Sólo disponemos de media hora en el gimnasio. Mientras me pongo la ropa de deporte, pienso en lo que ha ocurrido en el despacho de Simons. La señora Peterson nos ha culpado de lo sucedido tanto a Justin como a mñi. Justin Bieber está echando a perder mi último curso nada más empezar.
Mientras me subo los shorts de gimnasia, el sonido de unos tacones me advierte de que no estoy sola en los vestuarios. Me cubro el pecho con la camiseta y veo aparecer a Alice Tomlison. ¡Oh Dios mío!
— Debe de ser mi día de suerte — dice mirándome fijamente, como un puma dispuesto a atacar. Aunque los pumas no tienen el pelo moreno, liso y largo… sí que tienen garras. Y las garras de Alice están pintadas de color rojo.
Se acerca a mí. Siento el impulso de dar un paso atrás. En realidad, lo que me gustaría es echar a correr. Pero no lo hago básicamente porque creo que me seguiría de todos modos.
— ¿Sabes? — añade con una sonrisa malvada — Siempre me he preguntado de qué color sería el sujetador de _____ Ellis. Rosa. Te va que ni pintado. Apuesto a que te ha costado tanto dinero como lo que te cobraron por teñirte el pelo.
— No has venido aquí para hablar de sujetadores, Alice. — Trago saliva con fuerza — Sino para pegarme.
— Cuando una lagartona se insinúa a mi hombre, me sale mi lado territorial.
— No estoy interesada en tu hombre. Ya tengo uno.
— Venga ya. Las chicas como tú quieren que todos los tíos pierdan la cabeza por ellas, así podéis disponer de ellos cuando os apetezca. — Añade cada vez más furiosa. Estoy metida en un buen lío. — He oído que vas criticándome por ahí. Crees que lo eres todo, señorita engreída. Veamos qué cara se te queda cuando te deje el labio partido y el ojo morado. ¿Vendrás al instituto con una bolsa de basura sobre la cabeza? ¿O te quedarás encerrada en tu enorme casa y no saldrás nunca?
No aparto la vista de ella mientras sigue acercándose. La miro fijamente. Alice tiene claro que para mí la imagen que doy lo es todo, y a ella le da igual que la expulsen… o que la echen definitivamente.
— ¡Contestame! — Grita, y me da un empujón en el hombro, que acaba impactando contra la taquilla que esta situada a mi espalda.
Creo que no la estaba escuchando, porque no tengo ni idea de qué he de responder. Si regreso a casa amoratada o con señales de haber estado en una pelea, las consecuencias serán desastrosas. Mi madre se pondrá echa un furia, y empezará otra vez con lo de ingresar a Shelley en algún centro. Cuando hay ago de tensión en mi casa, mis padres siempre hablan de mandar a Shelley a algún sitio. Como si, por arte de magia, todos los problemas de los Ellis fueran a desvanecerse en cuanto Shelley desapareciera.
— ¿No crees que el entrenador vendrá a buscarme? ¿Quieres que te expulsen? — Pregunto intentando ganar algo de tiempo.
— Me importa muy poco que me expulsen — dice entre risitas.
No parece haber funcionado, aunque merecía la pena intentarlo.
En lugar de encogerme de nuevo junto a la taquilla, me enderezo. Alice intenta empujarme otra vez por el hombre, pero esta vez me las arreglo para apartarle el brazo de un manotazo.
Estoy a punto de enzarzarme en mi primera pelea. Una pelea en la que seguramente saldré perdiendo. El corazón me late con fuerza, como si fuera a salirme del pecho. Me pregunto si puedo disparar la alarma de incendios para librarme de ella, como he visto alguna vez en el cine. Pero, por supuesto, aquí no hay ninguna cajita roja de esas cerca.
— Alice, déjala en paz.
Ambas nos volvemos hacia el sonido de una voz de chica. Es Elisabeth. Una ‘’no amiga’’. Pero una no amiga que acaba de evitar que me partan la cara.
— Eli, no te metas en mis asuntos — gruñe Alice. Elisabeth se acerca a nosotras. Lleva el pelo recogido en una alta cola de caballo que se balancea a medida que camina.
— No le pongas la mano encima.
— ¿Por qué no? — pregunta ella — ¿Acaso crees que seréis amigas del alma ahora que estáis juntas en esa estupidez de las animadoras?
Eli apoya firmemente las manos en las caderas.
