sábado, 8 de junio de 2013

First Love. Capítulo 7.

Cuatro. 

Ese es el número de personas que me vieron escondida en la esquina de mi propio apartamento en tan sólo una falda y un sujetador. 

Once. 

Ese es el número de picaduras de mosquito que tengo en el cuerpo. 

Veintisiete. 

Es el número de veces que estuve tentada a hacerme daño físico porque soy una idiota.

Una. 

Ese es el número de veces que traté de no llorar, pero fracasé. 

Justin se quedó en mi apartamento por unos diez minutos después de que me fui. Mi mente parecía como un barril lleno de bebidas energéticas. ¿Qué estaba haciendo en mi apartamento? ¿Se estaba vistiendo reeeeeaaaalmente lento? ¿Miraba mis cosas? ¿Estaría destrozando mi casa porque había salido corriendo y lo dejé ahí como un imbécil? 

Cuando por fin salió, lo vi cerrar mi puerta, y luego hacer una pausa. Miró al número metálico del apartamento clavado en el revestimiento durante varios segundos. Luego sacudió la cabeza y se fue hacia su apartamento. 

Esperé hasta que ya no pude verlo, y luego esperé unos cinco minutos más para estar segura (seis picaduras más de mosquito y cuatro visiones de hacerme daño después). 

Tan pronto como entré, me acurruqué en mi cama. La misma cama en la que casi había tenido sexo. La misma cama en donde había querido tener sexo... más o menos. La misma cama que había ocupado un increíblemente sexy y desnudo chico británico. Tal vez acababa de saltar por un precipicio a la Ciudad Locura, pero juraría que el edredón todavía se sentía cálido donde su cuerpo había estado. Al igual que una completa psicópata, apoyé mi cara en la almohada y olfateé como las chicas en los libros y en las películas siempre hacían para ver si todavía podía captar su esencia. 

No pude. Y me sentí, otra vez, como una verdadera estúpida. 

Tampoco podía dormir en esta cama sin volverme loca. 

Moví la almohada al sofá, donde me senté aturdida, probablemente en shock. Por lo menos, pude asegurarme de que esto fue sólo una humillación privada. Nadie más tenía que saber lo patética que soy. Y, después de exponer mi límite esquizofrénico antes, estaba bastante segura de que me iba a evitar tan ávidamente como yo había planeado evitarlo a él. Podríamos vivir en el mismo complejo de apartamentos, pero, si por mí fuera, nunca tendríamos que vernos otra vez. 

***

La mañana llegó demasiado pronto, y me sentía rígida, de dormir en mi sofá de mierda, durante toda la noche. Además, mi cabeza latía como si realmente me hubiera pegado en la cara como había estado tentada a hacer anoche. 

Estúpida tequila. 

Me moví lentamente, arrastrándome al entrar y salir de la ducha a un ritmo mucho más lento de lo normal. Todavía tenía el pelo mojado cuando alguien llamó a mi puerta. Kelsey prácticamente se cayó sobre mí cuando abría la puerta, porque había estado tratando de echar un vistazo por la mirilla. 

Silenciosamente, sonrió y murmuró:  —¿Todavía está aquí? 
Suspiré y dije: —No, Kels, se ha ido. —Me alejé de ella, sosteniendo mi cabeza para tratar de detener las vueltas que me rodeaban. Dejé la puerta abierta y caminé lejos, sabiendo que ella habría entrado con si quiera una invitación. 
—Alguien está de mal humor esta mañana. ¿Qué pasa? ¿No te gustó? ¿Fue horrible? ¿La tenía pequeña? 
—¡No la tenía pequeña! —No es que tuviera mucho con qué compararla, pero estaba bastante segura de que ese no era el caso. 
—Oh, ¿así que sólo fue malo en la cama? 

Sólo debí de haberle dicho que no había llegado hasta el final con esto, pero la cabeza me latía y mi estómago se sentía revuelto, y no quería ser forzada a salir de nuevo esta noche para intentar algo con el chico número dos. 

Así que mentí.

—Él estuvo bien. Sólo tengo resaca. 
—¿Bien? ¡¿Bien?! Vamos, ¡ese chico era espléndido! Por favor, ¡al menos finge que te gustó tener a ese Dios griego en tu cama! 
—¡Claro que me gustó! —En mi cabeza sabía que me refería a la mayor sesión de besos de toda mi vida—. Él me gustó. 

