-Narra _____ Ellis-
Después de ir a bailar un rato al Club Mystique, ahora estamos en casa de Sierra, en la playa que hay detrás. Mi madre sabe que me quedo a dormir aquí esta noche, de modo que no tengo que preocuparme del toque de queda. Mientras Sierra y yo colocamos unas mantas sobre la arena, Darlene se ha quedado rezagada con los chicos, sacando las bebidas que llevábamos en el maletero del coche de Colin.
— Colin quiere que nos acostemos. — le suelto.
— Todos los chicos de más de catorce años desean tener relaciones sexuales. — explica — Es su obligación querer hacerlo.
— Pero es que… yo no quiero. Por lo menos, no ahora.
— Entonces tu obligación es decir que no. — añade, como si fuera tan fácil. Sierra ya no es virgen porque ha dicho que sí. ¿Por qué me cuesta a mí dar ese paso?
— ¿Cuándo sabré que ha llegado el momento?
— Te aseguro que no vas a venir a preguntármelo. Supongo que cuando estés completamente preparada, querrás hacerlo, sin reservas ni preguntas. Cuando estás con la persona a la que quieres, es más fácil abrirte y asumir que puedes cometer errores, y no temer mostrarte débil, y eso es lo que hace que sea especial.
¿Será esa la razón por la que no quiero hacerlo con Colin? Quizás en el fondo, no lo quiera tanto como suponía. ¿Soy capaz de querer tanto a alguien como para abrirme y no temer mostrarme débil? La verdad es que no estoy segura.
Veo aparecer a Darlene y al resto del grupo, que se ponen a colocar las mantas sobre la arena. Darlene agarra a Shane de la camiseta y tira de él.
— Ven, quiero comerte la boca. — le dice sin ningún tipo de vergüenza. Shane está más que dispuesto a aceptar la propuesta.
Yo me la llevo aparte, me acerco a ella, y me aseguro de que nadie pueda oírnos.
— Oye, si no te gusta tanto Shane como para salir con él, no lo utilices. Ni dejes que te utilice a ti.
Darlene me aparta de un empujón.
— ¿A ti qué te pasa, _____? Tan sólo quieres señalar las imperfecciones de todos para poder seguir luciendo la corona de Reina de las Perfectas.
Eso no es justo. Mi intención no es subrayar sus defectos, pero si la veo avanzar por un camino peligroso, ¿acaso no es mi deber, como amiga, detenerla?
Tal vez no. Somos amigas, pero no super amigas.
Mientras aquellos dos se marchan juntos, los demás nos sentamos en las mantas y comenzamos a reír recordando anécdotas del pasado.
Estoy a gusto aquí sentada junto a mis amigos y a Colin, y durante un momento me olvido de mi compañero de química que, últimamente, ocupa todos mis pensamientos.
Un rato después, Sierra y Doug se van a dar un paseo y yo me tumbo sobre Colin, frente a la hoguera, que ilumina la arena que nos rodea.
— ¿Me has echado de menos este verano? — le pregunto. Me acurruco contra él mientras me acaricia el pelo, el cual, por cierto, debe de estar hecho un desastre.
Colin me coge una mano y se la lleva a su bragueta. Deja escapar un gemido lento.
— Sí. — susurra contra mi cuello —. Demasiado.
Cuando aparto la mano, me rodea el cuerpo con los brazos. Me aprieta los pechos, causándome algo de dolor. Nunca me habían molestado las caricias de Colin, pero el recorrido que hace con las manos me está cabreando, y dando asco. Todo al mismo tiempo.
Me aparto de su lado.
— ¿Qué pasa, _____?
— No lo sé. — le digo. Es verdad, no lo sé. Las cosas con Colin parecen tensas desde que empezó el curso. No puedo dejar de pensar en Justin, lo cual me molesta más que cualquier otra cosa. Alargo la mano y cojo una cerveza. — Es demasiado forzado. — le digo a mi novio mientras abro la lata y doy un sorbo de cerveza. — ¿No podemos quedarnos aquí sentados sin hacer nada? — Colin deja escapar un resoplido fuerte y exagerado.
— _____, yo quiero hacerlo.
— ¿Quieres hacerlo ahora? — le pregunto.
¿Aquí? ¿Dónde nuestros amigos pueden vernos si se dan la vuelta?
— ¿Por qué no? Ya hemos esperado mucho.
