Tomé una respiración profunda.
Eres impresionante.
No lo creía, así que lo pensé otra vez.
Impresionante. Eres verdaderamente impresionante.
Me decía mentalmente delante del espejo tratando de convencerme a mi misma.
Si mi madre escuchara mis pensamientos, me diría que tenía que ser humilde, pero la humildad me había llevado a ninguna parte.
Bliss Edwards, eres una completa idiota.
Entonces, ¿cómo fue que terminé con veintidós años, y la única persona que conocía, que nunca había tenido relaciones sexuales?
Y ahora me encontraba en mi habitación, lamentando haber reunido el coraje para admitirlo a mi amiga Kelsey. Ella reaccionó como si le hubiese dicho que estaba escondiendo una cola debajo de mi falda triangular. Y supe antes de que su mandíbula, incluso, acabara cayendo, que se trataba de una idea horrible.
—¿En serio? ¿Es por Jesús? ¿Estás, como, guardándote para él?—El sexo parecía sencillo para Kelsey. Ella tenía el cuerpo de una barbie y el cerebro sexualmente cargado de una adolescente.
—No, Kelsey —dije—. Sería un poco difícil guardarme para alguien que murió hace más de dos mil años.
Kelsey se quitó la camisa y la tiró al suelo. Debí haber hecho alguna cara porque me miró y se rió.
—Relájate, Princesa Pureza, vamos a salir para conseguir que folles —Dijo la palabra ''folles'' curvando su lengua de tal forma, que me recordó a esos anuncios nocturnos de algunas cadenas de televisión para adultos a ciertas horas de la noche.
—Jesús, Kelsey.
Sacó una camisa que a mí me quedaba ajustada, por lo que sería francamente escandalosa en su estructura curvilínia.
—¿Qué? Dijiste que no era sobre Jesús. ¿Es que quieres ser monja?
Me resistí a la tentación de golpear mi mano en mi frente.
—No, no quiero ser monja. Y no es por Jesús, no lo es, no creo... quiero decir, voy a la iglesia y todo, bueno, a veces. Yo sólo... no lo sé. Nunca he estado tan interesada.
Hizo una pausa con la camisa nueva a medio camino sobre su cabeza.
—¿Nunca interesada? ¿En hombres? ¿Eres lesbiana o algo así?
Una vez oí a mi madre, que no podía entender porque estaba a punto de graduarme de la universidad sin un anillo en mi dedo, hacer a mi padre la misma pregunta.
—No Kelsey, no soy lesbiana o algo así, así que sigue poniéndote la camisa. No hay necesidad de caer sobre tu espada sexual para mí.
—Si no eres lesbiana y no quieres ser monja, entonces es sólo una cuestión de encontrar a la persona correcta, o debería decir... la espada sexual correcta.
Rodé los ojos. —¡Caramba! ¿Eso es todo? ¿Encontrar a la persona correcta? ¿Por qué nadie me lo dijo antes?
Se recogió el pelo rubio en una coleta alta, lo cual, de alguna manera, llamó la atención aún más a su pecho. —No me refiero a la persona correcta para casarse, cariño. Me refiero a la persona correcta para tener tu sangre bombeando ardientemente. Para hacerte apagar tu analítico, crítico e hiperactivo cerebro y pensar con el cuerpo en su lugar.
—Los cuerpos no piensan.
—¡Ves! —dijo—. Analítica. Crítica.
—¡Muy bien! Bien. ¿A qué bar vamos esta noche?
—Stumblelnn, por supuesto.
Gemí. —Un bar con mucha clase, eh.
—¿Qué? —Kelsey miró hacia mí como si me faltara la respuesta a una pregunta muy obvia—. Es un buen bar. Más importante aún, es un bar que a los chicos les gusta. Y desde que a nosotras nos gustan los chicos, es un bar que nos gusta.
Podría ser peor. Podría llevarme a un club.
—Está bien. Vamos. —Me paré, y me dirigí a la cortina que separaba mi dormitorio del resto del apartamento.
—¡Espera! Espera. —Agarró mi codo y me empujó tan fuerte que me caí otra vez en mi cama—. No puedes ir así.
Miré mi atuendo, una florida falda triangular y un top simple que enseña una buena cantidad de escote. Estaba guapa. Podría totalmente ligar con un hombre así vestida... tal vez.
—No veo el problema —dije.
