miércoles, 5 de febrero de 2014

Química Perfecta. Capítulo 32.

-Narra Justin-

— Necesito que me pongas al corriente de la situación con _____. — Dice Lucky mientras estamos pasando el rato fuera del almacén — Los chicos están haciendo apuestas, y la mayoría de ellos apuestan por ti. ¿Saben algo que yo no sé?

Me encojo de hombros y miro a Julia, resplandeciente tras el último lavado. Si mi moto pudiera hablar, me rogaría que la salvase de Lucky. Pero no estoy dispuesto a soltar información alguna sobre _____. Por lo menos, aún no.
Héctor se acerca a nosotros y echa a Lucky con la mano.
— Tenemos que hablar, Bieber. — dice con voz seria —. Sobre ese favor del que estuvimos hablando. La noche de Halloween, cogerás un coche de alquiler, lo llevarás al barrando e intercambiarás la mercancía. ¿Crees que podrás hacerlo?

Mi hermano tiene razón. La sangre de mi padre me corre por las venas. El trapicheo me asegurará el futuro en los American Blood, aunque ya sea mi derecho de nacimiento. Otros chicos heredan dinero o negocios familiares. Mi única herencia son los American Blood.

— No hay nada de lo que no pueda ocuparme — le aseguro con un nudo en el estómago. He mentido a ____ descaradamente. Se le iluminó la cara cuando habló de la posibilidad de que fuéramos juntos a la universidad. No pude decirle la verdad... no sólo voy a quedarme en los American Blood, sino que estoy apunto de hacer un trapicheo con drogas.
Héctor me da una palmada en la espalda.
— Este es mi hermano leal. Sabía que la sangre te tiraría más que el miedo. Somos compañeros, ¿no?
— ¡Claro! — respondo para que sepa que le soy leal, a él y la banda. No es el tráfico de drogas lo que temo, sino el final de todos mis sueños. Si doy este paso, habré cruzado la línea. Como hizo mi padre.
— Hola, Justin.
Ryan está a mi lado. No me he dado cuenta de que Héctor se ha marchado.
— ¿Qué pasa? — La conversación con Héctor me ha puesto de mal humor. No me apetece estar con nadie.
— Vamos a dar una vuelta.
No tengo ganas, pero tres minutos más tarde estoy en el asiento del copiloto de un coche rojo prestado.
— ¿Vas a decirme por qué quieres ir a pasear ahora? ¿O vas a mantener la intriga?
— En realidad, voy a mantener la intriga.
— No me fío. — le miro desconfiado.
— Los mejores amigos deben confiar el uno en el otro. — me sonríe inocente. Hay algo en esa sonrisa que no me gusta.

Permanecemos en el coche durante un rato, hasta que llegamos a un lugar que me resulta familiar. Demasiado. Es el lugar en el que... en el que mataron a mi padre.

— ¿Qué coño hacemos aquí, Ryan?
— Justin... ¿tú crees que yo haya nacido para jugar al golf?
Hago una mueca. Me entran ganas de pegarle un puñetazo. Me trae hasta el último lugar en el mundo en el que debería estar, para preguntarme gilipolleces.
— Sinceramente, no.
— Vale. Sé que has hablado con Héctor. Yo tampoco creo que hayas nacido para traficar con drogas.
— ¿Por eso estamos aquí? ¿Intentas demostrarme algo?
— Escúchame. — Insiste Ryan, quitando las llaves del coche y guardándolas en su bolsillo. — No pienso moverme de aquí hasta que haya dicho lo que pienso, así que más vale que escuches lo que tengo que decirte. No soy tan inteligente como tú. No tengo muchas opciones en la vida, pero tú eres lo suficientemente listo como para ir a la universidad, y convertirte en médico, informático o algo así. Igual que yo no he nacido para jugar al golf, tú no has nacido para traficar con drogas. Deja que haga el intercambio por ti.
— Ni lo sueñes, bro. Sé lo que tengo que hacer.
— _____ está muy buena. ¿Piensa ir a la universidad? — Sé lo que pretende Ryan. Por desgracia, mi mejor amigo es transparente como el cristal.
— Sí. A la de Colorado.
Para estar cerca de su hermana, por la que se preocupa más que por sí misma. Ryan silba.
— Seguro que va a conocer a un montón de tíos en Colorado. Ya sabes, chicos de verdad, con sombreros de Cowboy. — Me pongo tenso. No quiero pensar en eso. Ignoro a Ryan hasta que pone en marcha el coche.
— ¿Cuándo vas a dejar de meter las narices en mis asuntos? — le pregunto.
— Nunca — dice entre risitas.
— Entonces, supongo que no te importará que yo me entrometa en los tuyos. ¿Qué ocurre entre Eli y tú?
— Nos divertimos una noche. Eso es todo.
— Eso dices tú, pero creo que ella no piensa lo mismo.
— Sí, bueno, pero ese es su problema. — Ryan enciende la radio, y pone la música a todo volumen. Nunca ha salido con nadie porque le da miedo involucrarse demasiado. Ni siquiera Eli conoce los abusos que ha sufrido en su casa. En serio, entiendo las razones por las que mantiene las distancias con las chicas que le importan. Porque la verdad es que, a veces, si te acercas demasiado al fuego, acabas quemándote.