— Estás demasiado enganchada de Justin, Alice. Esa es la razón por la que te comportas como una loca.
Al escuchar el nombre de Justin, Alice se pone rígida.
— Cállate, Eli. No tienes ni idea.
Ella dirige toda su rabia contra Elisabeth y se pone a chillarle como una fiera. Eli no se siente intimidada, a pesar de que es bajita, y puede que pese menos que yo. Por eso me sorprende que se enfrente a Alice.
El entrenador aparece detrás de Alice.
— ¿Estáis dando una fiesta y no habéis invitado al resto de la clase?
— Estamos charlando un poco. — Dice Alice sin sobresaltarse en absoluto, y actuando como si fuéramos tres amigas pasando el rato.
— Bueno, pues os sugiero que charléis después de clase. _____ y Elisabeth, uníos al resto de vuestros compañeros en el gimnasio. Señorita Tomlison, vaya donde se suponga que debería estar ahora.
Alice me señala con su uña pintada de rojo.
— Nos veremos después — me advierte, y sale de los vestuarios.
— Gracias — le digo en voz baja a Elisabeth.
Ella me responde con un asentimiento de cabeza.
~ Justin ~
— ¿Te queda mucho con la Honda? Es hora de cerrar — dice mi primo Henrie.
Trabajo en su taller todos los días después de clase… para ayudar a mi familia a poner los garbanzos sobre la mesa, para olvidarme unas horas de los American Blood y, sobre todo, porque soy un hacha arreglando coches.
— Está casi terminado.
Ajusto el último perno y me acerco a Henrie mientras este se limpia las manos en un trapo.
— ¿Puedo pedirte algo?
— Dispara.
— ¿Puedo tomarme un día libre la semana que viene? Tengo que hacer un proyecto de química para el instituto. — Explico, pensando en el tema que nos han asignado hoy. — Y tenemos que encontrar…
— La clase de Peterson. Sí, la recuerdo. Es un hueso duro de roer — dice mi primo con un escalofrío.
— ¿Te dio clase? — pregunto, interesado.
— ¿Cómo iba a olvidarla? ‘’No triunfaréis en a vida hasta que descubráis una cura a una enfermedad o salvéis el planeta’’. Nunca terminas de olvidar una pesadilla viviente como la Peterson. Pero estoy seguro de que tener a _____ Ellis como compañera…
— ¿Cómo lo sabes?
— Marcus vino y me habló de ella, dice que está en vuestra clase. Está celoso porque te ha tocado una compañera con piernas largas… Bueno, ya sabes.
‘Sí, ya sé’ pienso.
— Ayer vino a buscarte Héctor.
Héctor. Héctor Martínez, el cabecilla de los American Blood. El que a pesar de ser mexicano, podría controlar el gobierno de Estados Unidos si se lo propusiera.
— A veces no soporto… ya sabes.
— Estás atrapado en los American Blood. — dice Henrie — Como todos nosotros. Nunca permitas que Héctor te oiga cuestionar nuestro compromiso con la banda. Si sospecha que no eres leal, te ganarás a tantos enemigos que empezará a darte vueltas la cabeza. Eres un chico listo, Justin. Ándate con ojo.
— ¿Un chico listo? Me aposté la moto a que conseguiría acostarme con _____ Ellis. — Confieso.
— Pues retiro lo dicho. — contesta mi primo, señalándome con una sonrisa burlona. — Eres un imbécil, y pronto serás un imbécil sin moto. Las chicas como ella no se fijan en tipos como nosotros.
Empiezo a pensar que mi primo tiene razón. ¿Cómo narices llegué siquiera a pensar que un chico como yo, pobre, pandillero y con una vida muy oscura, conseguiría ligarse a una chica como ella, la guapa, rica y perfecta ____ Ellis?
Suena una bocina frente al garaje, y Henrie presiona el botón para levantar la enorme compuerta.
El coche de Joseph Bolton se cuela dentro con un chirrido de ruedas.
— ¡Cierra la puerta, Henrie! — ordena Joseph sin aliento — La policía nos está buscando.
Mi primo presiona el botón de un puñetazo y apaga las luces del taller.
Alice está en el asiento trasero. Tiene los ojos inyectados en sangre, por las drogas o por el alcohol, no lo sé exactamente. Y conozco perfectamente el aspecto de Alice cuando ha estado divirtiéndose con alguien, así que seguramente tiene a alguien ahí detrás con ella.
