miércoles, 5 de febrero de 2014

Química Perfecta. Capítulo 37.

-Narra ____ Ellis-

Estoy frente al Taller de Henrie, haciendo ejercicios de respiración para controlar los nervios. Sé que Justin está solo porque no veo el Camry del dueño del garaje por ningún lado.
Estoy decidida a seducirle.
Si lo que llevo puesto no llama su atención, nada lo hará. Voy a dar toda… voy a sacar toda la artillería. Llamo a la puerta, cierro los ojos y rezo para que todo salga tal y como tengo planeado.
Me abro la chaqueta de satén larga y plateada, y la fresca brisa nocturna me acaricia la piel desnuda. Cuando el chasquido de la puerta me alerta de la presencia de Justin, abro lentamente los ojos. Pero no son los ojos miel de Justin los que observan mi cuerpo semidesnudo. Es Henrie, que tiene la vista clavada en mi sujetador de encaje rosa y en mi falda de animadora, como si le acabara de tocar la lotería.
Muerta de vergüenza, me cubro con la chaqueta. Si también pudiera esconder la cabeza dentro de ella, lo haría.

— ¡Justin! — grita Henrie, estallando en carcajadas. — Una niña que pide caramelos pregunta por ti.
Es posible que tenga la cara de color rojo remolacha, pero estoy decidida a seguir adelante. Estoy aquí para demostrarle a Justin que no voy a abandonarle.
— ¿Quién es? — pregunta la voz de Justin desde el interior del garaje.
— Yo ya me iba. — me dice Henrie, pasando por mi lado. — dile a Justin que cierre el taller cuando se vaya. Hasta otra.
Henrie cruza la sombría calle mientras canturrea en voz baja.
— Henrie, ¿quién…? — La voz de Justin se desvanece cuando llega a la puerta del taller. Me mira con furia. — ¿Necesitas indicaciones para llegar a algún sitio en particular, o has venido para que te arreglen el coche?
— Ninguna de las dos cosas. — respondo.
— ¿Buscas caramelos en esta zona de la ciudad?
— No.
— Se acabó, nena, ¿lo entiendes? ¿Por qué sigues entrometiéndote en mi vida y atormentándome de este modo? Además, ¿no tendrías que estar en el baile de Halloween con algún tipo del instituto?
— Le he dejado plantado. ¿Podemos hablar?
— Mira, tengo un montón de trabajo por hacer. ¿A qué has venido? ¿Y dónde está Henrie?
— Se ha ido. — le informo, nerviosa. — Creo que le he asustado.
— ¿Tú? No lo creo.
— Le he enseñado lo que llevo debajo del abrigo.
Justin arquea las cejas.
— Déjame entrar antes de que acabe congelada aquí fuera. Por favor. — le suplico, mirando hacia atrás. La oscuridad ahora me parece aterradora y el corazón me late con fuerza. Me encojo bajo el abrigo. Tengo la piel de gallina y empiezo a temblar.
Justin deja escapar un suspiro, me conduce al interior del taller y cierra la puerta. Afortunadamente, hay un calefactor en medio del local. Me planto frente a él y empiezo a frotarme las manos.
— Mira, la verdad es que me alegro de que hayas venido. Pero, ¿no rompimos hace poco?
— Quiero que lo intentamos de nuevo. Fingir que sólo somos compañeros de laboratorio ha sido una tortura. Te hecho de menos. ¿Y tú a mí?
Parecen asaltarle las dudas. Ladea la cabeza, como si no estuviera muy seguro de haber oído bien.
— Sabes que aún estoy en los American Blood, ¿verdad?
— Lo sé. Aceptaré lo que me ofreces, Justin.
— Nunca podré cumplir con tus expectativas.
— ¿Y si te dijera que no tengo ninguna expectativa? — Aspira una profunda bocanada de aire y la suelta lentamente. Sé que esta reflexionando por que su expresión se ha vuelto muy seria.
— Voy a decirte algo. — dice finalmente. — Te quedarás mientras me termino la cena. No te preguntaré lo que llevas, o mejor dicho, lo que no llevas bajo el abrigo. ¿Trato hecho?
Sonrío con vacilación y me aliso el cabello con las manos.
— Trato hecho.
— No tienes que hacer eso por mí. — asegura, apartándome la mano suavemente del pelo. — Traeré una manta para que no te ensucies.

