—Me estás tomado el pelo, ¿verdad?
Lo miré fijamente, preguntándome si mi lado maniático del control podía manejar esto.
Su mano rozó mi mandíbula.
—Te prometo que iré despacio.
Negué con la cabeza y dejó caer su mano.
—No creo que pueda hacer esto.
—Sólo sujétate a mí. Será divertido.
—Justin...
—Bliss, confía en mí.
Respiré profundamente. Sabía que podía hacerlo.
Vamos, no era para tanto.
Sólo es que me daba miedo.
Vamos, Bliss.
Sólo tenía que apagar mi cerebro, como Kelsey dijo.
—Está bien, pero date prisa... antes de que cambie de opinión.
Su rostro cambio dándome una sonrisa con un rápido beso en mi sien.
—Qué chica.
Luego cuidadosamente colocó el casco sobre mi pelo y pasó una pierna por encima de su moto, ofreciéndome su mano. Me alejé de mis pensamientos y se la di. El asiento estaba encorvado así que a pesar de intentar incorporarme unos centímetros hacia atrás, me deslizaba hacia abajo, haciendo que mi cuerpo se presionara contra el suyo. Su mano se instaló en mi rodilla y sus dedos me rozaron suavemente, haciéndome sentir cosquillas.
—Sujétate.
Hice lo que me dijo y casi me da una aneurisma cuando pude sentir sus abdominales a través de su camisa. De repente, me di cuenta de que realmente estaba subida en una moto. Esto es una locura... Con el miedo que le tengo a la velocidad. Esto no iba a ser bueno. Entonces volví a la realidad. Yo era la que estaba observándolo desde atrás. Sabía que le echaría un vistazo a mi cuerpo y sabría que no era lo suficientemente buena. Demonios, podía sentir ese momento donde él se lamentaba de haberme llevado a su piso. Entonces, la mano sobre mi rodilla dio un pequeño tirón y aunque pensaba que no podríamos estar más cerca, lo estábamos.
No estaba presionada contra él. Estaba incrustada.
Mi pelvis estaba tan apretada contra su espalda que un vertiginoso mareo me atravesó. Y en ese mismo momento, arrancamos. Hundí mis manos en su cintura y la moto entera saltó, desviándose hacia un lado. Solté un pequeño grito. Justo en su oreja. Nos estabilizó y luego freno en una señal de stop.
—¿Todo bien?
Con mi cara enterrada en su hombro, me las arreglé para hablar. —Sí.
—Lo siento amor, soy poco delicado, eso es todo.
—Oh. —Aflojé los dedos que prácticamente estaban enterrándose en sus caderas.
Gracias a Dios que no podía ver mi cara en este momento. El rojo no me favorecía. Tomó mis manos y tiró de ellas para que estas se cruzaran sobre su estómago, y estuvieran envueltas alrededor de él.
—Mucho mejor. Démosle otra oportunidad.
Esta vez, cuando arrancó, no grité. Ganó velocidad lentamente y mantuve mi mejilla contra su espalda, con los ojos cerrados. Shakespeare seguía trabado en mi cabeza, por nuestra conversación anterior, y pensé en todo lo que sabía sobre él para mantener mi mente ocupada. Empecé con el soliloquio de Hamlet. Luego me trasladé al discurso del Día de San Crispín de Henry V. Estaba terminando el monólogo de Macbeth, cuando Justin me interrumpió.
—Realmente te gusta Shakespeare.
La mortificación se estaba convirtiendo en mi emoción por defecto. Supongo que no los estaba recitando en mi cabeza como pensaba.
—Oh, yo, um, simplemente memorizo muy fácilmente.
Con la mejilla aún contra su espalda, traté de calmar a mi corazón. Ahora que la moto no se movía, mi cerebro era libre para temerle a esa otra cosa en la que no había estado pensando últimamente.
Sexo.
Iba a tener sexo.
Con un chico.
Un chico caliente.
Un chico británico caliente.
O tal vez vomitaría de los nervios.
¿Qué si vomitaba sobre el chico británico caliente?
