miércoles, 5 de febrero de 2014

Química Perfecta. Capítulo 30.

-Narra ____ Ellis-

— ____, por favor, explícame otra vez por qué hemos de recoger a Justin para que nos acompañe al lago Ginebra. — me pide Sierra.
— Mi madre me ha ordenado que no le vea fuera del instituto, así que el Lago Ginebra es el lugar perfecto para salir con él. Allí nadie nos verá.
— Excepto nosotros.
— Pero vosotros no vais a chivaros, ¿verdad?
Pillo a Doug haciendo una mueca. Al principio me pareció buena idea. Salir en pareja a pasar el día al Lago Ginebra podía ser algo divertido. Bueno, al menos cuando Sierra y Doug se recuperen de la conmoción inicial que les provocará la visión de Justin y yo juntos.
— Por favor, ya no me molestéis más con esto.
— Ese tío en un perdedor, ____. — declara Doug mientras llega al aparcamiento del instituto, donde Justin debe de estar esperándonos. — Es tu mejor amiga, Sierra. Hazla entrar en razón.
— Lo he intentado, pero ya la conoces. Es muy cabezona.
Dejo escapar un suspiro.
— ¿Podéis dejar de hablar de mí como si no estuviera delante? Me gusta Justin. Y yo le gusto a él. Quiero darle una oportunidad.
— ¿Y cómo pretendes hacerlo? ¿Vais a mantener en secreto vuestra relación? ¿Toda la vida? — pregunta Sierra.

Afortunadamente, ya hemos llegado, así que no tengo que responder. Justin está sentado en el bolsillo, junto a su moto, con las piernas estiradas. Estoy nerviosa, y al abrir la parte de atrás, me muerdo el labio inferior.

Cuando ve a Doug conduciendo y a Sierra a su lado, se le tensa la mandíbula.

— Entra, Justin.
Me echo a un lado para dejarle sitio.
— No creo que sea muy buena idea — dice, asomando la cabeza.
— No seas tonto. Doug ha prometido que se portará bien. ¿No es cierto, Doug?
Aguanto la respiración hasta oír la respuesta.
Doug asiente con la cabeza en un gesto que demuestra poco interés.
— Claro. — asegura impasible.
Estoy segura de que si Justin fuera otro chico, se largaría de aquí. Pero toma asiento a mi lado.
— ¿A dónde vamos? — pregunta.
— Al Lago Ginebra. — respondo. — ¿Has estado allí antes?
— No.
— Está a una hora de camino. Los padres de Doug tienen una cabaña.

El trayecto me recuerda más al ambiente propio de una biblioteca que a otra cosa. Nadie pronuncia ni una palabra. Cuando Doug se detiene a repostar, Justin sale del coche, se aleja y se enciende un cigarrillo.
Me hundo en el asiento. Hasta ahora, el día no se parece en nada a cómo lo había imaginado. Sierra y Doug suelen ser muy divertidos cuando están juntos, pero ahora mismo parece que se dirigen a un funeral.

— ¿Os importaría intentar al menos mantener una conversación? — ruego a mi mejor amiga. — Puedes tirarte horas enteras hablando, y ahora no puedes articular ni dos palabras seguidas delante del chico que me gusta.
Sierra se vuelve sobre su asiento.
— Lo siento. Es que… ____, te mereces algo mejor. Mucho mejor. — dice, acentuando en ‘mucho’.
— ¿Te refieres a Colin?
— A cualquiera.

Justin entra en el coche y le lanzo una tímida sonrisa. Pero él no me corresponde. Le cojo la mano y no me devuelve el apretón, aunque por lo menos tampoco la aparta.
Cuando salimos de la gasolinera, Justin interviene.
— Tienes un neumático suelto. ¿Oyes ese ruido en la parte posterior izquierda?
Doug se encoge de hombros.
— Lleva así un mes. No es gran cosa.
— Para en el arcén y te lo arreglo. — sugiere Justin. — Si se suelta en mitad de la autopista, estaremos bien jodidos.
Estoy segura de que Doug no quiere confiar en el análisis de Justin, pero después de un kilómetro y medio, acaba deteniéndose a un lado de la carretera, aunque a regañadientes.
Se vuelve hacia Justin.
— Vale, crack. Arréglame el coche.
Justin y Doug salen del coche.
Cuando salgo, Justin está sacando las herramientas del maletero.
Después de levantar el coche con el gato, Justin sujeta la llanta entre las manos. Doug tiene los brazos en jarras y la mandíbula apretada en un gesto desafiante.