Espero hasta que saca una manta de lana de color verde de un armario. Nos sentamos sobre ella y Justin mira el reloj.
— ¿Quieres un poco? — pregunta, señalando la comida. Tal vez si como algo consiga tranquilizarme.
— ¿Qué es?
— Enchiladas. Mi madre las hace deliciosas. — explica, cortando un pedacito con el cuchillo y pasándomelo. — Si no estás acostumbrada a la comida picante…
— Me encanta el picante. — le interrumpo, metiéndomelo en la boca.
Empiezo a masticar, deleitándome con la mezcla de sabores. No obstante, al tragarlo la lengua me empieza a arder. En algún lugar remoto puedo distinguir el sabor, pero sigue picando mucho.
— Pica. — Es lo único que consigo articular mientras intento tragar.
— Te lo he advertido. — carcajea Justin mientras me pasa su baso. — Bebe. Es mejor la leche, pero sólo tengo agua.
Cojo el vaso. El líquido me enfría la lengua, pera cuando lo apuro siento que el fuego se reaviva.
— Agua… — imploro.
Justin rellena el vaso.
— Bebe lo que quieras, aunque no creo que sirva de mucho. Pronto se te pasará.
En lugar de beber, esta vez meto la lengua en el líquido y la dejo ahí.
— ¿Estás bien?
— ¿A ti qué te parece? — replico como puedo.
— Lo cierto es que resulta erótico verte así, con la lengua a remojo. ¿Quieres darle otro bocado? — pregunta con picardía, comportándose como el Justin de siempre.
— Ni en broma. — le espeto, aún con la lengua dentro del vaso.
— ¿Todavía te pica?
Aparto el vaso.
— Parece que tengo un millón de jugadores de fútbol clavándome las botas en la lengua.
— Oh… — se lamenta entre risas. — ¿Sabes? Una vez me dijeron que lo mejor para calmar el picor es besar a alguien.
— ¿Es lo único que se te ha ocurrido para insinuar que quieres besarme?
— Cariño, yo siempre quiero besarte.
— Me temo que no lo vas a conseguir tan fácilmente, Justin. Quiero respuestas. Primero las respuestas y después los besos.
— ¿Por eso has venido hasta aquí desnuda bajo esa chaqueta?
— ¿Quién dice que vaya desnuda? — le digo, acercándome a él.

Justin deja el plato sobre la manta. Si la boca me quema aún, apenas me doy cuenta. Ahora me toca a mí hacerme con el control de la situación.

— Juguemos a algo, Justin. Lo llamo ‘’Haz una pregunta y desnúdate’’. cada vez que formules una pregunta, tendrás que quitarte una prenda. Yo haré lo mismo.
— Calculo que me da para unas siete preguntas. ¿Cuántas tienes tú?
— Empieza, Justin. Acabas de hacer tu primera pregunta. — Él asiente con la cabeza y se quita uno de los zapatos. — ¿Por qué no empiezas con la camiseta? — le pregunto.
— Confío que sepas que acabas de hacer una pregunta. Creo que es un ejemplo…
— No es una pregunta. — insisto.
— Acabas de preguntarme por qué no empiezo por la camiseta. — dice con una sonrisa.
Se me acelera el pulso. Me bajo la falda de animadora y escondo las piernas bajo la chaqueta.
— Ahora sólo me quedan cuatro prendas. — Justin intenta mantenerse distante, pero en sus ojos distingo un deseo que no había visto hasta ahora. Y la estúpida sonrisa desaparece de su rostro en cuanto se pasa la lengua por los labios.
— Necesito un cigarrillo, es muy difícil dejarlo. ¿Has dicho cuatro?
— Eso ha sonado como una pregunta, Justin.
Él niego con la cabeza.
— No, listilla, no era una pregunta. Pero ha sido un buen intento. Veamos. ¿Cuál es la verdadera razón que te ha traído hasta aquí?
— Quería demostrarte cuánto te quiero. — respondo.
Justin parpadea un par de veces, pero no muestra emoción alguna. Esta vez se quita la camiseta y la deja a un lado, mostrando su torso bronceado y liso como una tabla.
Me arrodillo a su lado, esperando poder tentarle y hacerle perder el control.
— ¿Quieres ir a la universidad? Dime la verdad.
Él vacila un instante.
— Si mi vida fuera diferente, sí.
Me quito una sandalia.
— ¿Te has acostado alguna vez con Colin? — me pregunta.
— No.
Se quita el zapato derecho, sin dejar de mirarme en ningún momento.
— ¿Lo hiciste con Alice? — le pregunto yo.
Duda antes de contestar.
— No quieres saberlo.
— Sí que quiero. Quiero saberlo todo. Las mujeres con las que has estado, la primera persona con la que te acostaste…
Él se frota la nuca, como si le hubiera dado un tirón y quisiera alivia el dolor.
— Vaya, eso son muchas preguntas… — dice — Alice y yo… bueno, sí, nos acostamos. La última vez fue en abril. Por entonces, aún no sabía que me estaba engañando con otro tío. No recuerdo muy bien las aventuras anteriores a Alice. Atravesé un periodo de un año en el que me apetecía salir con una chica diferente cada semana. Y me acosté con la mayoría. Fue una tontería.
— ¿Usaste siempre protección?
— Sí.
— ¿Quieres contarme tu primera vez?
— Mi primera vez fue con Elisabeth.
— ¿Elisabeth? — pregunto, confusa. Justin asiente.
— No es lo que crees. Ocurrió el verano antes de entrar en el instituto, y ambos queríamos zanjar de tema de la virginidad y averiguar por qué todo el mundo le daba tanta importancia al sexo. Fue horrible. Yo estuve muy torpe y ella se pasó casi todo el tiempo riendo. Ambos llegamos a la conclusión de que no había sido muy buena idea intentarlo con alguien que era casi como un hermano. Vale, ya te lo he contado todo. Ahora, por favor, quítate la chaqueta.
— Aún no, nene. Si te has acostado con tantas chicas, ¿cómo sé que no has pillado ninguna enfermedad? Dime que te has hecho pruebas.
— Cuando me pusieron las grapas en el hospital, me hicieron varios análisis. Créeme, estoy sano.
— Yo también. Por si te lo estás preguntando… — Me quito la otra sandalia, contenta por no sentirme como una estúpida, ni que él se cabree por hacerle tantas preguntas. — Te toca.
— ¿Alguna vez has pensado en hacer el amor conmigo? — suelta, quitándose un calcetín mientras espera mi respuesta.

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