miércoles, 5 de febrero de 2014

Química Perfecta. Capítulo 38.

-Narra Justin-

— Sí. — responde _____. — ¿Y tú? ¿Has pensado alguna vez en hacer el amor conmigo?
Todas las noches sueño despierto, fantaseando con ella, con dormir a su lado… con hacerle el amor.
— Ahora mismo, no puedo pensar en otra cosa. — Miro el reloj. Pronto tendré que irme. A los traficantes de drogas no les importa mucho la vida sentimental de cada cual. No puedo llegar tarde, pero deseo tanto a ____… — Lo próximo que tendrás que quitarte será el abrigo. ¿Estás segura de que quieres seguir?
Me quito el otro calcetín. Lo único que me falta para quedarme completamente desnudo son los vaqueros y los bóxers.
— Sí, quiero seguir. — asegura, sonriendo de oreja a oreja, con sus preciosos labios rosados brillando bajo la luz. — Apaga las luces antes de que… me quite el abrigo.

Apago las luces del taller y la observo mientras se pone de pie sobre la manta y se desabrocha el abrigo con dedos temblorosos. Estoy en trance, sobre todo porque mientras lo hace, me mira con esos ojos claros llenos de deseo.
Cuando se abre lentamente el abrigo, no puedo apartar la mirada del regalo que oculta en su interior. Se acerca a mí, pero tropieza con un zapato.
La cojo a tiempo y la ayudo a recostarse sobre la suave manta. Entonces, me coloco encima de ella.
— Gracias por evitar que me caiga. — dice. Le cuesta respirar.
Le retiro un mechón de la cara y me pongo a su lado. Cuando ella me rodea el cuello con los brazos, lo único que deseo es protegerla durante el resto de mi vida. Le quito el abrigo y me alejo un poco para observarla. Sólo lleva puesto un sujetador de encaje rosa. Nada más.
— Como un ángel… — susurro.
— ¿Ha terminado el juego? — pregunta con nerviosismo.
— Sí, cariño. Lo que viene a continuación lo es todo menos un juego.
Apoya sus uñas perfectamente arregladas sobre mi pecho. ¿Sentirá los latidos de mi corazón con la palma de la mano?
— He traído preservativos… — susurra ella.
Si hubiese sabido… su hubiera imaginado que esta noche sería ‘’la noche’’, habría venido preparado. Supongo que no imaginaba que esto pudiera suceder de verdad con ___. Introduce la mano en el bolsillo del abrigo y una docena de preservativos se esparcen sobre la manta.
— ¿Tenías planeado hacerlo varias veces? — sonrío pícaramente.
Avergonzada, se cubre la cara con ambas manos.
— Sólo he cogido un puñado.
Le aparto las manos y froto mi mente contra la suya.
— Estoy bromeando. No seas tan tímida conmigo. — Cuando se deshace de la chaqueta, sé que me odiaré por tener que dejarla allí cuando me vaya. Ojala pudiéramos pasar juntos toda la noche. Y, sin embargo, sé que los deseos sólo se cumplen en los cuentos de hadas.
— ¿No vas… a quitarte los pantalones? — me pregunta, tranquila.
Ojala pudiera tomarme mi tiempo y hacer que esta noche durase para siempre. Es como estar de excursión en el paraíso, y saber que has de regresar al infierno. Le recorro el cuello y los hombros con mis besos, lentamente.
— Soy virgen, Justin. ¿Y si hago algo mal?
— Nada va a salir mal. Esto no es un examen de la Peterson. Sólo estamos tú y yo. El resto del mundo no importa ahora mismo, ¿vale?
— Vale. — contesta ella en voz baja.
Tiene los ojos brillantes. ¿Estará llorando?
— No te merezco. Lo sabes, ¿verdad?
— ¿Cuándo te darás cuenta de que eres un buen chico? — suelta, y al ver que no respondo, me obliga a acercar la cabeza a la suya. — Esta noche mi cuerpo es tuyo, Justin. — me susurra muy cerca de los labios. — ¿Lo deseas?
— No sabes cómo. — Mientras nos besamos, me deshago de los vaqueros y de los bóxers y la abrazo con fuerza, sintiendo la suavidad y el calor de su cuerpo contra el mío. — ¿Estás asustada? — le murmuro al oído cuando creo que está preparada. Yo lo estoy, y ya no puedo esperar más.
— Un poco, pero confío en ti.
— Relájate, preciosa.
— Lo intento.
— Esto no funcionará a no ser que te relajes. — le digo, apartándome un poco para coger uno de los preservativos con una mano temblorosa. — ¿Estás segura de esto?
— Sí, estoy segura. Te quiero, Justin. — confiesa. — Te quiero. — repite, esta vez casi con desesperación.
Quiero decirle cómo me siento, confesarle cómo ha llegado a convertirse en el centro de mi existencia. Pero no puedo. Soy incapaz de pronunciar palabra alguna.
Dejo que sus palabras fluyan a través de mí y me contengo. No quiero hacerle daño. ¿A quién pretendo engañar? Para una chica, la primera vez siempre es dolorosa, por muy cuidadoso que sea el chico.
— Hazlo. — ruega ella, notando mi vacilación. Así que obedezco. Entro en ella lo más suave y despacio que puedo, sintiéndome por fin dentro de ella. Pero cuando ahoga un gemido, deseo poder evitarle todo el dolor que siente.
Aspira por la nariz y se enjuga una lágrima que le resbala por la mejilla. No puedo soportar verla sufrir. Por primera vez desde que vi morir a mi padre, se me escapa una lágrima.
Ella me sujeta la cabeza entre las manos y me borra la lágrima con sus besos.
— Estoy bien, Justin.
Pero a mí no me lo parece. Tengo que hacer que sea perfecto. Porque puede que nunca tenga otra oportunidad y ella tiene que saber lo hermoso que puede llegar a ser este momento. Me concentro totalmente en ella, desesperado por convertirlo en algo muy especial.
Coloco las manos en su cintura, y me introduzco aún más dentro de ella. Me muevo despacio, dulcemente, mientras lucho contra los pequeños gemidos que salen sin permiso de mi boca.
Más tarde, la acerco hacia mí. Ella no tarda demasiado en llegar al orgasmo, cerrando los ojos y arqueando la espalda hacia mí, haciendo que me resulte imposible no besar sus pechos. Acaricio su perfecto cuerpo situado debajo de mí.
___ se acurruca entre mis brazos mientras yo le acaricio el pelo, ambos deseosos de alargar aquella intimidad todo el tiempo que podamos.
No puedo creer que haya compartido su cuerpo conmigo. Debería sentirme fascinado. Pero en lugar de eso, me siento como una mierda.
No podré proteger a ___ durante el resto de mi vida de los tipos que querrán estar con ella, verla como yo la he visto, tocarla como la he tocado hoy. No quiero dejarla marchar nunca.
Pero ya es demasiado tarde. No puedo perder más tiempo. Al fin y al cabo, ella no será mía para siempre, y yo no puedo fingir por más tiempo.