— Thompson, ¿qué diablos te pasa?
— No me caes bien, Bieber.
— ¿Crees que tú me haces mucha gracia? — espeta Justin, mientras se arrodilla junto a la llanta y empieza a apretar los tornillos.

Un coche se detiene a nuestro lado con un chirrido de ruedas. Hay cuatro chicos dentro, dos delante y dos detrás. Justin les ignora mientras baja el coche con el gato y lleva las cosas al maletero.

— ¡Eh, nenas! ¿Qué os parece si dejáis plantados a esos perdedores y os venís con nosotros? Os enseñaremos qué es divertirse de verdad. — grita uno de ellos a través de la ventanilla.
— ¡Vete a la mierda! — exclama Doug. Uno de los chicos sale del coche y avanza hacia él. Sierra grita algo, pero en ese instante no oigo sus palabras. Estoy demasiado absorta mirando a Justin, que se ha quitado la camiseta y se ha interpuesto entre el chico y Doug.
— Apártate de mi camino. — ordena el tipo. — No caigas tan bajo por defender a este capullo niño rico.
Justin se planta frente al chico con la llanta de hierro firmemente sujeta en la mano.
— Si jodes al ricachón, estás jodiéndome a mí. Así de simple. ¿Lo pillas, amigo?
Otro chico sale del coche. Estamos metidos en un buen lío.
— Chicas, coged las llaves y meteos en el coche. — ordena Justin con un tono de voz confiado.
— Pero…
Su mirada transmite una serenidad casi letal. Oh, Dios… va totalmente en serio.
Doug le lanza las llaves del coche. ¿Y ahora qué? ¿Se supone que tenemos que quedarnos sentaditas en el coche y ver cómo se pelean?
— No, yo no voy a ningún sitio. — digo.
— Y yo tampoco. — añade Sierra.
Uno de los chicos del otro coche asoma la cabeza por la ventanilla.
— ¿Justin, eres tú?
Justin se relaja.
— ¿Tiny? ¿Qué haces tú con estos imbéciles?
El chico que responde al nombre de Tiny les dice algo a sus compinches, quienes no tardan en volver al coche. Casi parecen aliviados por no tener que enfrentarse a Justin y Doug.
— Dime tú primero qué haces con esta panda de niños pijos. — dice Tiny.
— Lárgate de aquí. — ríe Justin.
Una vez que todos estamos de nuevo en el coche, Doug se dirige a Justin.
— Gracias por cubrirme las espaldas.
— No pasa nada. — murmura Justin.

Nadie vuelve a romper el silencio hasta que llegamos a orillas del Lago Ginebra. Doug aparca delante de un bar para comer algo. Dentro, Sierra y yo pedimos unas ensaladas, mientras Doug y Justin optan por las hamburguesas.
Tras acabar de comer, paseamos por la calle Main. Justin me coge de la mano y no puedo pensar en nada más que no sea estar allí con él.

— Mirad, hay una nueva galería.¿Qué os parece si entramos? — dice Sierra.
— Genial — exclamo.
— Yo me quedaré fuera. No me van mucho las galerías. — añade Justin cuando cruzo al otro lado con Sierra y Doug.
Sé que no es verdad. ¿Cuándo entenderá que no tiene por qué cumplir con la etiqueta que todos le han colocado? Si entrara, se daría cuenta de que se siente tan a gusto en la galería como en el taller de su primo.
— Vamos. — insisto, tirando de él. Sonrío cuando entramos en la galería.
Doy una vuelta con Justin, que camina con rigidez a mi lado.
— Relájate. — le digo.
— Para ti es fácil decirlo… — murmura.