Esas palabras salieron de mi boca antes de que pensara realmente en las consecuencias.

—¡Oh no!  —exclamó Kelsey—. ¡No, no lo hagas! Sé que fue el chico de tu primera vez y eso, pero eso no significa que tengas que enamorarte de él. Esto ha sido puramente físico, eso es todo. Si tratas de hacer algo estúpido como casarte con este chico, personalmente te arrastraré pataleando y gritando lejos del altar.
—¡No! Tienes razón, por supuesto. —Me encogí de hombros como si no fuera una gran cosa, pero mi garganta se encontraba seca y podía sentir la piel de mi cuello y de mis mejillas ponerse roja. Esperaba que sólo asumiera que me avergoncé, porque normalmente ella era la primera en darse cuenta cuando mentía. —No estoy enamorada de él. No voy a casarme. De hecho, apenas me acuerdo de él. —Y por ''apenas me acuerdo'' me refería a la mayor parte de los mejores besos que me habían dado nunca. Los demás pensamientos... esos quedaron impresos en mi cerebro. Ni si quiera el poderoso tequila podía llevarse esos recuerdos de mí. Sólo deseaba que se llevara los recuerdos de como terminó todo anoche. 
—Mmm, eso muy bueno no es. Pero todo está bien, ¿verdad?
—Sí. —Me obligué a sonreír—. Todo está perfectamente. 

Kelsey me abrazó, y se sentía como uno de esos momentos en los que se suponía que debíamos unirnos, conectarnos o pensar sobre la misma cosa, pero desde que todas mis palabras eran una mentira, le devolví el abrazo y traté de fingir que me reconfortaba sobre mi torpeza. 

—De acuerdo, ahora pon tu trasero en marcha. Si no consigo café antes de clase, me voy a morir. Mi horario de sueño sigue apagado desde las vacaciones de Navidad y me siento como un maldito zombie. —Zombie para Kelsey significaba que se encontraba en un 6 en la escala de alegría en lugar de un 10. 

Siempre pensé que yo era una persona extrovertida hasta que me convertí en estudiante de teatro. Entonces, me di cuenta de que no me gustaba el silencio. Cuando había un montón de gente alrededor dispuesta a ser entretenida, me di cuenta de que prefería sólo observar. 

El starbucks en el campus se hallaba lleno de una plaga de otros estudiantes zombies con falta de sueño. En el momento que conseguí mi mocchiato de caramelo, ya me encontraba más o menos despierta y definitivamente íbamos a llegar tarde para la primera clase del último semestre de nuestro último año de universidad. 

No había manera de entrar a este teatro sin hacer una ridícula cantidad de ruido. Las puertas crujían y se golpeaban sin importar que hicieras. Empujamos las puertas e inmediatamente escuché a Eric Barnes, jefe de departamento, decir: —¡Tarde!
Automáticamente dijimos: —¡Lo siento, Eric! 

Cuidando de que no derramáramos nuestros cafés, nos abrimos paso entre las cortinas que rodeaban las orillas de la habitación, y me senté en el asiento vacío más cercando que encontré a las tarimas. 

Puse abajo mi café y fui a organizar mis cosas, hurgando en mi bolso por un lápiz y mi carpeta. 

—Como decía —continuó Eric—, Ben Jackson iba a estar enseñando este curso. —Ben prácticamente era nuestro profesor favorito, pero le habían ofrecido un papel en este nuevo espectáculo asesino fuera de Broadway y estaría tomándose el semestre libre—. Pero como todos vosotros sabéis, estará en nueva York durante unos meses. Para reemplazarlo, de momento, contamos con uno de nuestros más talentosos ex alumnos: el señor Bieber. 

Finalmente encontré un aburrido lápiz en el fondo de mi bolso. Tendría que serlo. Kelsey escogió ese minuto para tomar mi codo y darme un tirón hacia ella. La miré y luego al frente de la clase, hacia donde ella miraba. Entonces, el lápiz que tanto trabajo me había costado encontrar cayó de mi mano y rodó lejos, perdido en el abismo bajo las tarimas. 

El nuevo profesor me miraba, a pesar de que todo el mundo aplaudía, y probablemente él debería estar saludando o por lo menos sonriendo. Nuestros ojos se encontraron y, de repente, me sentía muy contenta de que ya hubiera puesto en el suelo mi café. 

Porque el nuevo profesor había estado desnudo en mi cama hace sólo ocho horas. 

Justin era mi maestro. 

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