Rodó los ojos, y me sentí como una niña. Odiaba sentirme como una niña, y casi siempre lo hacía cuando la conversación se volcaba hacia el sexo.
Kelsey dijo: —Cariño, ahora mismo pareces la adorable hermana de alguien. Ningún hombre quiere follar a su hermanita. Y si lo hace, no quieres estar cerca de él.
Sí, definitivamente me sentía como una niña de cinco años.
—Buena observación.
—Mmm... Suena como si estuvieras practicando como apagar ese hiperactivo cerebro que tienes. Buen trabajo. Ahora párate ahí y déjame hace mi magia.
Y por magia, se refería a tortura.
Después de probarme tres camisas que me hacían sentirme como una prostituta, unos pantalones que eran más como bragas vaqueras, y una falda tan corta que amenazaba con enseñar al mundo mi agujero del amor en caso de una brisa suave, nos conformamos con un apretado pantalón corto y alto, formal, pero no demasiado, y un top de encaje negro que destacaba, en contraste, con mi piel blanca pálida.
—¿Piernas depiladas?
Asentí con la cabeza.
—¿Otras... cosas... depiladas?
—Tanto como alguna vez van a estar, sí, ahora vamos.
Ella sonrió, pero no dijo nada.
—Está bien. Bien. ¿Condones?
—En mi bolso.
—¿Cerebro?
—Apagado. O al menos... disminuido, de alguna manera.
—Excelente. Creo que estamos listas.
Yo no estaba preparada. No, en absoluto.
Había una razón por la que no había tenido sexo todavía, y ahora lo sabía. Yo era una fanática del control. Era por eso que lo había hecho tan bien en la escuela toda mi vida. Me nombraron directora de escenario, nadie podría dirigir un ensayo de teatro como yo. Y cuando me daban la oportunidad de actuar, siempre estaba más preparada que cualquier otro actor en la clase. Pero el sexo... eso era lo contrario de control. Había emociones y atracción. No es mi idea de diversión.
—Estás pensando demasiado —dijo Kelsey.
—Mejor que no pensar lo suficiente.
—No, esta noche, no. —dijo ella.
Subí el volumen del iPad de Kelsey, tan pronto como llegamos al coche, así podía pensar en paz.
Podía hacerlo. Tenía que hacer esto. Era un problema que había que resolver, un tema que había que comprobar fuera de mi lista de tareas pendientes.
Era así de simple.
Simple.
Nos detuvimos frente al bar unos minutos más tarde, y la noche se sentía de todo, menos simple.
Mis pantalones eran demasiado apretados, mi camisa demasiado corta, y mi cerebro demasiado nublado. Quería vomitar.
No quería ser virgen. Eso ya lo sabía. No quería sentirme como la inmadura mojigata que no sabía nada sobre el sexo. Odiaba no saber las cosas. El problema era... tanto como no quería ser virgen, tampoco quería tener relaciones sexuales.
El enigma de los enigmas. Era como uno de esos cuadrados que parecen rectángulos, pero al final te preguntas si es un rectángulo que parece un cuadrado.
Kelsey estaba de pie frente a mi puerta, con los zapatos de tacón alto golpeando al tiempo que sus dedos, mientras que salía del coche. Dejé caer los hombros, intentando parecer tranquila, aticé mi pelo (a medias), y seguí a Kelsey hacia el bar.
Hice una línea recta hacia la barra, sentándome en un taburete, e hice señas al camarero. Era una posibilidad. Pelo rubio, estatura media, cara bonita. Nada especial, pero tenía algo. Podría ser bueno para simple.
—¿Qué puedo hacer por ustedes, señoritas?
Acento sureño. Sin duda una clase de chico de cosecha propia.
Kelsey embistió: —Necesitamos dos tragos de tequila para empezar.
—Que sean cuatro. —Grazné.
Silbó, y sus ojos se encontraron con los míos. —Ese tipo de noche, ¿eh? No estaba dispuesta a poner en palabras qué tipo de noche era. Así que dije: —Estoy buscando un poco de coraje líquido.
—Y yo estaría encantado de ayudar. —Me guiñó un ojo, y estaba apenas fuera del alcance de oír algo antes de que Kelsey rebotara en su asiento, diciendo: —¡Él es el indicado! ¡Él es el indicado!