-Narra Justin-

Llevarme a una galería no es la mejor idea que ha tenido. Cuando Sierra se lleva a ____ para enseñarle una pintura, me siento completamente fuera de lugar.
Deambulo por el local y estudio la mesa en la que se extiende la comida, pero, por suerte, ya hemos comido. De hecho, no sé quién puede llamar comida a esto. Tengo la sensación de que alguien debería meter el sushi un rato en el microondas para que fuera comestible. También hay sándwiches del tamaño de una moneda.

— Nos hemos quedado sin wasabi.

Todavía estoy concentrado identificando el surtido de comida cuando alguien me da un golpecito en la espalda. Me doy la vuelta y veo a un hombre bajito y rubio. Me recuerda a Cara Burro, y rápidamente me entran ganas de apartarlo de un empujón.

— Nos hemos quedado sin wasabi. — repite.
Le respondería si supiera qué coño es el wasabi. Pero no tengo ni idea, de modo que no me inmuto. Y eso me hace sentir como un idiota.

— ¿No hablas mi idioma?

Aprieto con fuerza las manos. ‘’Sí, hablo tu idioma, imbécil. Pero la última vez que estuve en clase de lengua, no nos explicaron qué significa la palabra ‘’wasabi’’. En lugar de responder, ignoro al tipo y me acerco a una de las pinturas para observarla de cerca. Una chica y un perro caminando por lo que parece una chapucera imitación de la Tierra.

— Aquí estás — ____ se acerca. Doug y Sierra van detrás de ella.
— ____, este es Perry Landis. — anuncia Doug, señalando al tipo que se parecía a Colin. — el artista.
— ¡Ay, madre! ¡Tu obra es increíble! — exclama ____ con efusividad.
Ha dicho ‘’ay madre’’ como si fuera una idiota. ¿Está riéndose de mí o qué?
El tipo mira su pintura por encima del hombro de ___.
Perry la rodea con el brazo y siento la tentación de darle una paliza, aquí, en medio de la galería.
— Se ve que eres una chica muy profunda.
Profunda, sí, claro. Lo que quiere es llevársela a la cama… y es algo que no hará si yo estoy aquí.
— Justin, ¿qué opinas del cuadro? — pregunta ella, volviéndose hacia mí.
— Bueno… — me froto la barbilla mientras observo fijamente la pintura. — Te doy un dólar por la colección entera, dos como mucho.
Sierra abre los ojos de par en par y se cubre la boca con la mano, conmocionada. Doug se ha atragantado con la bebida. ¿Y ____? Miro a mi nueva chica mientras espero su respuesta.
— Justin, le debes una disculpa a Perry. — suelta ____.
Sí, después de que él se disculpe por preguntarme por el maldito wasabi.
— Me largo de aquí. — contesto, antes de darles la espalda y salir por la puerta de la galería. Se acabó.

Ya fuera, enciendo un cigarrillo. Lo único en lo que puedo pensar es en la expresión de ____ cuando me ha ordenado que me disculpe.
No se me da muy bien obedecer órdenes.
Maldita sea, no me ha hecho ninguna gracia ver cómo el capullo del artista ha rodeado a mi chica con el brazo. Estoy seguro de que todos, de una manera u otra, quieren lo mismo: alardear de que han podido tocarla. También lo deseo yo, pero la quiero para mí solo. No me apetece que me dé órdenes como si fuera un cachorrito.
Es obvio que esto no está saliendo como se suponía.

— ¡Justin! — grita ____ desde la puerta.
Le doy una calada más al cigarro y procuro no pensar en el hecho de que ___ ha organizado esta excursión para poder ocultar su sucio secretito. Y ya estoy harto de ser un maldito secretito.
Mi medio novia cruza la calle. Los tacones de sus zapatos de diseño resuenan en la acera y me recuerdan que ella pertenece a una clase superior a la mía. Me observa.
Doy otra calada al pitillo, deseando que ___ no me provocara tanto como lo hace.