— No sé, Colin. — digo, verdaderamente asustada por estar teniendo aquella conversación. — Supongo… supongo que me imaginaba que sucedería de un modo natural.
— ¿Qué puede ser más natural que hacerlo al aire libre, sobre la arena?
— ¿Y los preservativos?
— Me quitaré a tiempo.
Eso no suena nada romántico. Me volveré loca hasta que me baje el periodo por miedo a haberme quedado embarazada. No es así como quiero que sea la primera vez.
— Hacer el amor significa mucho para mí.
— Y para mí también. Así que hagámoslo ya.
— El verano te ha cambiado muchísimo.
— Tal vez. — replica a la defensiva. — Nuestra relación tiene que avanzar. Joder, ____ ¿quién pensaría que una estudiante de último curso todavía es virgen? Todos creen que ya lo hemos hecho, ¿por qué no lo hacemos y ya está? Mierda, incluso has permitido que ese tipo, Bieber, piense que tiene posibilidades de acostarse contigo.
El corazón me da un vuelco.
— ¿Crees que preferiría acostarme con Justin antes que contigo? — pregunto con los ojos llenos de lágrimas. No sé si es el alcohol el culpable de que me sienta tan sensible, o si sus palabras han dado en el blanco. No puedo dejar de pensar en mi compañero de laboratorio. Me odio a mí misma por tener esos pensamientos y ahora mismo odio a Colin por habérmelo recordado.
— ¿Qué pasa? — pregunta Sierra, que aparece con Doug desde detrás de una enorme roca.
No le contesto. Por fin me siento completamente mareada. No quiero ni necesito a nadie. Volveré a mi casa caminando.
— No quiero que vayas sola por ahí, y menos así. — dice Sierra.
— Quiero estar sola.
— ____, vuelve aquí. — espeta Colin, pero sin moverse de donde está.
Le ignoro.
— No vayas más allá del cuarto muelle. No es seguro. — me advierte Sierra.
¿Qué no es seguro? Qué más me da. ¿Qué pasará si me sucede algo? A Colin no le importará. Ni a mis padres tampoco.
Cierro los ojos. Siento que los dedos de los pies se me hunden en la arena y me lleno los pulmones con la fresca y perfumada brisa del mar, que me acaricia la cara.
Y sigo bebiendo cerveza. Me olvido de todo excepto de la arena y de la cerveza, continúo caminando, deteniéndome sólo para observar la oscura superficie de la orilla. La luz de la luna brilla sobre ella y dibuja una línea que parece cortarla en dos.
He pasado dos muelles. O tal vez sean tres. De todas formas, no queda mucho para llegar a casa. Menos de un kilómetro y medio. Cuando llegue a la siguiente playa, subiré la calle y me dirigiré a casa. No es la primera vez que hago algo así.
Pero me gusta tanto sentir la arena bajo los pies, es como una de esas almohadas rellenas de bolitas que se adaptan a la forma. Y más adelante oigo música. Me encanta la música. Cierro los ojos y muevo el cuerpo al ritmo de una canción desconocida.
No me he percatado de la distancia que he recorrido, y sigo bailando hasta que el bullicio de risas y voces me deja paralizada. Frente a mí veo a un grupo de gente con bandanas rojas y negras. Está claro que hace mucho que he dejado atrás el cuarto muelle.
— ¡Eh, mirad! ¡Es ____ Ellis! La animadora más sexy de todo el instituto Fairfield. — anuncia un tipo. — Ven aquí, guapa. Baila conmigo.
Miro desesperada a la multitud, esperando encontrar una cara familiar. Justin.
Está aquí, y Alice Tomlison está sentada sobre su regazo.
Una imagen que da qué pensar.
Otro de los chicos avanza hacia mí.
— ¿No sabes que esta zona de la playa es sólo para nosotros? — me pregunta, acercándose más. — O quizás hayas venido atraída por el olor a carne canadiense. ¿Sabes lo que dicen, nena? Que es la más jugosa.
— Déjame en paz. — mascullo como puedo.
— ¿Crees que eres demasiado buena para un tipo como yo? — insiste el desconocido, que ya me ha alcanzado y me acecha con unos ojos llenos de rabia. La música deja de sonar.
Me tambaleo hacia atrás. No estoy lo suficientemente borracha como para no darme cuenta de lo peligrosa que se ha vuelto la situación.
— George, déjala. — interviene Justin en voz baja. — Es una orden.
Justin le está acariciando el hombro a Alice, y sus labios están a escasos centímetros de su piel. Me tambaleo. Esta es una pesadilla de la que necesito escapar, y rápido.