-Narra ____ Ellis-

— Ryan, ¿qué haces aquí?
La última persona a la que esperaría encontrar en la puerta de mi casa es al mejor amigo de Justin.
— Tengo que hablar contigo.
— ¿Quieres entrar?
— ¿Estás segura de que no pasa nada? — pregunta, nervioso.
— Desde luego.
Bueno, probablemente mis padres no opinen lo mismo, pero a mí me parece bien. De todos modos estoy cansada de fingir, de temer la ira de mi madre. Este chico es el mejor amigo de Justin, y me acepta como soy. Estoy segura de que no le ha resultado fácil decidirse a venir hasta aquí. Abro la puerta de par en par y dejo entrar a Ryan. Si me pregunta sobre Elisabeth, ¿qué le digo? Ella me hizo prometerle que guardaría su secreto.
— Esto, yo... venía a hablar de Justin.
Me alivia saber que Ryan no está aquí para preguntarme por Eli, aunque por la seriedad de su expresión no sé si debería empezar a preocuparme.
Le acompaño a través de la casa. Pasamos al lado de Shelley, que está en el salón leyendo una revista.
— Shelley, este es Ryan. Es amigo de Justin. Ryan, esta es mi hermana, Shelley.
Al oír el nombre de Justin, Shelley suelta un grito de alegría.
— Hola, Shelley. — dice Ryan.
— Shelley, necfesito que me hagas un favor. — Mi hermana sacude la cabeza en respuesta mientras susurro. — Necesito que mantengas ocupada a mamá mientras yo hablo con Ryan.
Shelley sonríe, sé que no me fallará.

Miro a Ryan con cautela mientras nos dirigimos al exterior para disponer de algo de intimidad, a salvo de la curiosidad de mi madre.
— ¿Qué pasa?
— Justin necesita ayuda. A mí no me va a escuchar. Están tramando un importante intercambio de drogas y han elegido a Justin para dirigirlo todo.
— Pero él nunca se metería en eso. Me lo prometió.
La mirada de Ryan me dice que él no lo tiene tan claro.
— He intentado hacerle entrar en razón. — continúa Ryan. — El problema es que... se trata de traficantes importantes. Hay algo que me huele mal, _____. Héctor está obligando a Justin a hacerlo, y te juro que no sé por qué.
— ¿Y qué puedo hacer yo? — le pregunto.
— Dile a Justin que encuentre el modo de librarse. Sólo él puede ayudarse a sí mismo.
¿Decírselo? Justin no soporta que nadie le diga lo que tiene que hacer. Aunque tampoco me lo imagino accediendo a traficar con drogas.
— ¡_____, la cena ya está fría! — grita mi madre desde la ventana de la cocina. — Y tu padre acaba de llegar. Cenemos como una familia por una vez.
El sonido de un plato estrellándose contra el suelo hace que mi madre vuelva a entrar en casa. Un movimiento muy inteligente por parte de Shelley, sin duda.
Aunque no debo utilizarla para no contarle la verdad a mis padres.

Entramos en la cocina y le doy un beso a mi padre en la mejilla.
— ¿Quién es tu amigo? — pregunta con cautela.
— Ryan, te presento a mi padre. Papá, este es mi amigo Ryan.
— Hola. — dice Ryan, algo rojo.
Mi padre asiente con la cabeza.
Mi madre hace una mueca.
— Ryan y yo tenemos que irnos.

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