— Vuelve a la galería, cariño. Me vuelvo a casa en autobús.
— Pensaba que íbamos a pasar un día agradable juntos, Justin, en una ciudad donde nadie nos conoce. ¿No te apetece ser anónimo de vez en cuando?
— ¿A qué llamas agradable, a ese pedazo de idiota que se hace llamar artista, me tome por ayudante de camarero? Prefiero que me conozcan como un pandillero que como un camarero de un lugar como ese.
— Ni siquiera le das una oportunidad a todo esto. Si te relajaras y cambiaras el chip, encajarías bien. Puedes ser uno más.
— Todo el mundo es falso. Incluso tú. Despierta, señorita ‘’¡Ay mi madre!’’. No quiero ser uno de ellos, ¿lo entiendes?
— Alto y claro. Para tu información, yo no soy falsa. Puedes llamarlo así si quieres, pero nosotros lo llamamos ser considerados y educados.
— En tu círculo social, no el mío, donde lo llamamos por su nombre. Y nunca vuelvas a ordenarme que me disculpe como si fueras mi madre. Te lo juro, ____, la próxima vez que lo hagas habremos acabado.

Mierda. Se le han puesto los ojos vidriosos. Cuando me da la espalda, deseo darme una colleja por haberla herido. Tiro el cigarrillo al suelo.

— Lo siento, no pretendía ser un imbécil. Bueno, sí. Pero sólo porque no me siento cómodo aquí.
Ella no me mira. Tiendo la mano para acariciar su espalda y me alegro de comprobar que no se aparta de mí.
— ____, me encanta salir contigo. Joder, cuando voy al instituto te busco por los pasillos. Cuando veo esos mechones dorados y angelicales — le explico, deslizando los dedos entre su melena — , sé que puedo seguir adelante sin problemas.
— No soy un ángel.
— Para mí lo eres. Si me disculpas, regresaré y me disculparé ante ese artista.
— ¿De verdad? — pregunta con los ojos muy abiertos.
— Sí. No quiero hacerlo pero lo haré… por ti.
Sus labios esbozan una tímida sonrisa.
— No hace falta. Me gusta que digas que lo harías por mí, pero tienes razón. Se ha portado como un imbécil.
— ¡Aquí estáis! — dice Sierra. — Os hemos buscado por todas partes, tortolitos. Pongámonos en marcha y vayamos ya a la cabaña.

En cuanto llegamos, Doug se frota las manos.
— ¿Bañera de hidromasaje o película? — pregunta.
Sierra se acerca a la ventana que da al lago.
— Me voy a quedar dormida si ponemos una película.

Sentado junto a ____ en el sofá del salón, me quedo alucinando ante el hecho de que esta gigantesca casa sea la segunda residencia de Doug. Es más grande que la mía. ¿Una bañera de hidromasaje? Vaya, esta gente tiene de todo.

— No he traído bañador. — digo.
— No te preocupes. — contesta ____ — Seguramente Doug pueda prestarte uno de los que guarda en la casita de la piscina.

En la casta, Doug busca uno en los armarios.

— Sólo hay dos. — dice, entregándome un minúsculo bañador. — ¿Crees que te cabrá, grandullón?
— ¿Por qué no te pones tú este y yo cojo el otro? — sugiero y me acerco al armario, para sacar un bañador tipo bóxer. Reparo en que las chicas han desaparecido. — ¿Dónde se han metido?
— Han ido a cambiarse. Y a hablar de nosotros, estoy seguro.