¿Qué si vomitaba sobre el chico británico caliente durante el sexo?
—¿Bliss?
Me moví hacia atrás, horrorizada y preguntándome si accidentalmente había hablado en voz alta otra vez.
—¿Sí?
—Podemos bajarnos de la moto cuando quieras.
—Oh. —Quité mis brazos tan rápidamente que casi perdí el equilibrio.
Afortunadamente, logré estabilizarme y lentamente me bajé de la moto.
Entonces mi pantorrilla rozó con el tubo de escape y empecé a gritar. Estaba caliente. Jodidamente ardiendo. Y ahora me picaba la piel.
—¿Bliss?
Sólo me había alejado de la moto un par de pasos cojeando para el momento en que Justin me alcanzó. A pesar de mis puños cerrados y de cómo me estaba mordiendo el labio para contener el dolor, mis ojos lagrimearon.
Sus manos ahuecaron mi cara primero y luego miró hacia la pierna en donde una brillante roncha roja estaba formándose alrededor de un centímetro por debajo de donde acababan los pantalones cortos.
—Oh mierda.
Mantuve mis labios fuertemente cerrados, sin saber si podía abrir la boca sin llorar. Justin rodeó mi cintura con su brazo y lancé los míos sobre sus hombros.
—Vamos, amor. Esperemos que ese cerrajero ya haya llegado.
Por primera vez, eché un vistazo alrededor y me di cuenta de dónde estábamos.
Estábamos en mi complejo de apartamentos.
¡Vivíamos en el mismo complejo de apartamentos!
Me debatí sobre si debería decir algo mientras me dirigía hacia su apartamento. Casi lo mencioné cuando pasábamos mi propio coche, pero luego me recordé a mi misma que esto se suponía que era una cosa de una sola noche. Vivía en un edificio más allá del mío. Gracias a Dios. ¿Qué si vivía justo al lado y tenía que verlo todos los días después de sin duda horrible sexo que iba a tratar de tener con él?
Llegamos a su puerta. Y estábamos sin cerrajero.
La piel de mi pantorrilla todavía se sentía caliente, como si estuviera de pie junto a una llama de fuego.
Me lanzó una mirada preocupada y luego sacó su móvil. Pulsó el botón de llamada dos veces, remarcando al último número que llamó.
Se alejó de mi para hablar y me apoyé pesadamente contra la pared junto a su puerta.
Claramente, no estaba destinada a tener sexo. Este era Dios diciéndome que mi destino era ser una monja e ir a un convento junto con toda esa mierda. Ya estaba delirando demasiado.
Justin regresó, e incluso frunciendo el ceño se veía magnífico.
—Malas noticias. El cerrajero se ha retrasado y no estará aquí hasta dentro de una hora.
Traté de no encogerme y fallé.
Se arrodilló y sus dedos recorrieron mi espinilla, deteniéndose a unos cuantos centímetros a la derecha de mi quemadura. Gracias a Dios me había depilado. Inhalo profundamente y expiró lentamente por la nariz. Cerró los ojos por un momento y luego asintió.
—Bien. Bueno, en ese caso tal vez deberíamos llevarte a urgencias.
—¿Qué? ¡No!
¿Qué diría Kelsey? Salí con el objetivo de tener relaciones sexuales y en su lugar terminaría en un hospital.
—Bliss, la quemadura no está demasiado mal, pero si no empiezas a tratártela, dolerá como el infierno.
Golpeé mi cabeza contra la pared y soplé el pelo suelto de mi cara. —No vivo lejos, podemos ir a mi casa.
—Oh, está bien.
Su sonrisa regresó fácilmente y por un breve segundo estuve demasiado inundada en otros sentimientos como para recordar el dolor.
Él continuó: —Vamos a tener que se cuidadosos al subirte de nuevo en la moto. No me gustaría que te quemaras otra vez.
Me mordí el labio inferior. —En realidad no tenemos que subirnos a la moto.
Arqueó una ceja graciosamente.
—Cuando dije que no vivo lejos, me refería a que vivo en el bloque de al lado.