Empiezo a correr, las carcajadas de los miembros de la banda resuenan en mis oídos. No puedo huir lo suficientemente rápido, tengo la impresión de estar en un sueño en donde mis pies se mueven, pero no consigo avanzar.
— ¡_____, espera! — llama una voz desde detrás de mí.
Me doy la vuelta y me encuentro cara a cara con el chico que me persigue en mis sueños… tanto en los que estoy despierta como en los que estoy dormida.
Justin.
El chico que odio.
El chico que no consigo apartar de mis pensamientos, no importa lo borracha que esté.
— No hagas caso a George. A veces se deja llevar e intenta dárselas de malote. — dice Justin. Me quedo atónita cuando le veo acercarse para enjuagar una lágrima de mi mejilla. — No llores. Nunca permitiría que te hicieran daño.
¿Debería decirle que no temo que me hagan daño? Me gusta no ser capaz de controlar lo que digo.
Aunque no he corrido mucho, ha sido lo suficiente para alejarme de los amigos de Justin.
No pueden verme, ni tampoco oírme.
— ¿Por qué te gusta Alice? — le pregunto antes de que todo empiece a darme vueltas. Me desplomo sobre la arena. — Es mala.
Se ofrece para ayudarme a ponerme en pie, pero me asusto y él se mete las manos en los bolsillos.
— Y, de todas formas, ¿a ti qué te importa? Me has dejado plantado.
— Tenía cosas pendientes…
— ¿Cómo qué? ¿Lavarte el pelo o hacerte la manicura?
Más bien que mi hermana me ha arrancado un mechón de pelo, y mi madre me ha echado la bronca por ello. Le clavo el dedo en el pecho.
— Eres un imbécil.
— Y tú una estúpida. — dice. — Una estúpida con una sonrisa fascinante y unos ojos que pueden hacerle perder la cabeza a un chico.
Hace una mueca mientras las palabras salen de su boca, como si quisiera volver a tragárselas. Esperaba que dijera un montón de cosas pero eso no. Especialmente eso. Me fijo en sus ojos inyectados en sangre.
— Estás drogado, Justin.
— Sí, bueno, tú tampoco pareces estar muy sobria. Quizás sea el momento perfecto para que me des ese beso que me debes.
— De ninguna manera.
— ¿Por qué no? ¿Temes que te guste tanto que acabes olvidando a tu novio?
¿Besar a Justin? Nunca. Aunque es algo que se me ha pasado por la cabeza. Muchas veces. Más de las que desearía. Sus labios son carnosos y tentadores. Oh, Dios, tiene razón. Estoy borracha. Y, definitivamente, no me siento bien. Se me ha pasado el atolondramiento y he empezado a delirar, porque estoy pensando en cosas en las que no debería pensar.
Como, por ejemplo, en lo mucho que deseo saber qué se siente al tener esos labios pegados a los míos.
— Está bien. Bésame, Justin. — digo, caminando hacia delante e inclinándome hacia él. — Así estaremos en paz.
Me agarra de los brazos. Eso es. Voy a besar a Justin Bieber, y voy a averiguar qué se siente. Es peligroso y se ríe de mí. Pero también es sexy, misterioso y guapo. Estar tan cerca de él me provoca tal excitación que empiezo a estremecerme y la cabeza me da vueltas. Meto el dedo dentro del pasador de su cinturón para mantener el equilibrio. Es como si estuviéramos subidos en el tiovivo de una feria.
— Vas a vomitar. — dice.
— Qué va. Estoy… disfrutando del paseo.
— No estamos paseando.
— Ah. — digo confusa. Suelto el pasador y me concentro en mis pies. Parece como si se levantaran solos, flotando sobre la arena. — Estoy un poco mareada, eso es todo. Pero estoy bien.
— Ni hablar.
— Si dejaras de moverte, me sentiría mucho mejor.
— No me estoy moviendo. Y odio tener que aguarte la fiesta, _____, pero estás a punto de vomitar.
Tiene razón. El estómago no deja de darme vueltas. Me tiene sujeta con la mano, mientras que con la otra me recoge el pelo, alejándolo de mi cara mientras me inclino y vomito.
No consigo que el estómago deje de darme vueltas. Estoy demasiado borracha como para que me importe estar vomitando delante de Justin Bieber.
— Anda, mira… — digo como puedo. — Mi cena está sobre tu zapato.
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