— ¿Te encuentras bien? — le pregunto.
— Sí. Más que bien.
— Tengo que marcharme. — le digo, mirando el reloj digital que hay poyado sobre una de las cajas de herramientas.
____ apoya la barbilla en mi pecho.
— Vas a renunciar a los American Blood, ¿verdad?
El cuerpo se me agarrota.
— No. — le digo con la voz cargada de angustia. Joder, ¿por qué me pregunta eso?
— Ahora todo es diferente, Justin. Hemos hecho el amor.
— Lo que hemos hecho ha sido genial. Increíble. Pero no cambia nada.
Ella se pone en pie, recoge su ropa y empieza a vestirse en un rincón.
— Entonces, ¿soy sólo otra chica que puedes añadir a la lista de tías con las que te has acostado?
— No digas eso.
— ¿Por qué no? Es la verdad, ¿no?
— No.
— No puedo. — Ojalá pudiera decirle otra cosa. Tiene que saber que las cosas siempre serán así. Tendré que dejarla plantada una y otra vez porque los American Blood no dejarán de reclamarme. ____, que me ama con el corazón y con el alma, es como una droga. Se merece algo mejor. — Lo siento. — le digo después de ponerme los pantalones. ¿Qué otra cosa puedo decire?
Ella aparta la mirada y camina hacia la salida del garaje como si fuera un robot.

Cuando oigo el chirrido de neumáticos, se me disparan todas las alarmas. Un coche se dirige hacia nosotros… el RX-7 de Lucky.
Esto no pinta nada bien.

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