— Rupert intentó pegarle un tiro a un Satin Hood. — masculla Alice, sacando la cabeza por la ventanilla — Pero tiene la puntería en el culo.
Todos nos agachamos cuando la policía se asoma con las linternas a las ventanas del garaje. Me agazapo detrás de una enorme caja de herramientas, conteniendo la respiración. Lo último que necesito en mi historial es que me acusen de intento de asesinato. Milagrosamente, he conseguido librarme hasta ahora de que me detengan, pero algún día se me va a acabar la suerte. No es muy habitual que un pandillero logre sortear siempre a la policía. O el calabozo.
Alguien zarandea la puerta del taller. Hago una mueca y rezo para que esté bien cerrada. Los policías se alejan de la puerta y vuelven a enfocar con sus linternas el garaje, a través de las ventanas.
Después de lo que me parece una eternidad, los policías se largan.
— ¡Eh, Justin! Anoche te eché de menos.
Alice sale del coche, y efectivamente, está drogada. Me doy la vuelta para mirar a Sam, el chico que va con ella.
— Sí, ya veo cuánto.
— ¿Sam? Él no me gusta — susurra, acercándose más a mí. El olor a marihuana es casi insoportable. — Aún sigo esperándote.
— Eso no va a pasar.
— ¿Es por la estúpida de tu compañera de laboratorio? — Me pregunta, agarrándome de la barbilla y obligándome a mirarla.
— _____ no tiene nada que ver ni contigo ni conmigo. Me han dicho que has estado amenazándola.
— ¿Quién te lo ha contado? ¿Eli? — Pregunta, entrecerrando los ojos.
— Tú mantente lejos de ella. — digo ignorando su pregunta. — O tendrás que enfrentarte a algo más serio que un exnovio resentido.
— ¡Justin! — Grita Joseph, haciendo que deje de prestarle atención a Alice. — Vente, tío. Ryan y ese Satin Hood van a pelear esta noche en Gilson Park. Y ya sabes que esos nunca juegan limpio.
~*~
Reducimos la velocidad antes de llegar al parque. ¿Dónde está Ryan? ¿Le estarán dando una paliza en algún oscuro callejón?
Está muy oscuro. Hay sombras que se mueven, poniéndome los pelos de punta. Todo me parece amenazante, incluso los árboles que se agitan con el viendo.
Un gran graffiti con el símbolo de los American Hood adorna uno de los muros del parque. Este es nuestro territorio, y está marcado como tal.
— Ahí está — digo, señalando dos siluetas que se levantan a pocos metros de los columpios. Las farolas que iluminan el parque están apagadas, pero puedo distinguir a Ryan de inmediato por su estatura, y por su característica pose de boxeador.
Una de las siluetas empuja a la otra. Salto del coche en marcha cuando veo a cinco Satin Hood más aproximándose desde el otro lado de la calle. Me preparo para luchar al lado de mi mejor amigo. Si me lanzo a la batalla con determinación, sin pensar en las consecuencias, siempre salgo ganando. Si le doy demasiadas vueltas, cavaré mi propia tumba.
Corro hacia Ryan y su adversario antes de que lleguen el resto de sus compinches. Ryan está haciéndolo muy bien, pero el otro tipo es como un gusano, se retuerce y se libra del agarrón de mi amigo.
Ahora que veo a los demás Satin Hood de cerca, me doy cuenta de que son todos unos críos. Puedo ocuparme de los novatos, aunque también es verdad que los más jóvenes siempre son más peligrosos.
Joseph, Alice, Sam y Rupert llegan a mi lado. Tengo que admitir que somos un grupo intimidatorio.
El chico que estaba peleando con Ryan me señala con un dedo.
— Estás muerto.
— Escúchame, enano. — Le digo. Los pequeños odian que se rían de su estatura, y yo no puedo resistirme a eso. — Vuelve a tu territorio y deja que nosotros nos quedemos en nuestro agujero.
El enano señala a Ryan.
— Pero me ha robado el volante del coche, tío.
Miro a Ryan, consciente de que es muy típico de él provocar a un Satin Hood robándole algo tan ridículo como aquello. Cuando miro de nuevo al enano, veo que lleva una navaja en la mano, y que está apuntándome a mí.
Joder. Cuando acabe con estos Satin Hood, el próximo en la lista es mi mejor amigo.
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