Sus palabras me hicieron sentir como en una montaña rusa, al igual que el mundo acababa de dejar de girar y todos mis órganos estaban jugando a ponerse al día. Sólo necesitaba más tiempo para adaptarme. Eso es todo. Agarré el hombro de Kelsey, la obligué a tranquilizarse.
—Calma, Kels. Eres como un maldito chihuahua.
—¿Qué? Es una buena opción. Es guapo, agradable y, lo he visto mirar tu escote... dos veces.
Ella no estaba equivocada. Pero todavía no estaba tan interesada en dormir con él, por lo que supongo que no tenía que descartarlo, pero, seguro que sería un infierno mucho más fácil, si estuviese realmente interesada en el hombre con quien iba a acostarme.
Dije: —No estoy segura... simplemente no hay química. —Pude ver venir el poner los ojos en blanco, así que dije de una forma rápida—, todavía.
Cuando el camarero volvió con las bebidas, Kelsey pagó, y me llevé mis dos tragos a la boca antes de que ella entregara su tarjeta de crédito. Él se quedó por un instante, sonriéndome, antes de pasar a otro cliente. Le robé a Kelsey uno de sus tragos restantes y me lo bebí de una sentada.
—Tienes suerte de que esta es una gran noche para ti, Bliss. Normalmente, nadie se interpone entre mi tequila y yo.
Tendí mi mano y dije: —Bueno, nadie va a conseguir meterse entre estas piernas a menos que esté bien borracha, así que pásame el último.
Kelsey sacudió la cabeza, pero estaba sonriendo. Después de unos segundos, se rindió, y con cuatro tragos de tequila en mi sistema, la perspectiva del sexo parecía un poco menos tenebrosa.
Otro camarero se acercó, ésta era una chica, y pedí un Jack con coca cola para beber mientras me fundía en medio de todo este lío.
Una opción era el chico camarero, pero no se desocuparía de su trabajo hasta al menos las 2am. Era un manojo de nervios ya, así que si esto se prolongaba hasta altas horas de la mañana, acabaría largándome de aquí.
Había un hombre de pie junto a mí, que parecía moverse unos centímetros más cerca con cada trago que tomaba, pero tenía por lo menos cuarenta años. No, gracias.
Tomé un trago más de mi copa, dando gracias al camarero que fue pesado con el Jack, y examiné el bar.
—¿Qué te parece ese de ahí? —preguntó Kelsey, señalando a un chico en una mesa cercana.
—Demasiado pijo.
—¿Él?
—Demasiado hipster.
—¿Y ese?
—Arg, demasiado peludo.
La lista continuó hasta que estaba bastante segura de que esta noche era un fracaso. Kelsey sugirió ir a otro bar, que era lo último que quería hacer. Le dije que tenía que ir al baño, y esperaba que alguien atrapara su atención mientras no estaba para escaparme de sus quejas constantes. El baño estaba al fondo, más allá de la zona de piscina y dardos, detrás de una sección con algunas mesas redondas y pequeñas.
Fue entonces cuando me fijé en él. Bueno, técnicamente, noté primero el libro.Y, simplemente, no pude mantener la boca cerrada. —Si eso se supone que es una manera de obtener a las chicas, me permito sugerir trasladarte a una zona con un poco más de tráfico.
Él levantó la vista de su lectura, y de repente me pareció difícil tragar. Era sin duda el hombre más atractivo que había visto esta noche, y creo que en persona. Cabello castaño claro con una ondulación hacia arriba, ojos marrón claro, sólo el suficiente vello en la mandíbula para darle un toque masculino sin hacerle demasiado peludo, y una cara que podría haber hecho cantar a los ángeles. No me hacía cantar. Me hacía mirar boquiabierta. ¿Por qué me detuve? ¿Por qué siempre tengo que parecer idiota?
—¿Perdón?
Mi mente seguía procesando su perfecto pelo y sus brillantes ojos, así que me tomó un segundo decir: —Shakespeare. Nadie lee a Shakespeare en un bar a menos que sea una táctica para obtener chicas.
A lo que me refería era, que si se hubiera puesto un poco menos escondido y enseñara su preciosa cara al público de la entrada, Kelsey sería la primera en echarse encima de él.
Él no dijo nada por un largo rato, pero luego su boca se separó en una sonrisa reveladora, y no podía ser más perfecto, ¡dientes perfectamente alineados y blanquísimos!
—No es un truco, pero si lo fuera, me parece que estoy teniendo mucha suerte aquí.
Un acento. ¡Tenía acento británico! Dios mío, me estaba muriendo.