Ambas cejas se elevaron y su sorpresa sólo duró un segundo antes de que una expresión diferente cruzara por su cara, esta era una más difícil de identificar lo que hizo que las mariposas en mi estómago comenzaran a tener convulsiones.
—Vamos a tu piso, entonces... vecina.
Mis rodillas se sentían débiles, y no sólo por el dolor.
Tragué saliva, pero mi boca aún estaba seca. No me rodeó con su brazo de nuevo, pero sus dedos tocaron mi espalda suavemente, y se quedaron allí mientras caminábamos.
Llegamos a mi apartamento en menos de un minuto. Su mano cayó en la parte baja de mi espalda mientras buscaba mis llaves, y por un segundo, me olvidé de lo que estaba buscando.
Llaves de mi apartamento.
En el cual él estaba a punto de entrar.
Conmigo.
A solas.
Para tener sexo.
Sexo.
Sexo.
Sexo.
Mis dedos se sentían rotos mientras intentaba y fallaba insertar la llave en la cerradura. Él no dijo nada. Tampoco tomó las llaves, lo que era bueno, porque eso me habría molestado totalmente. Puede que fuese mental, emocional y físicamente un desastre, pero no necesitaba que un hombre girase la llave por mí. Su mano se mantuvo calmada, gentilmente contra mi espalda hasta que logré abrir la puerta forzadamente.
Cuando entré en el oscuro pasillo, su mano no me siguió. Lo miré de nuevo, de pie y sus manos ahora estaban metidas casualmente en sus bolsillos. Su sonrisa era sincera y magnífica, para detener corazones. Pero parecía que no tenía intenciones de entrar. Eso era todo. Había cambiado de opinión, porque yo era un completo desastre. ¿Por qué más lo haría?
Tomé aire, recordándome a mi misma que era impresionante. No era insegura o tímida. Sólo era virgen, eso no es gran cosa. Y si alguna vez quería dejar de serlo, tendría que tener sexo.
—¿Esperas una invitación? —Pregunté, mirando de pie fuera de mi puerta—. ¿Esta es la parte en la que me dices que eres un vampiro?
Se rió entre dientes. —No, te prometo que la palidez es sólo porque soy británico.
—¿Entonces qué estás esperando? ¿Qué ha pasado con el chico que me hizo sentarme para averiguar su nombre y dejó muy claro que no quería que regresara con mi amiga?
Dio un paso, por lo que se situó en el marco de la puerta, y se recostó contra ella.
—Ese chico está intentando ser un caballero, porque por mucho que quiera entrar a tu casa y por mucho que quiera besarte, estás herida. Además, temo que en realidad no me quieres aquí.
—Querrás decir que él teme.
—¿Hmmm?
—Estabas hablando en tercera personas y luego cambiaste a primera...—Y yo me estaba desviando del tema.
—Sí, lo hacía.
—Y seguía sonriendo. ¿Qué significaba eso?—. Fue un placer conocerte Bliss.
Esta era una salida fácil si no quería seguir adelante con esto. Si quería que mi virginidad viera la luz del día... de nuevo. Empezaba a girarse y todo lo que tenía que hacer era dejarlo ir.
—¡Espera!
Sonrió con una pequeña y sospechosa sonrisa y levantó esa ceja otra vez. Respiré a través de mi miedo.
—Si él está intentando ser un caballero, ¿no debería quedarse y tratar de ayudar a la chica herida que no sabe nada sobre quemaduras de moto?
Sus ojos dejaron los míos para echarle un vistazo a mi pantorrilla, y luego alzo la mirada de nuevo, encontró mis labios en su lugar.
—La chica herida tiene razón. Sería una caballerosa cosa que debo hacer.
Luego entró en mi apartamento y cerró la puerta. La luz del pasillo desapareció, y nos quedamos a oscuras porque mi lámpara de techo se había quemado hace semanas, y todavía no la había remplazado.
Podía sentir el calor que irradiaba mientras se acercaba. Su mano una vez más se instaló en la parte baja de mi espalda y susurró en la oscuridad:
—Enséñame el camino, amor.
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