Me cambio en un pequeño vestuario mientras pienso en la vida de mi barrio. Aquí, en el Lago Ginebra, es fácil olvidarse de eso durante un rato. No tengo que preocuparme de quién está cubriéndome las espaldas. Cuando salgo del vestuario, Doug se acerca a mí.
— ¿Eres consciente de que ____ va a tener que tragar mucho para salir contigo? La gente ya está empezando a hablar.
— Escucha, Douggie. Me gusta esta chica más de lo que me ha gustado nadie en toda mi vida. No estoy dispuesto a dejarla escapar. Empezaré a preocuparme de lo que piense la gente cuando esté a dos metros bajo tierra.
Doug sonríe y extiende los brazos.
— Eh, Bieber, creo que acabamos de compartir un momento de amistad. ¿Quieres celebrarlo con un abrazo?
— Ni de coña, Thompson.
Él me da una palmada en la espalda y luego nos dirigimos a la bañera de hidromasaje. A pesar de todo, creo que tiene razón. No sé si hemos dado un paso hacia la amistad, pero por lo menos nos entendemos bien. Sea lo que sea, no estoy dispuesto a abrazarle.
— Muy sexy, cariño. — dice Sierra mirando el minúsculo bañador.
Doug camina como un pingüino e intenta que el bañador no le moleste demasiado.
— Te juro que me quitaré esto en cuanto me meta en la bañera. Me está estrangulando los…
— No entres en detalles. — interviene ____, tapándose los oídos con las palmas de las manos.
Lleva un bikini rosa que deja muy poco a la imaginación. ¿Acaso no es consciente de que parece una hermosa flor, capaz de alegrarle la vida a todo aquel que se fije en ella?
Doug y Sierra se meten en la bañera.
Yo me cuelo de un salto y me siento junto a _____. Es la primera vez que me meto en una bañera de hidromasaje y no conozco el protocolo. ¿Vamos a sentarnos aquí a hablar o a separarnos en parejas para besarnos? Preferiría la segunda opción, pero ____ parece nerviosa.
Sobre todo cuando Doug lanza su bañador fuera del agua.
— Ya te vale, tío. — digo, haciendo una mueca.
— ¿Qué? Me gustaría tener niños algún día, Bieber. Y esa cosa me estaba cortando la circulación.
____ sale de la bañera y se tapa con una toalla.
— Vayamos dentro, Justin.
Cuando salgo de la bañera, ____ me pasa una toalla. La rodeo con un brazo mientras caminamos hacia la cabaña.
— ¿Te encuentras bien?
— Claro. Pensaba que estabas enfadado.
— Estoy genial. Pero… ver esta casa, esta vida… quiero estar aquí contigo, pero miro a mi alrededor y me doy cuenta de que esto nunca será mi mundo.
— Piensas demasiado. — Se arrodilla en la alfombra y da una palmadita para invitarme a que me siente a su lado. — Ven aquí y túmbate bocabajo. Sé dar masajes suecos, te relajará.
— Pero tú no eres sueca.
— Sí, ya, y tú tampoco. Así que si lo hago mal, no te darás cuenta.
Sonrío y me tumbo a su lado.
— Pensaba que íbamos a tomárnoslo con calma. — digo pícaramente.
— Un masaje en la espalda es inofensivo.
Recorro con la mirada el bikini que le marca un cuerpo de escándalo.
— Tengo que confesarte que he intimado con chicas que llevaban mucha más ropa de la que llevas ahora.
— Compórtate. — Me da un golpecito en el trasero.
Cuando sus manos tocan mi espalda, dejo escapar un gemido. Dios, esto es una tortura. Estoy intentando portarme como es debido, pero me encanta el contacto de sus manos. La siento sentada encima de mí, y mi cuerpo parece cobrar vida propia.
— Estás tenso. — me susurra al oído.
Después de unos minutos de masaje, empiezan a oírse fuertes gemidos, suspiros y gruñidos que vienen de la bañera de hidromasaje y que se cuelan en nuestra habitación. Es obvio que Sierra y Doug se han saltado el masaje de espalda.
— ¿Te pone cachondo? — canturrea en voz baja y sensual junto a mi oído.
— No, pero si sigues masajeándome así, olvídate de todo ese rollo de ir despacio. — Me siento y la miro a la cara. — Lo que no logro entender es si me provocas y me tientas a propósito, o si realmente eres inocente.
— No intento provocarte.
Enarco una ceja mientras sonrío pícaro, y bajo la mirada hacia la parte superior de mi muslo, donde ella ha apoyado su mano. La aparta bruscamente.
— Vale, no pretendía poner la mano ahí. Bueno, quiero decir que lo he hecho sin darme cuenta. Solo que… lo que… lo que quiero decir es que…
— Me encanta cuando tartamudeas. — admito mientras la acerco y comienzo a besar su cuello, hasta que Doug y Sierra nos interrumpen.

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