Respira.
Necesitaba respirar.
No lo pierdas, Bliss.
Puso su libro a un lado, pero no antes de marcar por donde iba.
Dios mío, realmente estaba leyendo Shakespeare en un bar.
—¿No estabas tratando de buscar chicas?
—No estaba.
Mi cerebro analítico no perdió su uso de tiempo pasado. Al igual que... él no había estado tratando de seducir a nadie, pero tal vez estaba tratando ahora.
Eché otro vistazo a él. Estaba sonriendo ahora —dientes prefectos y labios... labios carnosos en forma de corazón, barba de tres días en su mandíbula, que le daba un aspecto francamente delicioso. Si, yo era definitivamente seducible. Y pensé que era suficiente para enviarme al estado de shock.
—¿Cómo te llamas, amor?
¿Amor?
¡Amor!
Sigo muriendo, aquí.
—Bliss.
—¿Eso es una linea?
Me sonrojé color carmesí.
—No, es mi nombre.
—Bonito nombre para una chica encantadora.—El timbre de su voz, entró en ese registro grave que hizo que mi interior se rizara en sí mismo, era como si mi útero estuviese llevando un baile feliz en el resto de mis órganos. Dios, me estaba muriendo en la más larga, más tortuosa, y excitante muerte en la historia. ¿Era lo que siempre se sentía al estar excitada? No era de extrañar que el sexo hiciera que la gente haga cosas locas.
—Bueno, Bliss, soy nuevo en la ciudad, y ya me quedé fuera de mi apartamento. Estoy esperando a un cerrajero, en realidad, y he pensado en pasar el rato que me queda por aquí.
—¿Repasando Shakespeare?
—Intentándolo, al menos. Honestamente, nunca me ha gustado el tío casi nada, pero vamos a mantener esto como un secreto entre nosotros, ¿vale?
Estaba bastante segura de que mis mejillas se tiñeron aún más de rojo, si el calor saliendo de ellas era alguna indicación. De hecho, todo mi cuerpo se sentía como si estuviera en llamas. No estaba segura si era esa cara o el acento que tenía que me tenía a punto de arder espontáneamente delante de él.
—Pareces decepcionada, Bliss. ¿Eres fan de Shakespeare?
Asentí con la cabeza, porque mi garganta podría haberse cerrado. Arrugó la nariz en respuesta, y mis manos se morían de ganas de seguir la línea de la nariz hasta los labios. Me estaba volviendo loca. En realidad, certificablemente loca.
—¿No me digas que eres fan de Romeo y Julieta?
Ahora, esto. Esto era algo que podía discutir.
—Otelo, en realidad. Ese es mi favorito.
—Ah. Justa Desdémona. Leal y Pura.
—Yo, mmm... —me costó juntar mis pensamientos—. Me gusta la yuxtaposición de razón y la pasión.
—Soy fan de la pasión, por mí mismo. —Bajó su mirada y luego, recorrió el largo de mi forma. Mi columna hormigueó, hasta que sentí que podía estallar fuera de mi piel. —No me has preguntado mi nombre —dijo.
Me aclaré la garganta. Esto no podría ser atractivo. Yo era tan sociable como un cavernícola. Le pregunté: —¿Cuál es tu nombre?
Él inclinó la cabeza, y me miró pícaro.
—Quédate conmigo, y te lo diré.
No pensaba en otra cosa que el hecho de que mis piernas eran como gelatina, y sentándome me impediría hacer algo embarazoso, como pasar fuera del influjo de las hormonas, que estaban claramente liberando de todo en mi cerebro. Me hundí en la silla, pero en vez de alivio, la tensión incrementó a otro nivel.
Habló, y mis ojos se engancharon en sus labios. —Mi nombre es Justin.
¿Quién sabía que los nombres podían ser calientes también?
—Es un placer conocerte, Justin.
Se inclinó hacia delante apoyándose en los codos, y noté sus anchos hombros, y la manera en que sus músculos se movieron bajo la tela de su camisa. Entonces nuestros ojos conectaron, y el bar que nos rodeaba pasó de tenue a oscuro, mientras estaba atrapada por esos ojos.
—Voy a comprarte una bebida. —No estaba destinado a ser una pregunta. De hecho, cuando me miró, no había nada en él cuestionando en absoluto, sólo confianza—. Entonces podemos hablar un poco más sobre razón y... pasión.
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