías haberla traído aquí. — añade, más calmado esta vez. — Este no es su sitio.
— Ni tampoco es tuyo, hermano. — dice Ryan en voz baja. — Llévatela de aqui. Ya ha visto suficiente.
— Ven conmigo. — ordena Justin, ofreciéndome la mano.
En lugar de ir con él, cojo la cara de Ryan entre las manos y le inspecciono la herida.
— Dios mío, estás sangrando. — Estoy empezando a perder los papeles. Un poco de sangre es suficiente para provocarme náuseas. Nunca he podido soportar la sangre ni la violencia.
Ryan aparta mis manos con dulzura.
— Estoy bien, vete con él.
Una voz prorrumpe desde la oscuridad, dirigiéndose a Justin y a Ryan.
Me estremezco ante la autoridad que proyecta aquella voz. Hasta ahora no estaba asustada, pero ahora sí lo estoy. Es el hombre con el que estaba hablando Justin. Lleva un traje negro con una camisa de color crudo debajo. Le vi fugazmente en la boda. Lleva el pelo engominado hacia atrás y su tez es sombría. Me basta una sola mirada para saber que es alguien muy poderoso dentro de los American Blood. Le acompañan dos hombres corpulentos y de aspecto amenazador.
— ¡¿Qué está pasando aquí?! — grita.
— Nada, Héctor. — replican Ryan y Justin al unísono.
— Llévatela de aquí, Bieber.
Justin me coge de la mano y me saca del almacén. No vuelvo a respirar hasta que estamos fuera.
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